El esposo

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Él se casa con una muerta. Ella no se lo había dicho. Se ocultan muchas cosas cuando uno quiere casarse. Ella hace todo lo posible pero se vuelve carroña. Al final, por el olor, él se da cuenta de todo.

Demasiado tarde, está casado. Entonces, él muere a su vez para arreglar el asunto.

A. Norge
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 149

A gusto

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Desde luego, da gusto encontrar una pequeña mujer desnuda en el bolsillo. Usted la saca, ella sonríe enseguida, encantada de luz, encantada de ser suya. Está bien caliente en su mano. Tiene hermosos pechos, un lindo pequeño pubis como una agradable criatura ordinaria. Ah, así da gusto, pero es raro, oh raro, muy raro.

A. Norge
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 149

Travelling

Camino a lo largo de la playa con aparente indiferencia, aunque en realidad me molesta el hecho de ser observado. Ellos: me irrita verlos, más allá de ese cuadrante que nos separa, sentados en la oscuridad, observando mis actos así tan fríamente, inventando mi destino con tanto desparpajo, mientras yo aquí deshidratándome con este calor de los diablos; trato de ignorarlos, les doy la espalda y me entretengo mirando el horizonte sobre el que me recorto a contraluz, pero no puedo dejar de sentir el cosquilleo de sus miradas; basta, giro rápidamente, los miro fijamente y, decidido a acercarme a ellos, cruzó el umbral; todos se levantan aterrorizados de las butacas y salen corriendo, huyen de mí.

Desconcertado, regreso por donde he venido y reanudo mi caminata, me voy alejando, a tiempo que aparece en la pantalla, en sobre-impresión, la palabra FIN.

 

Pedro Crespo
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 148

Guadalupe Vadillo

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Guadalupe Vadillo

Psicóloga,  con Master en Educación del Sobresaliente y Doctorado en Educación. Entrenamientos en Terapia Breve y Junguiana. Coordinadora de Psicología, Asesora de Vice-rectorías y Directora de Educación Continua en la Universidad de las Américas. Asesora de 37 tesis de licenciatura, tres de maestría y tres doctorales. Asesora en innovación educativa por cinco años del Colegio Hebreo Tarbut. Durante un año, cargo honorario de Directora Ejecutiva del Espacio Común de Educación Superior a Distancia. Diseñadora, asesora, tutora y coordinadora de diversos cursos en línea. Diseñadora de uno de los primeros cursos masivos en línea en México, a través de UNAM – Coursera. Fundadora del Bachillerato a Distancia de la UNAM en su Comité de Diseño Curricular, desarrolladora del modelo de tutoría. Desde su inicio, coordina el área de Ciencias y Matemáticas.

Coautora de 14 libros en Educación y Psicología y autora de uno. Premio de la Asociación Mexicana de Educación Continua y a Distancia por su trayectoria y coautora del trabajo que recibió el Premio ANUIES 2009 de Innovación Educativa.

She is a psychologist, with a Master in education of the gifted and talented and a PhD in Education. She was trained in Brief Therapy and Jungian Therapy. She was coordinator of two undergraduate programs and Director of continuing education at Universidad de las Américas. At present, she coordinates Science and Math at UNAM’s Virtual High School. She has tutored several dissertations: 37 at the undergraduate level, three at the master’s degree level and three corresponding to PhD in Education students. She has developed, tutored, counseled and coordinated several online courses and programs. She is co-author of 13 books on Psychology and Education and author of one. She was awarded the Mexican Association of Continuing and Distance Education (AMECyD) 2006 Award for her life-long accomplishments and is co-author of the paper that won the  Mexico’s National University Association (ANUIES) award for educational innovation in 2009[1].


[1] Proporcionada por la propia autora vía e.mail: 15-jun-13.

El nunca correspondido amor de los fuertes por los débiles

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Hasta el fin de sus días Perseo vivió en la creencia de que era un héroe porque había matado a la Gorgona, a aquella mujer terrible cuya mirada, si se cruzaba con un mortal, convertía a éste en una estatua de piedra. Pobre tonto. Lo que ocurrió fue que Medusa, en cuanto lo vio de lejos, se enamoró de él. Nunca le había sucedido antes. Todos los que atraídos por su belleza, se habían acercado y la habían mirado en los ojos quedaron petrificados. Pero ahora Medusa, enamorada a su vez, decidió salvar a Perseo de la petrificación. Lo quería vivo, ardiente y frágil, aún al precio de no poder mirarlo. Bajó, pues, los párpados. Funesto error el de esta Gorgona de ojos cerrados: Perseo se aproximará y le cortará la cabeza.

