Si el placer se midiera por las apariencias

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A las cuatro de la tarde, la prostituta, al despertar goza de un momento de libertad. Hace un recuento con la boca seca y los ojos aún húmedos. Mirará el dinero que el último cliente dejó en su velador alumbrado por la lámpara de globo. No podrá evitar mientras bosteza, sugerirse la idea que si sumara a los 25 años de oficio todos los hombres que se han acostado con ella, podría con toda facilidad acercarse a la luna. Bastaría con colocar en una descabellada posibilidad, un sexo después del otro en un abierto desafío contra la ley de gravedad interrogando a las estrellas sobre su felicidad o desdicha pensando que el amor es una quimera o en todo caso un engañoso juego de artificio.

Alfonso Alcalde
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 715

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