De magos

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En el circo, una madre imprudente permite que su hijo se preste a la experiencia de un mago chino. Lo mete en un cofre: está vacío. Vuelven a cerrar el cofre. Vuelven a abrirlo: el niño aparece y vuelve a su lugar. Pero ya no es el mismo niño. Nadie se lo imagina.

Jean Cocteau
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 223

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Operación dragón

Bruce Lee le haría el momento menos odioso, menos violento. Había acudido puntualmente a la cita y cuando ella llegó, tenía los boletos en la mano. Los entregó amablemente al portero y condujo del brazo a su novia. Las luces de la sala ya se habían apagado, así que Ramón entrecerró los ojos para ver mejor. Subieron las escaleras hasta encontrarse junto a la cabina del proyector. Como era la primera función se hallaron solos en esa parte del cine que habitualmente es la más concurrida por parejitas. Bruce Lee enfrentaba a un karateca gigante que no necesitaba hacer mucho esfuerzo para repeler sus ataques. Ramón se mordía las uñas nerviosamente, no porque fuera su primera cita con Aída, sino porque no sabía cómo empezar el ataque. Primero colocó su mano en el descansabrazo para acercarla a su rodilla lentamente. Volteó a verla y notó que permanecía imperturbable, con la vista en la pantalla. Aproximó su cara hasta estar seguro de que ella sentía su respiración en el cuello. El luchador de la pantalla se encontraba en la disyuntiva de pelear primero con un cinta negra o salvar a su novia de las manos del malvado Landorff. Estudió su perfil y recordó su traición. Ramón se preguntó si también habría de luchar con Aída, pero ella le desabrochó dócilmente el cinturón negro y se inclinó hacia él, Ramón le acarició la cabeza con la mano izquierda y aprovechó que estaba casi recostada sobre sus piernas para clavarle el puñal en el costado. El grito coincidió con el momento en que Bruce Lee arrojaba al contrahecho villano por la ventana; nadie notó nada. Cuando salió del cine observó que no tenía una sola mancha de sangre y bendijo su buena suerte.

Miguel Ángel Godínez
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 221

Ignacio F. Padilla Suárez

Ignacio Fernando Padilla Suárez

Ignacio Fernando Padilla Suárez

 

Nació en la Ciudad de México en 1968. Licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana, doctor en Literatura Inglesa en la Universidad de Edimburgo y en Literatura Española e Hispanoamericana en Salamanca. Colaborador en medios escritos y audiovisuales.

El escritor

Perteneciente al grupo literario Crack en sus propias palabras ello significa “el rompimiento no con el boom de la literatura latinoamericana o con el Realismo Mágico, pues lo que nos gustaría es plantear una continuación con estos movimientos, sino…con lo que se ha denominado el post-boom y posteriormente se llamó bommerang, que era la vulgarización (y mala imitación) de esta literatura”.

Sus obras se componen por las novelas: Amphitryon (2000), La catedral de los ahogados, Si volviesen sus majestades y las tormentas del mar embotellado; y los cuentos: Subterráneos e Imposibilidad de los cuervos.

Ganador de los premios Alfonso Reyes 1989, Juan de la Cabada 1994 y Primavera de Novela 2000.

 El diplomático

Se desempeñó como agregado cultural en la embajada de México en la Gran Bretaña (2001-2003)[1].

Espejo

Abrieron poco a poco la puerta. Frente a ellos había otros dos hombres idénticos e igual de sorprendidos.

—¿Qué hacen ustedes allí dentro? —preguntaron los cuatro al mismo tiempo. Entonces todos enloquecieron buscando una salida que no existía.

Ignacio F. Padilla Suárez
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 210