Escribir o vivir

Abrió los ojos y sintió unas enormes ganas de escribir. Se acercó a la mesa aún acogido por la inactividad a que había estado sujeto durante el descanso. Cuando fue a tomar el lápiz, notó que sus manos, sus antebrazos y sus brazos se habían mutado en largas y oscuras alas, sus dedos en plumas. Pensó entonces que podía seguramente volar y salió al patio, probó sus extremidades volátiles y, en efecto, al segundo impulso pudo sostenerse flotando a una altura considerable. Continuó en su nuevo ejercicio y, mientras planeaba sobre la casa, sintió una aguda sensación de impotencia; ya no podría seguir escribiendo sobre los hombres voladores.

Dolores Plaza
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 756

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El cuerpo de Catarina

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Catarina salió del cuarto de los cuerpos muertos con uno que no era el suyo. Antonia se lo dijo, pero Catarina sólo le creyó después de haberse mirado en el espejo.

—¡Vaya! —dijo Catarina.— No está mal, aunque me gustaría todavía más si tuviera el pelo oscuro.

—Devuélvelo, Catarina —conminó Antonia— no es tuyo. Además está muerto.

—No sé cómo quitármelo. ¡No sé cómo me lo puse! —Catarina se veía ahora ligeramente asustada.

—Bueno, tal vez tenía ganas de volver a vivir y te escogió para regresar.

—Pero ¿y mi cuerpo?

—¿Desapareció?

Las dos se precipitaron al cuarto de los cuerpos muertos. Los cuerpos estaban como siempre, dentro de las cajas alineadas contra la pared, absolutamente quietos.

El de Catarina no se veía en las cajas, ni en otra parte. Salieron.

Catarina volvió a mirarse en el espejo.

—Podría ser peor —dijo— Vámonos. Tengo una cita.

Catarina salió primero. Esperó unos pasos adelante mientras Antonia cerraba la puerta con llave. Cuando Antonia se volvió sólo quedaba un montoncito de cabellos rubios en la acera.

Antonia se encogió de hombros.

—¿Y ahora? —se dijo— ¿Qué les voy a decir a los demás?

 

Elena Milán

No. 59, Junio-Julio 1973

Tomo X – Año IX

Pág. 753

El agente

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Para Héctor Domínguez

No lo comprendo. Hace tres meses que Ramiro Jiménez se levanta a las 7 de la mañana, sale al jardín y hace 10 minutos de gimnasia, se baña, se viste, prepara el desayuno, lo come mientras lee el periódico y sale después de lavarse los dientes. Siempre en ese orden, siempre el mismo desayuno con el mismo periódico.

Saca su automóvil y va a su trabajo. Llega a las 8:30. Ahí sigue su rutina igualmente precisa: 1, contesta la correspondencia; 2, recibe al cajero ambulante del banco; 3, entrevistas con clientes y proveedores; 4, sale a comer siempre al mismo restaurante; 5, llama a su novia; 6, reunión con los empleados; 7, guarda los ingresos del día en la caja fuerte y sale. A las 7 de la tarde pasa por su novia. Cenan juntos, toman una copa o van al cine. A las 10 de la noche en punto la deja en su casa. Regresa a la suya, se acuesta. Lee dos páginas de El Quijote y apaga la luz.

Los domingos Ramiro Jiménez se levanta como todas las mañanas. A las 8:30 recoge a su novia, se van al club, nadan, comen y se asolean. Por la noche cenan juntos y van al teatro. Todos los domingos igual.

No comprendo por qué quieren que lo vigile. A menos que el método y el orden se hayan convertido en subversivos.

Hace una semana que me levantó a las 7, salgo a la calle (no tengo jardín) a hacer 10 minutos de gimnasia, me baño, me visto, me preparo el desayuno, lo como mientras leo el periódico y salgo. Tomo el camión (no tengo coche). A las 8:30 llego a la empresa de Ramiro Jiménez. Ahí trabajo hasta las 2 de la tarde. Salgo a comer, siempre en la misma fonda. Regreso al trabajo hasta las 6:30, salgo al mismo tiempo que Ramiro Jiménez. Como no tengo novia, lo sigo. A las 10 de la noche regreso a mi casa y me acuesto. Leo dos páginas del quijote y apago la luz .

Desde ayer han empezado a vigilarme: un hombre me sigue.

Elena Milán
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 752

Historia de Amadora

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En el mes de marzo Amadora comenzó a salir con un hombre de argolla al dedo. Espíritu primaveral, se dijo. Sin embargo, para el mes de mayo estaba instalada en un rumbo diferente con su marido, agente viajero, según contó a la portera. Junio transcurrió entre, novedad en ella, lecturas estudiosas de novelas de detectives, relatos de crímenes no resueltos por la policía y catálogos de armas. Después hizo la conquista de un químico que conservaba su amistad con ella gracias a los regalos de sustancias extrañas. Ya no cabía duda: Amadora estaba enamorada. El resto del año fue de píldoras, visitas a brujas y una crisis nerviosa. También tenía un nuevo enamorado, funcionario de alto nivel en el cuerpo policiaco. Este señor le permitió leer todos los expedientes de autoviudos. Pero en enero Amadora tomó una de las sustancias que había acumulado poco a poco. Dejó una notita en la que afirmaba su fe en la exactitud de las estadísticas sobre la esperanza de vida de las personas casadas (según las compañías aseguradoras(sic).

Elena Milán
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 751