El ladrón más diestro

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…Gracia tiene la fabulilla de aquellos ladrones que, estando en un bosque ociosos, trabaron entre sí una contienda sobre cuál de ellos era más sutil en su ejercicio. Y propuso uno, muy preciado, que el que hurtase los huevos de una avecilla que estaba empollándolos en un árbol de allí cerca, y se los sacase de debajo sin que ella lo sintiese, aquel llevase la palma y la apuesta. Convinieron todos en que él fuese el primero, y corrió al árbol, y tras de él ocultamente otro de los compañeros. Subió, pues, muy ligero y sutil gateando, y no con menor sutileza y ligereza tras de él su compañero. Fue hurtando a la avecilla uno a uno sus huevos, y echándolos en su faldriquera; pero el compañero sagaz iba sacándolos de ella y mudándolos a la suya. Bajóse éste muy disimulado, y aquel otro muy glorioso, y echando alegre la mano para mostrar el hurto a los compañeros, hallóse muy confuso, sin poder discurrir la causa de la burla. Entonces el compañero, manifestándole el caso y el hurto, dijo:

—Ahora juzgad, amigos, quién merece el premio y el nombre. Y diéronle todos el víctor.

En “Cuentos folklóricos españoles del Siglo de Oro”
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 185

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Sueño

Era una resplandeciente mañana. Una mujer se movía mecánicamente por el cuarto lleno de luz. Puso una butaca en la que se subió para abrir los cajones superiores del armario, y estirando los brazos sacó con gran cuidado un bulto en una bolsa de plástico.

Fue al patio y con cierto respeto extrajo de la bolsa dos calaveras y las puso sobre el lavadero. Parecían dos gemelos muy pacientes, tenían una calma muy adulta. Mientras las lavaban, se veía muy cerca una maleta de abuela dispuesta para contenerlas. En ella las iba a sacar la mujer a pasear.

Sonó el despertador, y a pesar de esa pesadilla, Clara se levantó contenta; su marido seguía durmiendo pesadamente. Fue al baño y no prendió la luz para no mirarse en el espejo, después corrió la cortina del otro cuarto. Tuvo que taparse los ojos ante la inundación de luz; se sentó a releer una revista mientras esperaba la llegada de la nueva empleada.

Timbraron. Al abrir se encontró a la mujer del sueño delante de una hermosa mañana dominical. Mientras ella saludaba y explicaba que era la recomendada para el servicio, Clara halló que el escenario de su pesadilla era su propia casa; en una instancia más escondida de su tembloroso pensamiento pensó en Freud y los sueños. La invitó a entrar, no si un gesto de agobiante resignación.

Juan Moreno Blanco
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 184

Con mamá

Extiendes el brazo izquierdo y veo el cauce, el río de fuego que te corre por las venas, la profunda grieta que te parte en dos la carne. Esa rotura te arde en la piel y en el pecho. Cuando tus ojos sin pestañas la recorren, la mirada se te va haciendo triste y tu rostro se aflige, iluminado por la luz blanca del consultorio. El brillo esterilizado de la hipodérmica resplandece un instante en el aire: luego se clava. Los dedos de tu mano apenas se contraen, estas acostumbrada. Veo gotitas de tu sangre manchando el algodón y siento cangrejos negros y silenciosos atenazándome el estómago, los riñones. Sentarse a esperar que los dos frascos de suero se terminen (primero el rojo, después el cristalino). Con paciencia, la aplicación debe ser lenta porque los mareos, el vómito, el cuerpo que se sacude. La enfermera se marcha y entonces viene un tiempo que se cuenta en mililitros, que avanza convertido en burbujas de aire y en donde vamos quedando tú, los frascos vacíos, yo, los silenciosos cangrejos negros.

—Me destrozaron las venas —dices—. Mira mis brazos.

No sé qué contestar. Balbuceo tonterías. Te digo que está todo bien, mamá, que la medicina está avanzada, que la quimioterapia ha salvado a muchos, que lo importante es que sigas con nosotros.

Suspiras muy hondo, empiezas a sonreír con un gesto de resignación. Pero tu sonrisa no me engaña, porque no hay más que mirar tu cara sin cejas, tus ojos acuosos de pez moribundo, para saber que vas a llorar como aquella noche en la que, mientras te bañabas, el pelo se te fue convirtiendo en una masa viscosa que se embarraba entre los dedos, en grumos que caían pesadamente sobre las baldosas, calientes como el agua que golpeaba tu espalda, como las lágrimas que te escurrían, mientras te encogías y tu cuerpo se hacía más y más pequeñito, mientras tus gritos se hacían más y más fuertes.

Agustín Tapia
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 179