El lobo-garú

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No aconsejo a nadie pasearse solo por los campos de noche si el campo produce en uno una sensación aguda en su nitidez de tranquilidad y dulzura, y si la noche muestra un cierto tono azul. Existe en tales casos, si no la certeza, por lo menos un alto porcentaje de probabilidades de hallarse frente a un lobo-garú. Y si no se es de una gran serenidad y si no se tienen vastos conocimientos sobre la materia, la lucha será irremediablemente perdida por el hombre. El lobo-garú, después de destrozar a dentelladas la carótida, beberá la mitad de la sangre de su víctima y, junto con alejarse satisfecho, caerán sobre los despojos sus inseparables compañeros los vampiros negros a chupar la otra mitad de sangre. El lobo-garú es grande como el mayor de sus semejantes terrestres, ágil como una ardilla, su pelaje es rojizo, su mirada fría como el acero, penetrante como un estilete. Las balas no le hieren a no ser que previamente hayan sido sometidas a largas y penosas consagraciones. Un puñal le atraviesa sin causarle daño salvo el puñal igualmente consagrado. Y otro tanto puedo decir de su hermano el vampiro negro, vampiro de no menos un metro de envergadura, de alas aceitosas y ojos de munición. Digo hermano pues aquí el parentesco zoológico del reino animal difiere: Lobo y vampiro, que en éste están sin parentesco, aquí lo tienen más aún que un lobo común y un zorro o un vampiro común y un murciélago.

Juan Emar
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 172

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