Un remedio casero

El gran sicoanalista Seguismundo Freud, cuando estaba por consolidar su teoría terapéutica, cayó en una profunda depresión. Su recinto de trabajo y estudio, donde se había enclaustrado, se encontraba sucio. Wesfalia, su doméstica, había tomado vacaciones, y mobiliario y enseres se hallaban recubiertos con una gruesa capa de polvo, a la par que las visiones luminosas del descubridor del inconsciente. Para don Seguismundo, las ideas que siempre tomó como claras y definidas se volvieron confusas y borrosas. Su mirada de águila erraba desfalleciente por el ámbito de su estudio, se posaba sobre escritos, libros, rostros, y parecía que, ese, su mundo inmediato, hubiera desaparecido.

Sólo pudo salir de su postración con el regreso de Wesfalia, quien armada con un plumero de fina pluma importada de guajolote mexicano, procedió a sacudir, a conciencia, el espejo que tenía frente a sí el célebre doctor.

Cuando la imagen de éste empezó a develarse en la superficie plateada y pudo el sabio apreciar su distinguida barba blanca, una sonrisa llena de vivacidad afloró a sus labios. Wesfalia, por toda contestación, le guiñó el ojo, pícaramente al espejo, y continuó ejecutando la limpieza.

Julio Aurrecoechea Acereto
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 159

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El último deseo

a DR

En el umbral de la muerte, frente al pelotón de fusilamiento, se acerca hasta mí el mayor que dirige la ejecución para preguntarme cuál es mi último deseo. Le contesto que mi último deseo es despertar de este sueño que más parece una pesadilla. Entonces despierto.

Felipe Aguirre Alvarado
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 154

El armario

Para Ofelia E. E. E.


El señor Ruque Rulas trabaja en su tallercito. Golpea con un martillo un pequeño clavo. De repente cae el mazo en uno de sus dedos. Sin chistar se levanta y se encamina hacia la casa. Abre la puerta con la mano izquierda —la derecha la trae crispada— y entra. Pasa por la sala donde se encuentra su familia que ve la televisión. Su esposa y su hijo lo miran; ha interrumpido momentáneamente su visión. No dicen nada. Sus ojos están de nuevo puestos en el televisor.

Ruque Rulas sube a su habitación y se dirige al armario. Lo abre y meta la cabeza en él. Da un grito repleto de todo el dolor reprimido y, rápido, lo cierra. Está seguro que no le han oído. “Es —piensa—, un desahogo. La única forma de guardar lo más íntimo de uno mismo sin que los demás se enteren.”

La Sra. Pureza López de Rulas dispuesta a asear la casa, poco después, abre las puertas del armario y, como un alud de piedras de granito, caen encima de ella las mentiras, perversiones, deshonestidades, temores y frustraciones de su marido. Al día siguiente tramita el divorcio.

Raúl Sánchez Pérez
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 153

El monje que conoció los goces del Paraíso

114-115 top

Un religioso pedía siempre a Dios que le mostrase el gozo más pequeño del Paraíso. Una vez se le apareció una avecilla que se puso a cantar maravillosamente y, queriendo cogerla, la siguió a un bosque y escuchándola se quedó junto a un árbol y allí pasó largo rato. Cuando la avecilla echó a volar, el monje se dirigió al monasterio y vio que el claustro estaba completamente cambiado. A duras penas le dejaron entrar, porque no lo reconocían. Todos se admiraron de verle y él de ver a los demás monjes. Cuando el abad le preguntó quién regía el convento en la época en que había salido, consultaron las crónicas y vieron que había pasado un sinfín de años. El monje dijo que él sólo había estado fuera una hora, distraído por el dulce canto del pájaro.

Narrador anónimo de la Edad Media
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 145