El texto se mueve (experiencia)

El experimentador habrá de proveerse de una retorta, tal como las usadas en los laboratorios de química. En caso de no tener a mano algo así podrá servirse de una olla o cualquier otro recipiente que le brinden los vecinos, sin desmerecer por esto de los resultados. Elegido luego un texto literario de calidad respetable, lo volcará en la retorta hasta que cubra los tres cuartos de su capacidad. La etapa siguiente consiste en la obtención de limaduras del lector. No se exige aquí ninguna pureza determinada, y las que pueda obtener en la botica de su barrio darán una eficacia inmejorable; vale decir que las limaduras de boticario no van a la zaga de otras de título tal vez más lucido. Espolvoree las limaduras del lector sobre la superficie del texto. Culminamos de este modo la preparación de nuestro ensayo. El experimentador, con mirada atenta, no tardará en observar un movimiento leve y desordenado de las partículas que irá acelerándose paulatinamente hasta alcanzar una gran agitación, una especie de ebullición frenética: es el punto culminante de la experiencia. A partir de este momento el movimiento de las partículas irá enlenteciéndose para terminar por último en absoluta quietud, ya sea porque las limaduras de lector alcanzaron el último párrafo o simplemente porque algún cliente ha entrado a la botica solicitando una botellita de bicarbonato de sodio.

La experiencia ha finalizado.

J. Poniachik
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 225

De locos

Miró pasar los automóviles, zumbando como si los persiguiera el mismo Belcebú. Observó atentamente a las personas, de rostros duros, de rostros tristes, de rostros extraviados e indiferentes. No hizo ningún caso de los que se separaban a gritarle: “¡Loco!”, señalándolo con el dedo y riéndose. Se mantuvo en una pose favorita suya, con la mano derecha escondida bajo una solapa, el brazo izquierdo doblado por detrás de la cintura, y una de las piernas ligeramente flexionada. En determinado momento dio media vuelta y retornó a la máquina del tiempo.

—Siga construyéndome los globos para la invasión de Inglaterra —ordenó a Von Hoffelstinger, el sabio alemán—. El futuro no me interesa: es un mundo de locos.

No se habría conocido esta insólita aventura suya, pues a nadie la reveló, ni siquiera a sus Mariscales o a los fieles servidores de Santa Elena; y Von Hoffelstinger, el único testigo, murió casi inmediatamente. Pero, por fortuna para la Societé d´Historie, la vengativa Josefina, que consiguió arrancarle la confidencia entre los delirios de una noche de pasión, la registra fielmente en sus “Memorias Secretas”

Carlos María Federici
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 223

Ling Shi

Ling Shi creyó toda su vida en el arte. De joven decidió ser poeta, más tarde pintor, luego escultor, músico, cuentista, novelista.

Ling Shi jamás triunfó como artista, murió sin saber que él era una obra de arte.

Jaime Suárez
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 213

In pace

Comala lo vio nacer y vio también cómo por las puertas y ventanas de las casas abandonadas desde muchos años atrás, los espíritus salían para asediarlo y obligarlo a tomar camino. Fue por lo que decidió avecindarse en las arideces del cerro de Luviana, azotado por un aire pardo que rasca la cal de las piedras y la avienta contra los árboles pelones y las paredes resquebrajadas que envejecen en lo alto de la loma. Mucho después de la adolescencia salió de Luvina con la anemia untada a los tejidos, a las células nacidas de hombre y mujer, con una arena feroz que le carcomía los ojos desde donde se le desprendían dos rayas de agua sucia sobre las mejillas resecas. Salió de Luvina porque de lo contrario hubiera muerto de soledad, de hambre, con un horizonte amarillento quemándole las pupilas. Camino al sur. Más al sur. Cruzó ríos sorpresivos. El paisaje se le iba haciendo verde mientras en la cabellera le crecía una fiesta de golondrinas y gallinazos. En la última estación en la que se detuvo sintió hambre. Se alimentó con un bocado de luciérnagas mientras la brisa le lavaba la arena. Más adelante, cuando le faltaba recorrer unos cuantos sueños para llegar a Macondo, falleció víctima de paludismo.

Roberto López Moreno
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 207