El hombre y su sombra

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La Carta del tiempo 116 correspondiente al año 1962, aparte de indicar que la humedad relativa a la fecha era de noventa por ciento, y la presión atmosférica de 1011.0 mililibras (y otras cosas de igual jaez, como la temperatura, el crepúsculo civil, etc.), decía esto como algo de no mayor importancia:

Finalmente hay que mencionar que los días 16 y 17 de agosto, a las 12:04 horas pasado meridiano, el sol, por segunda vez en este año, se encuentra en el cenit y no proyecta sombra.

Fue un grave problema para Williams: al salir de casa, pisó la calle pero no vio su sombra. Dedujo por ello que había muerto, y se echó a dormir.

Williams fue enterrado; mas su sombra, que conocía el fenómeno, pasa las horas del día sentada en las puertas del Servicio Meteorológico, clamando por un cuerpo, y es gran molestia para los empleados.

 

Álvaro Menén Desleal
No. 13, Junio 1965
Tomo III – Año II
Pág. 490

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El castigo

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Fursa vio el Infierno: una hondura llena de fuego. El fuego no lo quema; un ángel le explica: “No te quemará el fuego que no encendiste” Los demonios le acusan de haber robado la ropa de un pecador que agonizaba. En el purgatorio, los demonios arrojan contra él un ánima en llamas. Esta le quema el rostro y un hombro. El ángel le dice: “Ahora te quema el fuego que encendiste. En la tierra tomaste la ropa de ese pecador; ahora su castigo te alcanza.”

Beda El Vulnerable citado por Jorge Luis Borges
No. 13, Junio 1965
Tomo III – Año II
Pág. 483

Asiento

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Viendo un embajador de Venecia a la corte del gran turco, dándole audiencia a él juntamente con otros muchos que había en su corte, mandó el gran turco que no le diesen silla al embajador de Valencia, por cierto respecto. Entrados los embajadores, cada cual se sentó en su debido lugar. Viendo el veneciano que para él faltaba silla, quitóse una ropa de majestad que traía de brocado hasta el suelo, y sentóse encima de ella. Acabando todos de relatar sus embajadas y hecho su debido acatamiento al gran turco, saliose el embajador veneciano, dejando su ropa en el suelo. A esto dijo el gran turco:

—Mira, cristiano, que te dejas tu ropa.

Respondió.

—Sepa su majestad, que los embajadores de Venecia acostumbran dejarse las sillas en que se sientan.

Juan de Timoneda
No. 13, Junio 1965
Tomo III – Año II
Pág. 481

Necedad

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Tenía un gran señor entre otros criados, uno muy inteligente en saber escribir todo lo que de nuevo acontescía, así de burlas como de veras. Acontesció que estando el señor sobre la mesa, mandóle que le trujese el libro de las novedades; y traído vio en el principio de una hoja que decía ansí: “El duque mi señor hizo tal día una necedad en dar quinientos ducados a un alquimista para que con ellos fuese a Italia a traer aparejo para hacer plata y oro.”

Dijo entonces el señor:

—Y si vuelve, ¿qué harás tú?

—Si volviere, quitaré a vuestra señoría y pondré a él.

Juan de Timoneda
No. 13, Junio 1965
Tomo III – Año II
Pág. 480