Marco Denevi
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 303

Las ciudades y el deseo

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Al cabo de tres jornadas, andando hacia el mediodía, el hombre se encuentra en Anastacia, ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada de barriletes. Debería ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata, ónix, crisopacio y otras variedades de clacedonia; alabar la carne del faisán dorado que se cocina sobre la llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con mucho orégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a veces —así cuentan— invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad; porque mientras la descripción de Anastacia no hace sino despertar los deseos uno por uno para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana en medio de Anastacia los deseos se le despiertan todos juntos y lo circundan. La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte. Tal poder, que a veces dicen maligno a veces benigno, tiene Anastacia, ciudad engañadora: si durante ocho horas al día trabajas como tallador de ágatas ónices crisopacios, tu afán que da forma al deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastacia cuando sólo eres su esclavo.

Italo Calvino
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 300

Las ciudades y la memoria

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Inútilmente, magnánimo Kublai, intentaré describirte la ciudad de Zaira de los altos bastiones. Podría decirte de cuántos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de zinc cubren los techos; pero sé ya que sería como no decirte nada. No está hecha de esto la ciudad, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado: la distancia al suelo de un farol y los pies colgantes de un usurpador ahorcado; el hilo tendido desde el farol hasta la barandilla de enfrente y las guirnaldas que empavesan el recorrido del cortejo nupcial de la reina; la altura de aquella barandilla y el salto del adúltero que se descuelga de ella al alba; la inclinación de una canaleta y el gato que la recorre majestuosamente para colarse por la misma ventana; la línea de tiro de la cañonera que aparece de improviso desde detrás del cabo y la bomba que destruye la canaleta; los rasgones de las redes de pescar y los tres viejos que sentados en el muelle para remendar las redes se cuentan por centésima vez la historia de la cañonera del usurpador de quien se dice que era un hijo adulterino de la reina, abandonado en pañales allí en el muelle.

En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcando a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.

Italo Calvino
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 285

La contemporaneidad y la posteridad

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En un hotel de mala muerte, calle Campagne Premiere, año 1872, un académico espía por el ojo de la cerradura el cuarto contiguo al suyo. Ve, escandalizado, que un hombre y un jovencito están haciendo el amor. Llama a la policía y los gendarmes se llevan presos a los dos viciosos. Entonces el académico vuelve a su habitación y, más tranquilo, prosigue escribiendo una tesis académica, erudita y laudatoria, sobre la poesía de Paul Verlaine y de Arthur Rimbaud. Mientras tanto, en la comisaría, los dos viciosos, interrogados, dicen llamarse Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, respectivamente, y ser de profesión poetas. En el bolsillo del hombre es encontrado un poema que se titula Vers pour étre calomnié.

Marco Denevi
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 273

Alberto Savinio

Alberto Savinio

Alberto Savinio

(Andrea de Chirico, Atenas, 1891-Roma, 1952)

Escritor italiano. Hermano menor del pintor Giorgio de Chirico. Estudió composición musical con M. Reger en Berlín, antes de marchar a París, donde fue amigo de Apollinaire y colaborador de Soirées de Paris. En 1914 publicó en francés el poema Cantos de la media muerte. Durante la I Guerra Mundial, luchó en el frente de los Balcanes. Con posterioridad, residió en Milán y en Roma, donde fue miembro del grupo neoclásico La Ronda. De 1925 a 1934 residió de nuevo en París y luego se instaló de modo definitivo en Italia. Su obra literaria empieza a ser reconocida como una de las más originales de su país. Son notables las novelas Hermaphrodita (1918), La casa inspirada (1925) y La infancia de Nivasio Dolcemare(1941), los relatos de Aquiles enamorado (1938), Toda la vida (1945) y El señor Dido (1978) y los ensayosMaupassant y «el Otro» (1960) y Nueva enciclopedia(1977)[1].

 

El ojo de Napoleón

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Cuando Napoleón el tuerto murió, nadie pensó en volver a colocarle el ojo de cristal, y éste quedó sobre la mesita de noche, en un vaso, sumergido en un poco de agua.

Napoleón fue llevado al cementerio y enterrado en la tumba de la familia.

Esa misma noche, el ojo de Napoleón, desde la mesita al lado de la cama, desde su vaso y su agua, vio el lecho conyugal profanado por caballero Stanislas, su amigo de toda la vida y socio en los negocios; y reconoció en el rostro de su viuda aquella expresión entre el éxtasis y la agonía a la que sólo él había creído tener derecho.

