En el estanque

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Hacía calor. La tierra se resquebrajaba en arenas sin plantas. El arroyo se deslizaba, pequeño y frágil, en el fondo de la barranca. Ahí se cambiaba en estanque antes de saltar para seguir al mar.

El que venía del sur llevaba la caridad cristiana como pendón de procesión. Estaba bordada de milagros como los santos de las iglesias viejas. Eran exvotos plateados con sonrisas de niños, con estómagos llenos, madrecitas llorosas y piernas remendadas.

El que venía de este tenía la barba negra y los ojos más negros aún. Tría su uniforme de guerrillero sucio de sangre y en su gorra brillaba la justicia social que alumbraba pueblos enteros.

El que venía del oeste traía un maletín. Al llegar al agua comenzó a sacar de él probetas y matraces con dosis exactas de polvos de colores. Les añadió agua y combinó sus mezclas de mil maneras.

El sureño dijo: —He remediado los males de muchas personas.

—Yo, —dijo el oriental— he aliviado los males de muchas personas.

El occidental intervino: —Todavía no tengo éxito, pero voy a descubrir la fórmula que transforme el corazón de todos los hombres. La pondré en los pozos de todas las instituciones hidráulicas y destruiré el mal mismo.

Mientras hablaban llegó silbando otro hombre que sólo se llevaba a sí mismo.

—Y tú, ¿qué has hecho? —le preguntaron a coro.

—Esperar, —dijo. Esperar que cualquiera de ustedes tenga éxito.

 

Elena Millán
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 750

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Elena Milán

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Elena Milán

 Nació en Real de Catorce, San Luis Potosí, el 16 de agosto de 1937. Poeta y narradora. Estudió en el Instituto de Intérpretes y Traductores. Ha sido traductora técnica de la Comisión Federal de Electricidad. Colaboradora de El Cuento, El Factor, El Nacional, Gaceta Literaria, Nexos, Plural, y Tercera Imagen. Becaria INBA/FONAPAS, en poesía, 1975.

Obra publicada:

Cuento: Zepelín compartido (colectivo), UNAM, Punto de Partida, 1975.

Poesía: El cuello de la botella (colectivo), UNAM, Punto de Partida, 1976. || Circuito amores y anexas, Latitudes, 1980. || Corredor secreto, Antares, 1984[1].

El pulpo

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El pulpo extendió sus brazos: era un pulpo multiplicado por sí mismo.

Carlota lo miró horrorizada y corrió a la puerta. ¡Maldita costumbre de encerrarse con llave todas las noches! ¿En dónde la habría dejado? Regresó a la mesita. La llave no estaba ahí. Se acercó al tocador. En ese momento se enroscó en su cuello el primer tentáculo. Quiso retirarlo pero el segundo atrapó su mano en el aire. Se volvió tratando de gritar, buscando a ciegas algo con que golpear esa masa que la atraía, que la tomaba por la cintura, por las caderas. Sus pies se arrastraban por un piso que huía. El pulpo la levantaba. Carlota vio muy cerca sus ojos enormes. Era sacudida, volteada, acomodada y recordó que entre aquella cantidad de brazos debía haber una boca capaz de succionarla.

Se refugió en su desmayo. Al volver a abrir los ojos se hallaba tendida en la cama. Un tentáculo ligero y suave le acariciaba las piernas, las mejillas. Otro jugaba con su pelo.
Carlota comprendió entonces y sonrió.

Elena Milán
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 750

Filtro de amor

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Para hacerse uno querer, hay que tomar, a saber: el corazón de una paloma, el hígado de un gorrión, las entrañas de una golondrina, el riñón de una liebre y reducirlo todo a un polvo impalpable. Luego, la persona que combina el filtro añadirá una parte igual de su propia sangre, desecada y reducida a polvo en igual forma. Si la persona a quien se desea enamorar es inducida a ingerir este polvo en una dosis de dos o tres dracmas, un éxito maravilloso se obtendrá.

Pierre Mora en Zekerboni
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 749