Jesús Monjarás-Ruiz

Jesús Monjaráz-Ruiz

Jesús Monjarás-Ruiz

 Historiador y Antropólogo mexicano. Investigador del Departamento de Etnohistoria del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Entre sus numerosas publicaciones destacan: “México en 1863”, “Los Primeros Días de la Revolución” y “La Nobleza Mexicana”. Desde hace tiempo se encuentra ocupado en una investigación sobre los escritos y manuscritos de Marx acerca de México[1].

Mi vecino

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Sorprendo a mi vecino mirándome desde su ventana; me hace señas para llamar la atención. Me asomo. Como él vive en el edificio de enfrente que separa la calle y en el mismo piso que yo (el 17), me parece muy peligrosa la forma en que está asomado. Parece tan ansioso que saco medio cuerpo fuera de mi ventana, a riesgo también de perder la vida. Me grita a todo lo que da su voz, pero no puedo oírlo. Al fin comprendo que lo que quiere es que tendamos una soga de edificio a edificio (miro con terror hacia abajo) para así poder conversar a gusto. Me tira la soga que agarro con dificultad y la ato a mi ventana. Compruebo que está bastante fuerte pero no me atrevo a pasar. Me grita cobarde. Lleno de amor propio me agarro a la soga y ¡ya me estoy balanceando en el aire! Al llegar al punto medio, voy con los ojos cerrados por el terror que me causa el vacío, tropiezo con sus manos. Lo mismo que yo, él está suspendido sobre el abismo. Se ríe y dice que siga, que no tenga miedo. Llego hasta su ventana y entro. Lo veo a él de nuevo; ahora asomado desde mi ventana. Estamos exactamente igual que al principio.

Luis Lastra
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 202

Estatua

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Llegó un día, encogido, preciso. Estuvo bordeando la blancura de la plaza, oculto. Hizo exactamente lo necesario para que no lo reconocieran: unas veces árbol, otras banco, fuente… se había hecho de un espacio, de un anonimato cotidiano.

Al cabo de muchos años, lo mataba la soledad e intenté cambiar su posición. Alguien descubrió su movimiento y todo el pueblo lo subió en un pedestal.

Cuando vengo a la plaza y juego, me acuerdo a veces que aún permanece subido allí, abandonadamente inmóvil, quien sabe si soporta todavía este sol bravo.

Santos López
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 199

Saudade

Y entonces, me perdí; pero no —oiga usted—, no crea que fue una perdidita chiquita. ¿Cómo le explicaré a usted? Se imagina una cabeza transistorizada, ¿verdad? Imagine a los transistores del lado izquierdo, los que tienen letreros que dicen: FANTASÍA, EVASIÓN, EVOLUCIÓN, CABALLOS SENTADOS COMIENDO EN EL VIPS, MARIPOSAS MULTICOLORES VOLANDO DENTRO DE LOS ROPEROS, MESAS CON FLOREROS NADANDO EN LAS ALBERCAS, en fin, usted me comprende, todas esas insubstanciales minucias que hacen trabajar a los transistores del lado opuesto a los que tienen esos aburridos letreros que dicen: TRABAJO, COMPROMISOS, OBLIGACIONES, HIPOTECAS, COLEGIATURAS, TRABAJO SEDENTARIO A HORAS FIJAS. Bueno, pues los transistores del lado izquierdo no pasaban corriente a los del lado derecho y nada funcionaba ya.

Un buen día (de San Valentín), precisamente los transistores serios se descuidaron y aproveché para ¡convertirme en ratón!. Pero entiéndame usted bien, señor, me convertí en un ratoncito de esos simpáticos para ponerse en las solapas de los sacos, no en una rata de esas desagradables y feas, y hete aquí que me fui, camine que camine hasta que llegué. Hoy me pongo a sus órdenes en la librería de Cristal de Insurgentes, me alimento con la literatura que me desagrada y la otra me está equilibrando psíquicamente. Creo que de todos modos, cuando acaben de balancearse mis transistores aquí me voy a quedar, porque sabe usted, señor, aquí estoy ¡taaaaaaaaaaaaaaan a gusto!

Flor Novoa Zazueta
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 197

Quintaescencias

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El tenor Américo Scravellini, del elenco del teatro Marconi, cantaba con tanta dulzura que sus admiradores lo llamaban “el ángel”.

