La visita

“Dios mío, ¿quién será esta venerable anciana y cuando la invité yo a tomar el té?” y Ana se sonrió, desesperadamente amable, con su interlocutora. “Además, yo nunca invito té sino café”. Siquiera Eufrosina discurrió sacar las tazas apropiadas y untar galletitas con mantequilla y mermelada. “Debe ser una amiga del club de golf de la colonia, pero ¿cuándo la conocí yo si nunca voy por esos rumbos? Y esta señora habla un inglés muy inglés”. La conversación fluía sin tropiezos como si se conocieran íntimamente y desde hace mucho tiempo. Había por su puesto las interrupciones de rigor, que si le hablaban a Ana por teléfono, que si el niño se caía, que si venían a cobrar la cuota de no sé qué, que si ahí estaban los de la tintorería, que si el niño estaba mojado. Pero la dama en cuestión aprobaba sus idas y venidas con una sonrisa de comprensión, sin inmutarse, y la plática proseguía sobre recetas de compotas, tejidos de crochet, viajes a Egipto, horarios de trenes, jardinería. La buena señora mencionaba a personas que Ana tenía la certeza de haber conocido alguna vez en alguna parte pero que por el momento no podía ubicar. Ana empezó a recordar en fragmentos. Casi seguro había conocido a la respetable señora en el supermercado, fue el día en que le vendieron una lata echada a perder con la que pudo haberse envenenado toda la familia. O tal vez fue esa noche en que se oyeron como disparos y Ana salió corriendo a la calle y una persona la tranquilizó asegurándole que eran cohetes de una fiesta en el pueblito vecino. Más bien fue cuando la sirvienta encontró el hacha en el jardín con manchas que parecían de sangre y alguien demostró que eran de herrumbre. O sería cuando por un descuido le quitaron el letrero a la botella de insecticida y … Ana cabeceó, obscurecía ya, hacía frío, las galletas se acabaron y el niño había desmenuzado minuciosamente el periódico del día. Su marido llegaba del trabajo en esos momentos. Optimista, rebosante de problemas técnicos, se agachó a besarla cariñosamente. “Ja, ja, te quedaste dormida leyendo a tu querida Agatha Christie, si leyeras el Martín Fierro no te pasaría esto””. Su marido era argentino. Ana le sonrió con ternura, “hay sopa de espinaca y está rica” le anunció. Y al levantarse notó, con el rabillo del ojo, que sobre la mesa había varios pedazos de hilo crochet y un boleto de tren que hasta arriba tenía impreso “Trafalgar Sq.”.

Ana F. Aguilar
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 782

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