¡Sucio dinero!

Un exhausto monedero de paño, estaba al borde del suicidio por llevar una vida tan vacía; estaba gastado por los bordes y descocido por el frente; una rosa bordada en hilo de seda y amarillenta por la vejez, lo amaba tanto que no se divorciaba de él aun cuando la amargura del monedero hacía que sus pobres pétalos se marchitasen y se ensuciasen de tiempo llano y sin trabajo.

Estaba tirado en un basurero y su amargura era lógica, porque sabía que si su ama lo había desechado, nadie sería tan tonto como para recogerlo otra vez.

¡Cómo hubiera querido la rosa aquella, hincharse de monedas de oro, como tiempo atrás!; cómo hubiera querido el pedazo de paño, convertido hacía años en monedero, quedar sucio por dentro, sucio de mugrientos billetes de la denominación que fuera.

Y, pasó un niño, lo recogió con sus sucias manecitas y… después, la rosa se hinchó y el monedero volvió a ser feliz porque ahora, ¡estaba lleno de canicas!

Hugolina Fink Pastrana
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 185

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