Así nadie se sintió demasiado sorprendido cuando a mitad de un concierto, viose bajar por el aire a cuatro hermosos serafines que, con un susurro inefable de alas de oro y de carmín, acompañaban la voz del gran cantante. Si una parte del público dio comprensibles señales de asombro, el resto, fascinado por la perfección vocal del tenore Scravellini, acató la presencia de los ángeles como un milagro casi necesario, o más bien como si no fuese un milagro. El mismo cantante, entregado a su efusión, limitábase a alzar los ojos hacia los ángeles y seguía cantando con esa media voz impalpable que la había dado celebridad en todos los teatros subvencionados.

Dulcemente los ángeles lo rodearon, y sosteniéndolo con infinita ternura y gentileza, ascendieron por el escenario mientras los asistentes temblaban de emoción y maravilla, y el cantante continuaba su melodía que, en el aire, se volvía más y más etérea.

Así los ángeles lo fueron alejando del público, que por fin comprendía que el tenor Scravellini no era de este mundo. El celeste grupo llegó hasta lo más alto del teatro; la voz del cantante era cada vez más extraterrena. Cuando de su garganta nacía la nota final y perfectísima del aria, los ángeles, lo soltaron.

Julio Cortázar
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 193

El globo

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Aburrido, sin motivo especial, compré un hermoso globo negro y seguí caminando lentamente por las veredas internas del bosque, alejándome lo más posible del bullicio. Era un domingo soleado, semejante a cualquier otro en primavera.

Llegué a una explanada colmada de gente que iba y venía en todas direcciones. No pude tomar otro rumbo y continué la marcha abriéndome paso a veces a empujones. El globo se columpiaba lánguido frente a mis pasos y casi daba la impresión de que se movía libremente y en forma horizontal, sin que estuviera sujeto al hilo no muy largo que yo tenía en una mano.

En cierto momento olvidé figuras, voces y olores a mi alrededor y me dediqué a observar el desplazamiento continuo que frente a mi marcha realizaba el globo. Poco después, éste se convirtió en un elemento tan importante que yo dejé de tener conciencia plena de mi ser.

Cuando volví a retomarla estábamos ya frente al lago. Fue horrible, pero de pronto sentí que no era más que un grano sin contornos en aquel deambular de gentes por todas partes, ignorando aliento sin dirección. Tuve la impresión de no estar sujeto a la gravedad porque me estaba desmaterializando. Sobre todo al mirar hacia abajo y no verme por sitio alguno entre la confusa masa de colores desplazándose en espirales lentos.

Enrique Jaramillo Levi
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 191

Solicitada

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“Busco un hombre:

QUE NO ME ENGAÑE
QUE NO SE ENAMORE DE OTRA
QUE ME PERTENEZCA
QUE SE PORTE BIEN
QUE SEA INCONDICIONAL
QUE SEA PACIENTE
QUE TENGA SENTIDO DEL HUMOR
QUE SEA GRANDE Y FUERTE
QUE ME ABRACE CUANDO TENGO MIEDO
QUE NO ME DEJE OLER LA SOLEDAD
QUE ME PERMITA SENTIRME AMPARADA
QUE TRABAJE
QUE SEA SANO
QUE ACATE LA MORAL SIN EXAGERAR
QUE SEA EN DEFINITIVA UN BUEN HOMBRE PERO UN BUEN HOMBRE MEDIOCRE MEDIO SIN DESLUMBRAMIENTOS
QUE SEA TAN SOLO UN BUEN HOMBRE AMANTE QUE TRABAJE BIEN PARA MI.

Y que al fin de mes me compre un traje de seda y me lleve del brazo, adornada como escaparate de confitería, y yo soy una suave mujercita de azúcar impalpable, con un moño muy grande en la cabeza y el talle muy fino (liviana, leve); apenas un soplo al lado de MI COLOSO mediocre, delicado pero firme, que me traslade en un avión toda vestida de almendras y trocitos de caramelo. Una muñeca de adorno, de esas que mamá ponía en mis tortas de cumpleaños, y era de porcelana sólo de la mitad para arriba porque la falda era una inmensa torta redonda llena de ricitos y lazos hechos con la manga de repostería”.

Mariela Álvarez
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 187

En un país de América

Toda la vida soñó con el poder.

Desde pequeño casi siempre sus conversaciones se referían a lo mismo: ¡algún día seré presidente! Y sus amigos le miraban, perplejos unos; burlones otros, pero a él poco le importaba.

Ya de joven se inició en la carrera militar y en pocos años se sucedieron ascensos y condecoraciones, mas no por su talento, sino porque su afán de grandeza vencía la inercia de su mediocre inteligencia.

