In pace

Comala lo vio nacer y vio también cómo por las puertas y ventanas de las casas abandonadas desde muchos años atrás, los espíritus salían para asediarlo y obligarlo a tomar camino. Fue por lo que decidió avecindarse en las arideces del cerro de Luviana, azotado por un aire pardo que rasca la cal de las piedras y la avienta contra los árboles pelones y las paredes resquebrajadas que envejecen en lo alto de la loma. Mucho después de la adolescencia salió de Luvina con la anemia untada a los tejidos, a las células nacidas de hombre y mujer, con una arena feroz que le carcomía los ojos desde donde se le desprendían dos rayas de agua sucia sobre las mejillas resecas. Salió de Luvina porque de lo contrario hubiera muerto de soledad, de hambre, con un horizonte amarillento quemándole las pupilas. Camino al sur. Más al sur. Cruzó ríos sorpresivos. El paisaje se le iba haciendo verde mientras en la cabellera le crecía una fiesta de golondrinas y gallinazos. En la última estación en la que se detuvo sintió hambre. Se alimentó con un bocado de luciérnagas mientras la brisa le lavaba la arena. Más adelante, cuando le faltaba recorrer unos cuantos sueños para llegar a Macondo, falleció víctima de paludismo.

Roberto López Moreno
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 207

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