Del nuevo testamento apócrifo

Y entonces dijo el Presidente de las naciones unidas:

El que se sienta libre de culpas, que lance la primera bomba.

Juan Armando Epple
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 763

Cuento

El famoso escritor hojeó su correspondencia: Una carta le comunicaba que pondrían su nombre a un festival, otra que le plagiaron el nombre de su mejor obra, y otra más le decía que se haría otra película rusa de su novela; esta carta mencionaba otra edición pirata de esa novela cumbre y aquella otra que se haría la traducción en el idioma oficial de Biafra, de la totalidad de su obra. Se le notificaba otra vez —la enésima— su excelsitud literaria y que se organizaría otro concurso acerca de su vida y obra.

Halló el escritor famoso una carta distinta: le pedían un cuento breve y le ofrecían quinientos pesos por ese cuento si cupiera en una cuartilla, pero que le pagarían el doble si cupiera en la mitad y el cuádruplo de quinientos si el cuento breve cupiera en la cuarta parte; y así sucesivamente hasta… ¡El millón de pesos si el cuento cupiera u ocupara en una sola palabra…!
El Manco de Lepanto sonrió envanecido y avariento, tomó una hoja y firmó: CERVANTES.

Jorge Fuentes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 762

Habitantes de este planeta

66 top
La voracidad de la industria editorial —si no toda, sí de una gran parte de ella—, es inagotable. Acaba de publicarse en Gran Bretaña una biografía de Uri Geller, el israelita que dobla clavos y llaves, de tiene relojes y descompone televisores. El autor es Andrija Puharich, un médico que se ha dedicado por varios años al estudio de fenómenos síquicos, y que fue quien “descubrió” a Uri Geller en un club nocturno israelí. Lo persuadió de colaborar con él, convencido de que no se trataba de un espectáculo más, y para comenzar, lo hipnotizó. Cuando estaba hipnotizado, Geller relató un incidente ocurrido durante su niñez: fue herido por un rayo cegador que lo hizo desplomarse. Al llegar a ese punto de la narración, Geller dejó de hablar, y el doctor Puharich escuchó otra voz —¿por qué no? Quizá Uri es también imitador de voces y ventrílocuo— que expresó que el israelí había sido enviado por “ellos” —nunca se supo quienes era ellos— para ayudar a los hombres, pero que Uri jamás recordaría su origen. Agregó la voz que el doctor debía cuidar a Uri, pues se estaba a las puertas de una guerra mundial, que por esa razón habían revelado su existencia. Egipto planeaba una guerra, y si Israel la perdía, el conflicto se extendería al mundo entero. De entonces a la fecha, el doctor Puharich, Geller y algunos de sus amigos han estado recibiendo mensajes por diversos medios, incluyendo llamados telefónicos de origen desconocido y voces procedentes de grabadoras que de pronto comienzan a funcionar solas. También han visto en el cielo luces, columnas de humo y objetos extraños. Y los poderes de Uri Geller se han multiplicado: por ejemplo, aparecieron en Israel objetos que se sabía estaban antes en Nueva York, y otras cosas desaparecían del interior de cajas cerradas para aparecer en otra habitación. Lo que no explica la biografía de Uri Geller es la razón por la cual éste no ha podido doblar un solo cañón de los árabes, y tampoco dice si se utilizaron sus oficios para que aparecieran, en Israel, armamentos y oro que se sabía estaban en los Estados Unidos. Lo que si resulta evidente es que por medio de sus poderes síquicos —¿o de sus trucos?— y ahora por medio de este libro, ha encontrado la fórmula de trasladar el dinero a los bolsillos ajenos al suyo y de su biógrafo. Personas como Uri Geller no son visitantes extraterrestres, sino habitantes de este planeta, con los pies muy bien puestos en la tierra.

Fernando del Paso en “El Día”
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 760