Retorno

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Después de tantos años de aventuras, Ulises retorna a Itaca, avanza hacia su casa en la noche, se asoma por una ventana al interior y ve a Penélope que, sentada de espaldas a él, teje su lápiz con figuras.
Y después de considerar en silencio la hermosa, tranquila escena de felicidad hogareña que la mujer ha representado en la tela, Ulises, de puntillas, desanda el camino, vuelve a la playa y a la nave, se embarca y se pierde en el oscuro mar rumoroso.

¡Ah, ese Ulises en pantuflas y contento, ese Ulises ya un poco calvo y gordo, que estaba tejiendo la astuta Penélope!

José de la Colina
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 241

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Marcel Béalu

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Marcel Béalu

Yo tenía una gatita muy querida a la que acariciaba a escondidas, pues se me decía que un hombre no debe exhibir sentimientos tiernos. Ciertamente no era una criatura vulgar. Cuando le acariciaba las tetillas, su ronroneo tenía algo del jadear de las mujeres en el placer, y en sus verdes pupilas tras los párpados entrecerrados yo podía leer verdaderos pensamientos.

Un día me pareció que su maullido alcanzaba las modulaciones del lenguaje humano. “Insiste un poco, mi gatita”, le dije, porque le hablaba como a un niño y absurdamente creía que un día lograría hablar. Traté de persuadirla con argumentos fáciles que halagaran su coquetería: “Piensa, mi pequeña , en el éxito que tendrías entre la gente si llegaras a decir verdaderas palabras…”.Y la acaricié y estimulé tanto que por fin me respondió con una voz de niña mimada: “Yo quisiera hablar, pero sólo para ti, y sin que se enteren los otros”.

¡Oh, la profundidad de mi alegría ante aquel milagro que debía mantenerse en secreto!

“La chatte” en Mémoires del’ombre, de Marcel Béalu.(Versión de J. de la C.)

***

El francés Marcel Béalu (1908-1993), librero, poeta, narrador, ensayista, pintor de domingo, fue amigo de Max Jacob, de Gaston Bachelard, de Jean Paulhan, de André Bretony los surrealistas. Era autor, en prosa, de Mémoires del’ombre, L’expérience de la nuit, L’araignée de l’eau, y, enverso, de Coeur vivant y Ocarina. Su librería del Quartier Latin, especializada en literatura fantástica y esotérica y en obras inencontrables y “malditas”, se llamaba Le Pont Traversé porque en su adolescencia le había impresionado, “hasta el delirio y el insomnio”, un célebre letrero de Nosferatu, el filme silencioso de Friedrich Murnau: “Al pasar el puente, los fantasmas le salieron al encuentro”.

Un puente es un lugar de paso entre dos orillas que pueden ser tan diferentes y aun contrarias como el anverso y el reverso de la inquietante cinta de Moebius, que, al retorcerse y unirse invertidos por sus extremos, para formar un ocho horizontal, se convierten en una sola superficie. Y si un fantasma puede ser una impalpable y apenas visible criatura menos fantasmal que fantasmagórica, podría decirse que la literatura fantástica de Béalu (escritor formado en la lectura de Von Arnim, Poe, Dunsany, Schwob, Jean Ray, Jorge Luis Borges, y en el culto a los pintores de lo extraño: Bosch, Goya, Moreau, Ensor, Delvaux ) se desarrolla en ese lugar de transición entre la vigilia y el ensueño.

La narrativa de Béalu no es frecuentada por fantasmas, vampiros, zombies, emisarios de Satán, monstruos extraterrestres o del inframundo u otros seres sobrenaturales. Lo fantástico de sus cuentos de una página o de página y media, que son a la vez poemas-en-prosa y se reúnen en el más conocido de sus libros: Memorias de la sombra, ocurre en una dimensión interior en la que rigen los poderes del ensueño, de la pesadilla y el delirio, de modo que, en apenas el tiempo de un parpadeo, o a través de un sutil puente de pasos entre las dos orillas, la realidad “común y corriente” se abre a una inquietante otra realidad. Una otredad deseada o temida, o que es las dos cosas a la vez.

La chatte” es uno de los cuentos (¿o poemas?) de Béalu en los que el mundo evocado comienza siendo creíble para el lector. Al principio nada allí sería inquietante o siquiera asombroso, pero en algún punto apenas perceptible surge de repente un pequeño detalle que hace deslizarse el asunto hacia un hecho extraño que el lector, ya hipnotizado por la tersa escritura, acepta como verosímil y posible. Acaso es un extraño maullido… Y todos en alguna alta noche hemos oído a algún solitario gato de azotea maullar una larga y ondulante melopea que se parece al habla o al canto (a un cante flamenco, por ejemplo). Y entonces hemos pensado que desde el animal está manifestándose un otro ser[1].

La gatita

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Yo tenía una gatita a la que quería mucho. Pero, por una especie de pudor, sólo la acariciaba a escondidas. Un hombre no debe exhibir esta clase de sentimientos. Sin embargo, debo decir que no era una gata vulgar. Cuando yo pasaba tiernamente la mano por sus tetillas, su ronroneo tenía algo del acezar de las mujeres en el placer. Una agua negra llenaba bruscamente el cristal verde de sus pupilas y en aquel elixir más oscuro que la noche yo leía verdaderos pensamientos. Un día me pareció que su maullido lograba las modulaciones del lenguaje humano. “Insiste un poco, mi gatita”, le dije, porque le hablaba como a una niña. Acababa de ocurrírseme el absurdo de que podría hacerla hablar. Persuasivo, usé argumentos fáciles para halagar su coquetería: “¡Piensa qué éxito tendrás, pequeña mía, si llegaras a pronunciar verdaderas palabras” En fin, la urgí tanto que terminó respondiéndome con una curiosa voz de niña mimada: “Deseo hablar, pero sólo para ti… ¡Los otros no me importan!”

¡Oh, la profundidad de mi alegría ante aquel milagro que debía disimular como un secreto!

Marcel Béalu
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 237

Lingüistas

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Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.

De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:

—¡Qué sintagma!

—¡Qué polisemia!

—¡Qué significante!

—¡Qué diacronía!

—¡Qué exemplar ceterorum!

—¡Qué Zungenspitze!

—¡Qué morfema!

La hermosa taquigrafía desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas.

Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: “Cosita linda”.

Mario Benedetti
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 235