Cocodrilo instructor

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De joven tuve un cinturón de piel de cocodrilo con el que algunas veces, con dolor, tuve que pegarle a mi hijo el grande para aplicarle un correctivo.

No fue inútil: mi hijo el grande es ahora un hombre de provecho, un constructor, dueño, entre otras cosas, del 60 por ciento, pero aún confío en él, de toda esta magnífica zona hotelera que le ganamos al pantano.

En ocasiones como ésta en que la belleza del paisaje me pone romántico, no puedo menos que agradecerle al cocodrilo su piel que, como quiera que sea, me ayudó en la formación de mi progenie.

Alejandro Aura
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 231

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Candidez

Laurita afirma tener 45 años, pero en realidad tiene 51. Parece de 60. Viste como de 18, provocativamente. Su ánimo es de 15. Divorciada cuatro veces. Maquillaje excesivo, incluye pestañas postizas. Moviéndose con afectación pasea por el centro comercial, cuando descubre una presa: un hombre joven que lleva a una niñita de la mano.

—¡Que niña tan bonita! —dice, aleteando las pestañas al papá.

—Gracias, señora —responde el joven.

—No soy casada —aclara rápidamente Laurita, con la mejor de sus sonrisas.

—¡Ah!, perdone.

—No hay cuidado —contesta de manera seductora. —¿Cómo te llamas mi amor? —pregunta a la niña.

—Vicky—, le responde.

—Y, ¿cuántos años tienes, Vickyta?

—Cuatro —dice, mostrando los dedos.

—¿Cuatro?, ¿qué linda!

Vicky jala de la manga a su papá y dice: —Papi… quiero hacer pipí.

—¡Ay, sí, mija!, discúlpame—dice a Laurita —tengo que llevarla al baño, no sea que se haga aquí. Vicky —le ordena educado— dile adiós a la señ… este… a la… anda nena, dile adiós.

—Adiós, viejita.

—¡Niña! —el papá turbado, añade precipitadamente— es que se parece usted a si bisa… bisa…

Laurita sonríe forzadamente y da media vuelta. Cuerpo echado hacia adelante. Pestañas caídas. Aspecto de 70 años. Se siente de 95.

Luz María Rechy
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 225