Arqueológica

114-115 top

Recién desempacada, alguien ordenó que la lavaran antes de ponerla definitivamente en exhibición.

Le arrojaron entonces varios baldes de agua encima. La costosa y carísima joya, ante la desesperación del jefe de mantenimiento del mueso aquel, se fue desintegrando poco a poco, hasta que solamente quedó de ella un gran charco de agua salitrosa en el suelo.

Cuando se lo comunicaron al director del museo, éste, mesándose desesperadamente los cabellos, gritaba:

—¡Imbéciles!…¡Ignorantes!…¡Era la estatua de la mujer de Lot!…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 191

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