Arqueológica

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Recién desempacada, alguien ordenó que la lavaran antes de ponerla definitivamente en exhibición.

Le arrojaron entonces varios baldes de agua encima. La costosa y carísima joya, ante la desesperación del jefe de mantenimiento del mueso aquel, se fue desintegrando poco a poco, hasta que solamente quedó de ella un gran charco de agua salitrosa en el suelo.

Cuando se lo comunicaron al director del museo, éste, mesándose desesperadamente los cabellos, gritaba:

—¡Imbéciles!…¡Ignorantes!…¡Era la estatua de la mujer de Lot!…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 191

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Así pasa cada cien años

Muy allá, en Jerusalén, agobiado por la fiebre y el cansancio, regresaba de hacer adobes cuando los guardias romanos quisieron obligarlo a cargar la pesada cruz de aquel reo.

—¡Ora! ¿Y yo por qué?, ¿yo por qué?

En seguida salió la sentencia de labios del Nazareno:

—Errante andarás por el mundo hasta la consumación de los siglos.

—¡Adió y ora! ¿Y yo por qué?, ¿yo por qué?

Así empezó su interminable peregrinar.

Esta vez apareció tras el huizachal, rumbo a la Lagunita, venía dando traspiés, medio apendejado por el calor canicular, ataviado con su túnica púrpura y aquellas sandalias de excelente calidad.

Fue el día de la incongruencia; cuando la mayoría de la gente del poblado salió a pasear por las calles a las dos de la tarde bajo una temperatura de 47 grados Celsius a la sombra.

Unos jornaleros borrachos le ofrecieron una “caguama” helada. La bebió a grandes tragos, dio las gracias y prosiguió su camino.

Frente a la escuela primaria hizo un saludo militar a la bandera nacional.

En el barrio del Orégano, unas niñas lo confundieron no sé con quién y arrodilladas le pidieron su bendición; siguió de largo sin mirarlas.

Afirma Nacho Vitela que lo vio pasar frente a su casa, como cada cien años; iba apresurado, sudoroso, mentando madres en arameo.

Efraín Boeta Saldierna
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 209

A la sombra de los muchachos en flor

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Transformado en águila, Zeus se robó a Ganímedes y lo llevó por los aires hasta el Olimpo. Estaba dispuesto a practicar con el bello adolescente un poco de efebomanía. Pero cuando llegó a su morada, el rey de los dioses vio que durante el breve viaje Ganímedes había dejado de ser adolescente, ya tenía ronca la voz, un poco de barba y la piel amarga de los hombres. Zeuz, tanto como para justificar el rapto, le dio funciones de copero.

Marco Denevi
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 205