Realismo

Un murmullo casi frio ronroneaba en mi derredor. Los sentía muy cerca; uno casi me tocó la cabeza, como para cerciorarse de la realidad. Yo no podía verlos; estaba atado de las manos por detrás, y vendado… Recién había recibido el tiro de gracia.

Al volver en mí tenía aún el puñal en la mano, y como hipnotizado me había quedado mirando el cuello cercenado de la víctima…

—¡A saber en qué está pensando! ¡Corten! —gritó enojado el director.

Sergio Ovidio García
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 730

Se nos fue el santo al cielo

¡Ah caray!, ya amaneció. Sí, cuando despierto es que ya amaneció infaliblemente; si mis cálculos no me fallan hoy se inicia un año. ¿Cuál?. No sé. Desde aquí no puedo saber.

¡Cómo se pasa el tiempo! Parece que vine ayer a este lugar, y por lo menos ya pasaron cinco años. Estoy igual a como llegué: quietecito, frío, solo.

Que yo recuerde, solamente al cumplir un año aquí vinieron a visitarme. Trajeron flores nada más. Después, ni eso. ¡Vale madres! Lo peor de todo es que no tengo con quién platicar; somos muchos, pero separados y no nos conocemos, ni lo haremos…

¡Ay gusanito! ¡No me hagas cosquillas!… Pensándolo bien, te doy las gracias: hiciste que se me pasara el mal humor… Oye, y ¿por qué no llamas a tus cuates y nos reunimos a festejar el año nuevo? ¿Qué te parece? Siempre me costó trabajo platicar con los gusanos, pero… ¿no quieres?

¡Carambas, ni los gusanos me quieren acompañar! Ya me volvió el mal humor… ¿Qué harán en la que fuera mi casa? Estarán durmiendo, pues seguramente se acostaron tarde. Julián tendrá puesta alguna de mis pijamas de seda que no tuve tiempo de estrenar. Le gustaban mucho; y ha de estar acostado con mi mujer… También le gustaba mucho. ¡Pobrecitos! ¿Y qué habrán hecho con mis libros? ¡Julián y Patricia eran tan brutos! ¡Ah, ya sé! Los mandaron forrar de piel, todos igualitos, para tapizar alguna pared con ellos. ¡Qué pendejos!… ¿Me rezarían un Padre nuestro alguna vez? ¡Sí, para que no fuera a resucitar! ¡Qué puntadón me aventé!…

Hace mucho frío, más que de costumbre, y yo sin poder hacer ejercicios de calentamiento…

No sé cuándo voy a salir de aquí. Después de unas lágrimas de parientes, que me pusieron más nervioso, y de acompañar a las personas que fueron a mi entierro, el paseo más aburrido y lento de mi vida, emprendí mi viaje hacia el Purgatorio; llegué, lleno de tierra por cierto, pero no pude entrar. Había una cola larguísima. Repartieron fichas y solicitudes en la ventanilla 4 y a mí me tocó la… a ver, dónde la puse… Me la guardé entre las costillas… ¡Aquí está! Es la 2846906, así que haciendo cálculos… ¡Ah chingao, ya me toca! Bueno, ¡adiós Tierrita!

Javier González Rubio I.
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 725

Si el placer se midiera por las apariencias

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A las cuatro de la tarde, la prostituta, al despertar goza de un momento de libertad. Hace un recuento con la boca seca y los ojos aún húmedos. Mirará el dinero que el último cliente dejó en su velador alumbrado por la lámpara de globo. No podrá evitar mientras bosteza, sugerirse la idea que si sumara a los 25 años de oficio todos los hombres que se han acostado con ella, podría con toda facilidad acercarse a la luna. Bastaría con colocar en una descabellada posibilidad, un sexo después del otro en un abierto desafío contra la ley de gravedad interrogando a las estrellas sobre su felicidad o desdicha pensando que el amor es una quimera o en todo caso un engañoso juego de artificio.

Alfonso Alcalde
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 715