El destinado

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Está en su cuarto vistiéndose, con los minutos contados, para su entierro.

Entre pantalón y zapatos, corbata y chaleco, le tientan y le sientan pensamientos generales, con una exigencia mayor que la otra prisa. Pero ha visto en una puerta un clavo a medio salir, derecho, brillante, justo, perfecto, atractivo de clavar, innecesario de clavar. Y tiene a mano la percha de su americana, martillo de madera tan a propósito para clavar el clavo tentador. Deja el entierro, demora los pensamientos generales, coge la percha y se pone a clavar con esmero lento el clavo.

Juan Ramón Jiménez
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 269

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