…de Leopoldo Borrás

COCOYOC, MORELOS, 9 de Julio de 2013

DE: POLO BORRÁS
PARA: ALFONSO PEDRAZA

Gracias amigo Alfonso por tomarme en cuenta.
Guardo una colección de la revista. Mi acercamiento al maestro Edmundo Valadés fue en Novedades del cual fuí corresponsal en Europa de 1961 a 1963 con sede en la antigua Yugoslavia. Ahí en Novedades lo conocí, pero no fue sino hasta después de haber regresado de ese viaje cuando lo traté ya que reanudé y terminé la licenciatura en periodismo en la UNAM y me hice gran amigo del maestro Henrique González Casanova, fundador también de la revista El Cuento y de la Gaceta de la UNAM. El me dirigió la tesis con la que me gradué en la ahora Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.
En muchas conferencias, presentaciones de libros y reuniones bohemias nos encontrábamos y nuestro tema favorito eran los cuentos…y las mujeres bonitas, de preferencia también talentosas aunque esto último no era imprescindible. Cuando en el INJUVE (Instituto Nacional de la Juventud) tuvo su mejor época dirigido por mi gran amigo Enrique Soto Izquierdo (quien fue director del suplemento El Gallo Ilustrado del periódico El Día que era refugio de intelectuales), publicó mi primer libro en 1973 “Un Millón de Fantasmas, Alucinaciones y otros textos” que tuvo mucho éxito sobre todo por los cuentos muy cortos incluidos ahí y uno de ellos con el título de “Hipótesis Sobre la Creación del Universo” selló nuestro encuentro definitivo con el maestro Valadés.
Un día me llamó por teléfono para pedirme autorización de incluir uno de mis cuentos en esa a ANTOLOGÍA UNIVERSAL DEL CUENTO BREVÍSIMO (como él la llamaba) y yo me sentí en la gloria aunque sabía que era muy difícil superar a Tito Monterroso y su famoso Dinosaurio. El maestro Henrique, supo del asunto. Me felicitó y dijo que mi cuento aparecería solo con el nombre de “Hipótesis” y así fue publicado en El Cuento.
Actualmente vivo en Cocoyoc, Morelos. El teléfono de mi casa ya lo tienes y mi dirección electrónica es leopoldoborras@gmail.com y contesto todos los mensajes.
Te estoy enviando adjunto al presente texto todo lo que me solicitaste para la antología de cuentos escritos por quienes publicamos en nuestra amada revista “El CUENTO” en una época maravillosa durante la cual abrevamos en ella el amor a lo infinitamente pequeño.
La próxima semana te enviaré una copia escaneada del número de El Cuento en el cual se publicó. Por lo pronto te envío la portada de mi primer libro publicado por el INJUVE que luego formó parte de mi libro ”Cuentos Maravillosos” publicado por CONECULTA, CHIAPAS y al cual uní mi librito “La Puerta Invisible” que me publicó la UNAM, como los dos ríos de mi pueblo en Chiapas se unen para formar uno no de los principales afluentes del gran Río Grijalva que después de pasar por El Sumidero (tan imponente o más que el Cañon del Colorado) que desemboca en el Golfo de México para confundir su brillo con el del cosmos.
En Europa, Borges hizo escuela con su Zoología Fantástica y sus ficciones. Kafka, con El Proceso o Las Puertas de la Ley pero sobre todo con ese cuento breve que es “Metamorfosis”. Y Bashó. Y las tankas y haikús de la poesía japonesa. Y las Greguererías de Gregorio Gómez de la Serna. Y los albures y calambures mexicanos. Se encontrado así lugar a lo inconmensurable de la imaginación (que solo necesita unas dos o tres micras por cada suspiro). En ese tono publiqué también “Canto de Amor a unos Zapatos Viejos” que fue uno de los mayores éxitos de la Editorial Katún de la tan amada Consuelito Moreno, mi paisana.
En el Fondo de Cultura Mexicana lo rechazaron porque algún genio de su llamado consejo dictaminador adujo (tengo el texto original del documento al respecto) que no eran cuentos porque no eran largos ni tenían la estructura tradicional. Pero el maestro Valadés, me dijo alguna vez que le fascinaba el grado de exageración del final y por ello nombró “Exageraciones” a la sección de su célebre antología cuyo título ya es clásico: “El Libro de la Imaginación”, del Fondo de Cultura Económica.
Mañana miércoles 10 de julio del 2013 viajo al D.F. y estaré invisible para mis cuates por ir a otros menesteres. Regreso a Cocoyoc el jueves en la tarde pero avísame en cuanto aparezcan publicados mis comentarios (he empalmado el anterior con éste). Por lo pronto te mando mi curriculum, algunas fotos y las portadas de algunas de mis obras que han tenido más éxito incluida la portada y la contraportada del primer librito en el que apareció mi “Hipótesis sobre la Creación del Universo” nombre que me gusta más que el de HIPÓTESIS.
Para quien lo lea, el juego consiste en que desde el principio se pueda preguntar cómo demonios en tan pocas líneas puede plantearse una hipótesis, de algo que sigue siendo el enigma de enigmas, sobre un acontecimiento cuya probabilidad es imposible calcular.
La hipótesis de que un demiurgo (palabra que como sabes, en griego quería decir algo así como un creador del creador para que éste último se encargara de mover un dedo y crear el mundo solo con dos palabras (y así poder escribir que primero fue el verbo, o sea la palabra que concreta hasta lo inimaginable) que en latín se pronuncia “Fiat Lux” ¡Hágase la luz”! y con un toque digital crear un hombre (¿Por qué no creo de una sola vez la pareja?) dedo que parece moverse en ese mural maravilloso de Miguel Ángel en la capilla Sixtina en Roma o más cercano, en el Hospicio Cabañas de Guadalajara en la obra conocida de nuestro gran demiurgo criollo José Clemente Orozco, creador de nuestro hombre envuelto en llamas como la niña que ví consumirse en mi cuentito durante la noche de la pesadilla con esa fiebre inconmensurable de recién nacida que era nada menos que ¡mi hija! quien, cuando desperté, estaba nadando en la tina en la que todavía flotaban los muchos hielos como lo aconsejó de urgencia el pediatra cuya voz obedecí casi como sonámbulo antes de volverme agua de la tibia corriente de mi amado Río de Yayagüita que según ha dicho mi paisano y brother Marco Aurelio Carballo “Es el Macondo de Leopoldo Borrás” en una entrevista que publicó hace algunos ayeres y del cual espero mandarte una copia escaneada de la misma. Recibe, amigo Alfonso, mi afecto. POLO BORRÁS ¡SIEMPRE!

