Imaginación

El agente de tránsito silbó y el conductor se detuvo. Lo primero que le pidió fue su licencia de conducir y la respuesta fue que la “había olvidado en casa”. El oficial echó un rápido vistazo a la parte delantera y luego otro a la trasera del auto dándose cuenta que carecía de placas. Entonces le pidió al conductor los documentos del vehículo, a lo que éste contestó que no los llevaba. Imaginando algo fraudulento buscó las calcomanías gubernamentales en el parabrisas, pero no las había: es más, tampoco había parabrisas. Buscó en los otros cristales, pero tampoco estaban, ni había otros cristales. Quiso ver entonces las plaquitas de identidad de fabricación en el marco de las puertas, pero no había ni plaquitas ni puertas. Ordenó al conductor entonces abrir el cofre para ver el número de registro del motor, pero el auto no tenía cofre, ni motor y por lo tanto no había número alguno. Desesperado quiso anotar la marca del auto, el modelo y el color. Pero era imposible identificar la marca, así como tampoco el modelo ni el color. En el colmo de la exasperación buscó las llantas para anotar al menos su medida, pero tampoco tenía llantas. Desconsolado, enojado y rabioso, rompió su libreta de infracciones y se sentó en la banqueta a llorar amargamente. Mientras, el exconductor ponía tierra de por medio, alejándose rápidamente por el camellón de la avenida, con pasos cortos y silenciosos, sin dejar de volverse a ver a aquel extraño oficial de Tránsito.

J. Ángel Pineda Reyes
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 801

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La cabaña

Raúl llegó a la cabaña de Olga y dijo:

—Ya llegué.

—Mucho gusto en conocerte —respondió Olga.

—¿Conocerme? ¿Después de 10 años de matrimonio?

—Las diosas no se casan.

—¡Qué extraña estas hoy! —dijo Raúl acercándosele y al verla gritó:

—¿Qué te pasó en los ojos?

—Las diosas no tienen ojos.

—¿Diosas? De qué estás hablando, ¡déjame, estás helada!

Olga lo abrazó con desusada fuerza para una mujer. Raúl gritó y al echar la cabeza hacia atrás sintió un dolor muy intenso en la garganta ¡Olga le cercenaba la yugular con los dientes!

Antes de morir vio cómo chorreaba sangre de la boca sonriente de Olga.

Olga despertó sobresaltada: se había dormido en el bosque, ¡todo había sido un sueño!, pero aún temerosa llegó corriendo a la cabaña de Raúl y dijo:

—Ya llegué…

—Mucho gusto en conocerte —le respondió Raúl.

—¿Conocerme? ¿Después de diez años de matrimonio? —se escuchó decir a Olga sin poderlo evitar…

 

C. Rentería A.
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 797

Viaje sin escalas

Con frecuencia sentíase transportado a un mundo fabuloso cuyo astro matizaba cada aurora con un tono distinto; sobre los vastos jardines los pájaros dibujaban amalgamas de notas y colores.

La felicidad constituía en ese mundo, patrimonio de sus habitantes; el egoísmo, la corrupción y el odio habían sido desterrados para siempre.
Justificábase, pues, la impaciencia del viajero por llegar a su destino.
Inesperadamente, ya en el octavo mes, su madre y él fallecieron a consecuencia —según certificó el ginecólogo de una sobredosis de LSD.

Jorge A. MORA-SAN
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 793