Entonces el ojo de Napoleón, reuniendo las pocas fuerzas de que puede disponer un ojo de cristal, saltó fuera del vaso, rebotó sobre la mesita de noche, atravesó la habitación como un cohete y, chocando con su dureza contra la dureza mayor de la pared, se deshizo y cayó al suelo en lluvia cristalina.

Alberto Savinio
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 279

Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

(1881-1959)

Poeta español y premio Nobel de Literatura. Nació en Moguer (Huelva), y estudió en la Universidad de Sevilla. Los poemas de Rubén Darío, el miembro más destacado del modernismo en la poesía española, le conmovieron especialmente en su juventud. También sería importante la lectura de los simbolistas franceses, que acentuaron su inclinación hacia la melancolía. En 1900 publicó sus dos primeros libros de textos: Ninfeas y Almas de violeta. Poco después se instalaría en Madrid, haciendo varios viajes a Francia y luego a Estados Unidos, donde se casó con la que ya sería su compañera ejemplar de toda la vida, Zenobia Camprubí. En 1936, al estallar la Guerra Civil española se vio obligado a abandonar España. Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico, fueron sus sucesivos lugares de residencia. Moriría en este último país, donde recibió ya casi moribundo la noticia de la concesión del Premio Nobel.

La obra poética de Juan Ramón Jiménez es muy numerosa, con libros que a lo largo de su vida, en un afán constante de superación, fue repudiando o de los que salvaba algún poema, casi siempre retocado en sus sucesivas selecciones. Las principales son Poesías escogidas (1917), Segunda antología poética (1922), Canción (1936) y Tercera antología (1957). La influencia del modernismo se percibe en sus primeros libros, aunque su mundo poético pronto apunta, como el de Bécquer, hacia lo inefable, con unos poemas hechos a partir de sensaciones refinadas por la espiritualidad, y de sutiles estados líricos, con un lenguaje musical.

Pero el arte de Juan Ramón Jiménez se hace independiente de cualquier escuela, aunque el simbolismo, ya totalmente asumido, siga influyendo en su poesía casi hasta el final. Con el paso de los años su estilo se hace cada vez más depurado, siempre en busca de la belleza absoluta, de la poesía y del espíritu que él intenta fundir con su lirismo esencial interior, sin dejar de ser al mismo tiempo metafísico y abstracto, como se aprecia en Baladas de Primavera (1910) o La soledad sonora (1911). Diario de un poeta recién casado (1917), escrito básicamente durante su viaje a Estados Unidos, donde conoció y se casó con Zenobia, es uno de los grandes libros de la poesía española.  Contiene ritmos inspirados por el latir del mar, verso libre, prosa, sugerencias humorísticas e irónicas. El libro supone un canto a la mujer, el mundo marino y Estados Unidos. Siguen Eternidades (1918), Piedra y cielo (1919) y uno de los puntos más altos de su poesía, Estación  total, un libro escrito entre 1923 y 1936, aunque no se publique hasta 1946. La identificación del poeta con la belleza, con la plenitud de lo real, con el mundo, es casi absoluta. La palabra aúna abstracción y realidad, y el poeta se convierte en -total- -concepto ya utilizado por Juan Ramón Jiménez-, y que significa -lo universal-. Poeta total, es para él, por tanto, aquel que logra la comunión con el universo, conservando, sin embargo, su voz personal.

Los escritos en prosa que formarían posteriormente la vasta galería Españoles de tres mundos (1942) empezaron a publicarse en diarios y revistas en los años  inmediatamente anteriores a su exilio. Otro libro suyo escrito en prosa poética -y al que le debe gran parte de su fama universal- es Platero y yo (1917), donde funde fantasía y realismo en las relaciones de un hombre y su asno. Es el libro español traducido a más lenguas del mundo, junto con Don Quijote de Miguel de Cervantes. Escribió ya en América los Romances de Coral Gables (1948) y Animal de fondo (1949). Con ellos y el poema ‘Espacio’, Juan Ramón Jiménez alcanza lo que se ha llamado su -tercera plenitud- determinada por el contacto directo con el mar. En Animal de fondo el símbolo lo expresa con un lenguaje próximo a una religiosidad inmanente y panteísta. La poesía antes que palabra es conciencia; inteligencia que permite al poeta nombrar. El tiempo acaba fundiéndose con el  espacio. El poeta simbolista y romántico, metafísico después y puro-que configuran al Juan Ramón Jiménez más hondo e intenso-, se revela finalmente como un visionario y metafísico que mantiene una alta tensión poética a partir de iluminaciones nacidas en lo profundo de su sensibilidad[1].