Por fin, un buen día le llegó su último ascenso, el más apetecido, el más añorado, ¡ya era general! ¡Ya estaba a un solo paso de su meta suprema!

Durante varios meses planeó el golpe de estado y ahora, para suerte suya, el gobierno se encontraba en crisis.

Avisó de su audaz decisión a sus más cercanos colaboradores y lo planeó todo cuidadosamente. La acción no podía fallar y menos ahora que el general Urquizo, jefe de la guardia palaciega, convino en que le esperaría frente a Palacio con la guarnición rendida y puesta a sus órdenes.

Eran más de las doce de la noche cuando, con ostensible emoción, llegó a la mansión presidencial. Jadeante y sudoroso, preguntó a los reunidos por el general Urquizo.

El jefe del grupo, un capitán de voz grave le informó, cuadrándose:

—¡El general Urquizo no recibe! Está muy ocupado en estos momentos formando el nuevo gabinete.

 

Eugenio Zamora Martín
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 185

Declaración

Hoy te digo que te quiero. Que mis palabras no te causen extrañeza. Hace tiempo que te amo y me duele que aunque todos los caminos conducen hacia ti, yo no pueda alcanzarte.

Sin embargo es tanto mi amor que en mis sueños he recorrido la suave topografía de tus colinas y también tus catacúmbicas entrañas; y mis manos han palpado tus intemporales formas femeninas.

Sé que tienes levantado un arco triunfal que espera mi llegada y hará eco a mis palabras: “vine, vi y vencí”, y hasta un coliseo para amarnos ahí, eternamente.

Me he soñado dentro de ti en una noche lluviosa y cubierta de paraguas, caminando de tu mano por la Vía Apia mientras a nuestro paso se cruzaban los gatos callejeros, y esperar el amanecer ebrios de amor y de vino en una sórdida taberna del transtíber.

Y una tarde de dorado otoño sentir el fresco rocío de tus fuentes y llegar hasta la Plaza de San Pedro donde tú, gran pecadora, edificaste el más suntuoso templo para expiar tus culpas de disoluta adúltera y amarte de soldados, artistas, césares, emperadores locos y tiranos, y hasta de príncipes y papas de la iglesia.

Pero aún con todos tus pecados te amo, matrona milenaria que un día conquistaste al mundo y todavía sigues rompiendo corazones. Te amo por tu idioma y tu acento melodioso. Te amo desde que leí a Tito Livio; desde que supe que Rómulo y Remo y de la loba; desde que leí “Quo Vadis”, “Fabiola” y “Ben Hur” y de los que de ti contaban los primeros cristianos, después ahogados en el Tíber o devorados por las fieras de tu circo…

Te amo desde que supe que Rafael, Leonardo y Miguel Ángel maquillaron con arte sublime tu rostro de grandeza te he amado a través de las descripciones de viajeros, historiadores y poetas; de dibujos y cuadros que te han dedicado tus amantes… Y también por tus íntimos secretos revelados por Moravia en sus cínicos cuentos.

Espero, un día, endurecer las plantas de mis pies en tus calzadas y agotar las horas de mis días amándote en cada una de tus plazas. Y una noche lleno de ti, decirte: “bona será amore”.

Desde la distancia, te declaro mi amor eterna Roma.

 

Salvador Herrera García
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 182

Una nueva humanidad

El rey llamó a su gran chambelán y le dijo: ordeno que sea creada una nueva humanidad; al día siguiente el rey fue decapitado.

Envuelto entre pases mágicos y calderos humeantes, el alquimista pensó, estoy formando una nueva humanidad; pasaron cien años antes de que muriera de viejo y sin conseguir su afán.

Entre el estruendo de la batalla y con la seguridad del éxito, el general en jefe alzó la voz y dijo a los miembros de su estado mayor: en estos momentos estamos haciendo que surja una nueva humanidad; un momento después, el general, el estado mayor y el cuartel general, volaron por los aires.

Después de la última batalla, de la última guerra de exterminio, el último hombre y la última mujer existentes en el planeta tierra, discuten si deben o no crear una nueva humanidad.

Carlos Cárdenas Reynaud
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 177

Épica del supermercado

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La otra tarde entré a un supermercado y vi que una gran cantidad de comestibles salía a mi paso, me hacían invitaciones y me conducían por un pasadizo donde a cada lado los ojos de los frascos me vigilaban, los enlatados hacían crujir los dientes de manera escalofriante, y de los paquetes plásticos salían unas manos gangosas que a veces se quedaban pegadas a mis pantalones.

