De locos

Miró pasar los automóviles, zumbando como si los persiguiera el mismo Belcebú. Observó atentamente a las personas, de rostros duros, de rostros tristes, de rostros extraviados e indiferentes. No hizo ningún caso de los que se separaban a gritarle: “¡Loco!”, señalándolo con el dedo y riéndose. Se mantuvo en una pose favorita suya, con la mano derecha escondida bajo una solapa, el brazo izquierdo doblado por detrás de la cintura, y una de las piernas ligeramente flexionada. En determinado momento dio media vuelta y retornó a la máquina del tiempo.

—Siga construyéndome los globos para la invasión de Inglaterra —ordenó a Von Hoffelstinger, el sabio alemán—. El futuro no me interesa: es un mundo de locos.

No se habría conocido esta insólita aventura suya, pues a nadie la reveló, ni siquiera a sus Mariscales o a los fieles servidores de Santa Elena; y Von Hoffelstinger, el único testigo, murió casi inmediatamente. Pero, por fortuna para la Societé d´Historie, la vengativa Josefina, que consiguió arrancarle la confidencia entre los delirios de una noche de pasión, la registra fielmente en sus “Memorias Secretas”

Carlos María Federici
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 223

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