El destinado

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Está en su cuarto vistiéndose, con los minutos contados, para su entierro.

Entre pantalón y zapatos, corbata y chaleco, le tientan y le sientan pensamientos generales, con una exigencia mayor que la otra prisa. Pero ha visto en una puerta un clavo a medio salir, derecho, brillante, justo, perfecto, atractivo de clavar, innecesario de clavar. Y tiene a mano la percha de su americana, martillo de madera tan a propósito para clavar el clavo tentador. Deja el entierro, demora los pensamientos generales, coge la percha y se pone a clavar con esmero lento el clavo.

Juan Ramón Jiménez
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 269

Con nocturnidad

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El gran escritor tenía el reconocimiento de todos los críticos nacionales y extranjeros, pero vivía atribulado porque había uno que se especializaba en analizar severamente cada nuevo libro suyo, detectando todos los defectos y los secretos de elaboración como si hubiera tenido acceso a sus originales y borradores. Y por mucho que el gran escritor investigó tratando de desenmascarar a aquel enemigo, nada logró, salvo amargarse la vida. Murió sin aclarar el misterio. Y su implacable crítico moría al mismo día, a la misma hora, en el mismo cuerpo del escritor, que padecía de sonambulismo y que en las noches se levantaba dormido y se sentaba a escribir aquellas minuciosas y crueles críticas.

José de la Colina
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 265

Carta a…

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Era fascinante verte confundir lo lúdico y tus porquerías, decirle chunche al reloj y hablar largas distancias sólo porque tienes sed. “Hay que ser positivistas” decías creyendo conjurar el mal humor. Nunca se te atoró un solo problema, eres positivista y le tienes puesto el mal de ojo al ocio; profesas alto irrespeto a los doctorados en Oxford y altos miramientos a los bachilleratos en Oaxaca y Taxco. Porque eres positivista y de izquierda, porque eres bajita y pleitera, les arrancas la voz cantante a los ejecutivos del yo, haces cabriolas de verbo hasta enmudecer con tu nudo de fragmentos y tu víscera incoherente.

Era imposible no aprender de sus fracturas en la realidad, de tu vehemencia confundida con razón, del olvido de tu cuerpo enarbolado banderas mitad filantropía, mitad tortura al malo —¿cuál mitad es cuál?—, y del cariño a solas con mis muchos huesos y tu poca piel.

Te he amado. Te amo aún, pero ha terminado. Tal vez en algún rincón de tus deshilvanes exista esa ira que no encuentras para odiar el nombre que rondó por tu recámara.

Julio Hubard
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 261

Louis Aragon

Louis Aragon

Louis Aragon

(París, 1897-1982)

Escritor francés. Terminados sus estudios medios, comenzó a estudiar Medicina, que interrumpió para alistarse voluntario en 1917 para la Gran Guerra. Durante el período de instrucción, conoció a André Breton y a Philippe Soupault, con los que volvió a encontrarse en París en 1919 y con los que fundó la revista Littérature, órgano del dadaísmo parisiense que recoge las ideas que algunos años antes había expresado Tristan Tzara en Zúrich, quien, por otra parte, también colaboró en la revista junto con Éluard y otros jóvenes.

En este grupo, además de la aspiración a la tierra quemada, se manifiesta el interés por la escritura automática y por “el empleo apasionado y desenfrenado de imágenes estupefacientes”. En 1923 el grupo, reforzado con nuevas aportaciones, funda la revista La révolution surréaliste, que después se convertiría en Le surréalisme au service de la révolution. Es el período en el que a Louis Aragon le influyen más Apollinaire y Lautréamont, como se advierte en sus antologías poéticas como Feu de joie (1920), Le mouvement perpétuel (1925) y La grande gaité (1929), en antologías en prosa como El libertinaje (1924), y en los escritos de ocasión para las revistas del surrealismo militante.

Sus obras principales de esta época son El campesino de París (1926), itinerario fabuloso a través de las maravillas cotidianas de la ciudad, y Tratado del estilo (1928), insolente e iconoclasta exposición de las ideas y actitudes de la nueva generación. Pero en su obra y su carrera ya se iba anunciando un cambio decisivo: en 1928 conoció en París a la escritora rusa Elsa Triolet, hermana de aquella Lily Brik tan estrechamente ligada a la biografía de Maiakovski, y la hizo la compañera de su vida y su inspiradora y consejera en su trabajo literario.