Como yo iba a adquirir poca cosa, los carros salían de sus sitios e intentaban acomodarse a mis manos; yo los rechazaba y entonces daban unas vueltas locas. En las esquinas había espejos para controlar a los consumidores menores que, como yo, sólo iban a meter los dedos en los encurtidos o a tocar algunas copas vírgenes. Los polizontes andaban detrás de mi barba a ver si yo metía una lata de sardinas en mi bolsillo, o si era capaz de sublevarme comprando una carísima botella de vino francés. Pero no: yo me entretenía con las piernas de las recién casadas, que iban al supermercado a desinflar los primeros sueldos de sus maridos. También a comer pasas o almendras, o a pellizcar arenques ahumados. Los embutidos parecían recobrar su antigua forma animal y me halaban las mangas de la camisa. Yo quería evadirlos, pero de todos modos lograban tomar desprevenido a mi estómago, haciéndolo rugir.

Fui rápido a buscar lo único que necesitaba: una lechuga fresca, la cual pagué con la última moneda que llevaba. Miré hacia atrás, y el supermercado me miraba con una mueca de fracaso. Salí silbando con mi lechuga y un poco más adelante se la di a un perro, que necesitaba una almohada para pasar la noche.

Gabriel Jiménez Emán
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 171

Regreso de la ciudad

Se ha recogido la luz, el llano ya no es amarillo. Por poco tiempo los cactus y la tierra seca, con sus grandes piedras encajadas, han vuelto a tener un color más real.

Llego a donde comienza la vegetación y la tierra baja hasta el río. En donde empieza la distancia y todo se ve claramente.

De las montañas cae el viento esparciendo una tenue sombra, y arriba de las siluetas en que se van convirtiendo aparece un azul transparente y puro, muy atrás de la sierra; años, milenios.

Mientras camino escucho el aire mover las ramas de los pinos, después el rumor del río que asciende. La tierra se ha enfriado bajo mis pies, y tropiezo con las piedras. Pienso en las cosas que he ido olvidando de todo esto, tan conocido.

El aire se enrarece, es una música ondulante, se hace viento alejándose hasta la infancia, donde el tiempo parece reencontrar el mismo llano y los árboles; donde hay palabras que no se comprenden y se parte a una ciudad.

Recuerdo aquel gesto con la boca y la frente contrayéndose hacia el centro, que a veces sorprendo en mí, es el gesto antiguo que miré en la cara del padre ya anciano, con el que los hombres de la familia se ponían a pensar las cosas que no entendían. Y de alguna forma sé que no aparecerá más.

De pronto es posible reconocer los primeros rostros, con la impavidez de la luna apareciendo como un destello detenido en sus ojos; adentrándose a la noche en otro tiempo, cuando también conocieron el momento en que se vuelve a saber lo esencial.

Estoy junto al río, el agua suena claramente y brilla cuando choca con las piedras el mismo brillo lunar, inmemorial. El sonido del primer choque del agua en la piedra se prolonga, como un eco a través de todos los años y los siglos, hasta mis oídos, los primeros oídos que lo escuchan esta noche, que se vuelve asombrosa.

Jesús Canales García
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 163

Tapujos y cohechos

Seguramente, uno de los episodios que la historia norteamericana no consigna en aquel de la visita de Búffalo Bill a Nube Roja.

Los indios, escudados sagazmente en la inocencia de un niño, que era hijo de Toro Sentado, le comunicaron una tarde al Bill:

—Crazy Croat (rana loca, que así se llamaba el pequeño), haber aprendido primeras palabras de idioma cara pálida —le dijo solemne Sitting Bull.

—¿Sí?, que entusiasmo, no me digan —replicó el cazador de búfalos de larga y rubia cabellera.

—Entonces veremos —dijo Bill—, ¿cuáles son esas primeras palabritas?…

Y el niño, solemne como todos los indios, expresó:

—Son of a bitch.

Luis A. Chávez F.
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 159

El encuentro de dos hombres solos

A veces viene a verme, de carrera, mientras que afuera, en el auto, una jovencita guapa, y de seguro delgada, lo espera.

Casi no hablamos, quiero decir, no traspasamos los linderos de los monosílabos. Luego, se va, dejándome en la frente una película delgadísima de algo parecido a un beso, y yo suspiro, hondo y lejos.

Y vuelvo a contemplar el retrato de mi difunta esposa, a ver pasar el gato por la sala, a mis trabajos de bordado que tanto les extraña a mis vecinos.