Dos años después, participó activamente en el Congreso de Escritores Revolucionarios convocado en Járkov (URSS). De regreso a Francia, rompió con los surrealistas, y en especial con Breton, y sustituyó el diletantismo literario de su primera juventud por un claro compromiso político, participando activamente en las manifestaciones del movimiento obrero, asumiendo la dirección del diario comunista Ce soir y contribuyendo a difundir la literatura soviética del realismo socialista.

Sus primeros pasos en esta nueva dirección todavía eran inseguros: el poema Hurra por los Urales (1934), epopeya de la construcción del socialismo en la URSS, contiene ecos de experiencias anteriores que se avienen mal con sus intenciones abiertamente propagandísticas. Más importante es el ciclo de novelas publicado con el título común de El mundo real, grandes frescos sociales que describen la sociedad francesa a comienzos del siglo XX y que se muestran más persuasivos en la denuncia de las hipocresías y los defectos históricos de la clase dominante que en la descripción de quienes se rebelan contra ella: Las campanas de Bale (1934), Los bellos barrios (1936), Los viajeros de la Imperial (1942) y Aurélien (1945).

Durante la guerra y la ocupación alemana, regresó a la poesía: era la época de los tiernos lirismos amorosos de Los ojos de Elsa (1942) y las numerosas antologías de versos patrióticos (Le crève coeur, 1941; Le Musée Grevin, 1943 y La Diana francesa, 1945), que también adquirieron una extraordinaria popularidad por la deliberada simplificación de sentimientos y formas, así como por su tono claramente cantable.

Tras la liberación, entró a formar parte del comité central del Partido Comunista Francés, e intentó un nuevo ciclo narrativo según las directrices del realismo socialista, pero interrumpió Los comunistas, donde sus mejores dotes de escritor suelen verse sofocadas por la excesiva simplicidad de su discurso, después de los primeros seis volúmenes (1949-1951). Su mejor novela es ciertamente La Semana Santa (1958), brillantísimo fresco de la Francia de los Cien Días, con algún eco indirecto de preocupaciones más actuales.

A partir de los años sesenta se agrieta la seguridad de la construcción narrativa de Aragon. En efecto, las novelas La suerte de matar (1965), Blanca o el olvido, (1967), Henri Matisse, novela (1971), Teatro-Novela (1974), y la colección de novelas Le mentir vrai (1980), con sus módulos estilísticos nuevos (doble trama narrativa, alternancia de verdad y ficción) demuestran su distanciamiento de la novela realista y su acercamiento a una literatura más refinada, que se toma a sí misma como objeto.

Su creación poética también alcanza momentos felices de intensidad lírica con las antologías tituladas Le Fou d’Elsa (1963), Il ne m’est Paris que d’Elsa (1964) y Les adieux et autres poèmes (1982). También fue intensa su actividad de crítico y hombre de cultura, como director del semanario Les Lettres Françaises y como intérprete de escritores del pasado y del presente: Hugo, poète réaliste (1952), La lumière de Stendhal (1954), Littératures soviétiques (1955) y J’abats mon jeu (1959). Hay que recordar también Habitaciones. Poema del tiempo que no pasa y su autobiografía poética La novela inacabada (1956)[1].

Impaciencia del corazón

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Judas no ama menos a Jesús que los otros discípulos. Si aparentemente traiciona al Maestro, es para poner en evidencia la divinidad de Cristo. Cristo será considerado a muerte, pero no morirá porque es Dios y entonces las multitudes ya no dudarán más. Así razona Judas. Pero cuando Jesús muere en la cruz, Judas cree haberse equivocado y en su amarga desesperación se suicida. Esa es la única mácula del amor de Judas: no haber sabido esperar hasta el tercer día.

Marco Denevi
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 247

Salud mental

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Creía tener encerrado a un genio en una botella. Así que lo internaron en el sanatorio antialcohólico. Pero como persistía en imaginarlo a pesar de haber desaparecido su afición por la botella, lo recluyeron en un manicomio. Y por fin lo curaron. Desde entonces, se las ingenia para verse encerrado en embotellamientos de tránsito.

Carlos Isla
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 243

Retorno

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Después de tantos años de aventuras, Ulises retorna a Itaca, avanza hacia su casa en la noche, se asoma por una ventana al interior y ve a Penélope que, sentada de espaldas a él, teje su lápiz con figuras.
Y después de considerar en silencio la hermosa, tranquila escena de felicidad hogareña que la mujer ha representado en la tela, Ulises, de puntillas, desanda el camino, vuelve a la playa y a la nave, se embarca y se pierde en el oscuro mar rumoroso.

¡Ah, ese Ulises en pantuflas y contento, ese Ulises ya un poco calvo y gordo, que estaba tejiendo la astuta Penélope!

José de la Colina
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 241

Marcel Béalu

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Marcel Béalu

Yo tenía una gatita muy querida a la que acariciaba a escondidas, pues se me decía que un hombre no debe exhibir sentimientos tiernos. Ciertamente no era una criatura vulgar. Cuando le acariciaba las tetillas, su ronroneo tenía algo del jadear de las mujeres en el placer, y en sus verdes pupilas tras los párpados entrecerrados yo podía leer verdaderos pensamientos.

Un día me pareció que su maullido alcanzaba las modulaciones del lenguaje humano. “Insiste un poco, mi gatita”, le dije, porque le hablaba como a un niño y absurdamente creía que un día lograría hablar. Traté de persuadirla con argumentos fáciles que halagaran su coquetería: “Piensa, mi pequeña , en el éxito que tendrías entre la gente si llegaras a decir verdaderas palabras…”.Y la acaricié y estimulé tanto que por fin me respondió con una voz de niña mimada: “Yo quisiera hablar, pero sólo para ti, y sin que se enteren los otros”.

¡Oh, la profundidad de mi alegría ante aquel milagro que debía mantenerse en secreto!

“La chatte” en Mémoires del’ombre, de Marcel Béalu.(Versión de J. de la C.)

***

El francés Marcel Béalu (1908-1993), librero, poeta, narrador, ensayista, pintor de domingo, fue amigo de Max Jacob, de Gaston Bachelard, de Jean Paulhan, de André Bretony los surrealistas. Era autor, en prosa, de Mémoires del’ombre, L’expérience de la nuit, L’araignée de l’eau, y, enverso, de Coeur vivant y Ocarina. Su librería del Quartier Latin, especializada en literatura fantástica y esotérica y en obras inencontrables y “malditas”, se llamaba Le Pont Traversé porque en su adolescencia le había impresionado, “hasta el delirio y el insomnio”, un célebre letrero de Nosferatu, el filme silencioso de Friedrich Murnau: “Al pasar el puente, los fantasmas le salieron al encuentro”.

Un puente es un lugar de paso entre dos orillas que pueden ser tan diferentes y aun contrarias como el anverso y el reverso de la inquietante cinta de Moebius, que, al retorcerse y unirse invertidos por sus extremos, para formar un ocho horizontal, se convierten en una sola superficie. Y si un fantasma puede ser una impalpable y apenas visible criatura menos fantasmal que fantasmagórica, podría decirse que la literatura fantástica de Béalu (escritor formado en la lectura de Von Arnim, Poe, Dunsany, Schwob, Jean Ray, Jorge Luis Borges, y en el culto a los pintores de lo extraño: Bosch, Goya, Moreau, Ensor, Delvaux ) se desarrolla en ese lugar de transición entre la vigilia y el ensueño.

La narrativa de Béalu no es frecuentada por fantasmas, vampiros, zombies, emisarios de Satán, monstruos extraterrestres o del inframundo u otros seres sobrenaturales. Lo fantástico de sus cuentos de una página o de página y media, que son a la vez poemas-en-prosa y se reúnen en el más conocido de sus libros: Memorias de la sombra, ocurre en una dimensión interior en la que rigen los poderes del ensueño, de la pesadilla y el delirio, de modo que, en apenas el tiempo de un parpadeo, o a través de un sutil puente de pasos entre las dos orillas, la realidad “común y corriente” se abre a una inquietante otra realidad. Una otredad deseada o temida, o que es las dos cosas a la vez.

La chatte” es uno de los cuentos (¿o poemas?) de Béalu en los que el mundo evocado comienza siendo creíble para el lector. Al principio nada allí sería inquietante o siquiera asombroso, pero en algún punto apenas perceptible surge de repente un pequeño detalle que hace deslizarse el asunto hacia un hecho extraño que el lector, ya hipnotizado por la tersa escritura, acepta como verosímil y posible. Acaso es un extraño maullido… Y todos en alguna alta noche hemos oído a algún solitario gato de azotea maullar una larga y ondulante melopea que se parece al habla o al canto (a un cante flamenco, por ejemplo). Y entonces hemos pensado que desde el animal está manifestándose un otro ser[1].