Y mi hijo, veloz, a las carreras, acelera el auto y sin doblar se va derecho hacia las cifras, rumbo a las claves y codificaciones que, según me han dicho, forman una pelotera ya en el mundo.

 

Luis A. Chávez F.
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 156

O ´Henry

O´Henry

O´Henry

 O. Henry era el seudónimo del escritor, periodista, farmacéutico y cuentista estadounidense William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862 – 5 de junio de 1910). Se le considera uno de los maestros del relato breve, su admirable tratamiento de los finales narrativos sorpresivos popularizó en lengua inglesa la expresión “un final a lo O. Henry”

Nació en Greensboro, Carolina del Norte. Su padre, Algernon Sidney Porter, era médico. Cuando William tenía tres años, su madre murió de tuberculosis y él y su padre se trasladaron a la casa de la abuela paterna. William era un gran lector y alumno estudioso que se graduó en la escuela elemental en 1876. Más tarde se matriculó en el Instituto Calle Linsey. En 1879 empezó a trabajar como contable en la farmacia de un tío suyo y en 1881, a los 19 años, obtuvo el título de farmacéutico.

La juventud del escritor fue tormentosa. Se trasladó al condado de La Salle, Texas en 1882, trabajando en un rancho de ovejas. Posteriormente, en 1884, se trasladó a la ciudad de Austin, donde residió en casa de un amigo durante tres años. Uno de los habitantes de esa vivienda era un gato llamado Henry, y de la expresión “¡Oh, Henry!” surgió el seudónimo que inmortalizaría al futuro narrador. Es en esta época cuando comienzan sus problemas con el abuso en el consumo de alcohol; también es cuando aprende a dominar el idioma español. En 1887 se fugó con la joven Athol Estes, hija de una familia adinerada. En 1888 Athol dio a luz a un niño que murió. En 1889 nació una nueva hija: Margaret.

En 1894, Porter fundó un semanario humorístico llamado The Rolling Stone. En ese mismo año sería despedido de un banco de Austin por malversador. Al venirse abajo The Rolling Stone, el escritor se mudó a Houston, donde fue periodista en el Houston Post.

En Austin, O. Henry desempeñó diversos oficios, entre ellos trazador de planos en la General Land Office y desde 1891, como cajero del First National Bank, en donde se produciría el suceso más trascendental de toda su vida: O. Henry fue acusado en 1895 de apropiarse de un caudal de dinero que tenía bajo su responsabilidad. Si bien muchos autores ponen en tela de juicio la culpabilidad del escritor, lo cierto es que tras advertir que sería arrestado por desfalco, en la víspera del juicio O. Henry decidió abandonar su país en julio de 1896 y se embarcó via Nueva Orleans con destino a Honduras.

Pasó cerca de siete meses viviendo en Honduras, principalmente en Trujillo. Más tarde escribió cuentos cortos que tenían lugar en el pueblo de Coralio (basado en el pueblo real de Trujillo) en un ficticio país de América Central llamado Anchuria (basado en el país real de Honduras). La mayor parte de esos cuentos aparecen en el libro Of Cabbages and Kings.

Poco o nada se conoce de su vida en Centroamérica, hasta que en febrero de 1897 se entera de que su mujer estaba agonizando en la ciudad de Austin, por lo que O. Henry debió tomar la decisión de volver a EE.UU. para estar junto a su esposa poco antes de su muerte, acaecida el 25 de julio de 1897. Menos de un año después, el escritor es capturado por la justicia por el desfalco del First National Bank y condenado a una pena de 5 años de prisión en la penitenciaria nacional de Columbus (Ohio), en la que ingresó en 1898 y donde estuvo detenido por tres años, hasta que se le concedió la libertad por buena conducta.

O. Henry comenzó a escribir relatos cortos durante su estancia en la cárcel para poder ganar el dinero para mantener a su hija. En 1899, uno de sus relatos, Whistling Dick’s Christmas Stocking, llegó a ser publicado por una conocida revista de la época: el McClure´s Magazine.

Cuando cumplió su pena, en 1901, cambió definitivamente su nombre, William Sydney Porter, por el de O. Henry, acaso con la intención de borrar las sombras de su pasado. Se trasladó ese mismo año a Nueva York en donde vivió hasta su muerte.

En Nueva York, la ciudad que el escritor amaba y escenario de muchas de sus narraciones, O. Henry obtuvo el reconocimiento por parte del público, aunque su relativa fama y su éxito literario nunca le brindaron un bienestar económico, en gran medida debido a su afición a la bebida. En efecto, existe una anécdota que dice que su relato más famoso, El regalo de los Reyes Magos (considerado por los críticos como uno de los mejores), fue escrito bajo la presión de un plazo de entrega, en tan solo tres horas y acompañado de una botella entera de whisky.

Desde diciembre de 1903 hasta enero de 1906 escribió una historia a la semana para el New York World.

Contrajo nuevas nupcias en 1907 con su novia de la infancia, Sarah Lindsey Coleman. Ni este matrimonio ni el éxito que obtuvo rápidamente con sus relatos cortos (o tal vez precisamente por esto último) impidieron que cayese en el alcoholismo. Sarah lo abandonó en 1909. O. Henry, uno de los más grandes maestros del relato corto, murió un 5 de junio de 1910 a causa de una cirrosis hepática, llevando en sus bolsillos solo veintitrés centavos de dólar.

Se celebró su funeral en New York City, y después fue enterrado en Asheville, Carolina del Norte. Su hija, Margaret Worth Porter, murió en 1927, siendo inhumada junto a su padre[1].

Inocente

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Soñé que estaba cerca de un coro de ángeles prósperos.
Un agente de la policía del cielo me tomó por el ala, y me preguntó si era miembro del coro.

—¿Quiénes son? —le pregunté.

—¿No los conoce usted? Eran dueños de grandes almacenes que alquilaban muchachas para que trabajaran por cinco o seis dólares a la semana, bajo el supuesto de que podrían vivir con ese jornal, ¿Pero realmente no es usted uno de ellos?

—¡Jamás! Lo juro por el alma inmortal de usted. Yo soy aquel criminal insignificante que incendió un asilo de huérfanos y asesinó a un ciego para robarle unas cuantas monedas de cobre.

O´ Henry
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 154

Luis Alberto Chávez Fócil

Luis Alberto Chávez Fócil

Luis Alberto Chávez Fócil

2 de octubre 1949 Frontera, Tabasco, México.

 Estudió Teatro en la ciudad de México, donde cursó año y medio de cine en el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), en la UNAM.  Periodista, radica en Minatitlán, Veracruz[1].

La música es así

Había una vez un grupo de muchachos que decidieron formar un conjunto de música moderna. Todo el día se la pasaban ensayando, y armaban tanto escándalo que la casita en dónde vivían se cimbraba por completo. Decidieron llamarse los Beatles.

Ante la música tan estrepitosa y continua, los ratones de la casa optaron por acostumbrarse a ella y eran tantos los ensayos de los muchachos, que los roedores decidieron formar su propio conjunto. A los muchachos les fue muy bien y se cambiaron de rumbo, grabaron discos y se hicieron muy famosos.

Los ratones decidieron ponerse Los Beatles. Ensayaban todo el día.
Y nuevos inquilinos llegaron a la casa.

Ante la música tan estrepitosa y continua, los inquilinos optaron por acostumbrarse a ella y eran tantos los ensayos de los ratones, que los arrendatarios decidieron también formar su propio conjunto. A los roedores les fue muy bien y se cambiaron de rumbo, grabaron discos y se hicieron muy famosos.

Los inquilinos decidieron ponerse Los Beatles. Ensayaban todo el día, y nuevos roedores…

Luis Alberto Chávez Fócil
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 153

Greguerías 3

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—Los peces gastan los mejores impermeables.

—La noche que acaba de pasar, se va al mismo sitio en que está la noche más antigua del mundo.

—A los claveles les sobra estatura.

—Las focas siempre llevan bien lustrados los zapatos.

—Cuando una flor inclina la cabeza ya no habrá médico que la salve.

—Las negras que bailan la danza del vientre, parecen que están tostando y moliendo café.

Ramón Gómez de la Serna
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 151

Greguerías 2

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—Al caerse las tijeras, parece que se les han roto los lentes.

—La ardilla es la cola que se independizó.

—Al ponernos al oído aquella caracola escuchábamos ruido de mar y gritos de náufragos.

—Cuando se pierde la batalla se le dan unos azotes al tambor.

—“El pensador”, de Rodin, es un ajedrecista al que se le ha quitado la mesa.

Ramón Gómez de la Serna
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 151

Greguerías

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—El caballo de circo es un sofá hípico.

—La jirafa es una grúa que come hierba.

—Los dátiles saben a nostalgia.

—Nadie puede estrangular a un acordeón. Supervive a todo apretar.

—Cuando vemos correr a un conejo, parece que se nos ha escapado una zapatilla.

Ramón Gómez de la Serna
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 151