Polo Borrás y Mario BenedettiMario Benedetti y Leopoldo Borras

Nota roja

Durmió plácidamente durante cuartilla y media. Cuando despertó se encontró preso entre las columnas de la sección policiaca.

 

Roberto López Moreno
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 230

Alphonse Daudet

Alphonse Daudet

Alphonse Daudet

(Nimes, 1840-París, 1897)

Alphonse Daudet nació el 13 de mayo de 1840 e Nimes (Francia), en el seno de una familia de la pequeña burguesía. Era hijo de Vincent y Adeline Daudet, quienes se dedicaban al comercio de la seda.

El negocio de sus padres fracasó y la familia Daudet acabó arruinada, lo que conllevó el traslado de su familia a Lyon.

Con posterioridad, Alphonse y su hermano Ernest se marcharon en 1857 a París, ciudad en la que Daudet trabajó como secretario personal para el Duque de Morny, el director de “Le Figaro”, en donde comenzó a escribir. El Duque le inspiró la novela “El Nabab (Le nabab)” (1877).

Su inicio en el mundo de la literatura se produjo a los 18 años, cuando publicó el libro de poemas “Las Enamoradas (Les Amourreuses)” (1858), continuado por uno de sus títulos más importantes, la colección de cuentos “Cartas Desde Mi Molino (Lettres de mon moulin)” (1866), inspirados por su vivencia en tierras de la Provenza.

En cuanto a su vida sentimental, Alphonse Daudet contrajo matrimonio en 1867 con la escritora Julia Allard.

Participó en la Guerra Franco-Prusiana entre 1870 y 1871.

En el aspecto literario, además de novelas encuadradas en un naturalismo con trazos de lirismo, esperanza y humor, como “Jack” (1876), “Safo (Sapho)” (1884), “El Inmortal (L’immortel)” (1888) o la popular trilogía de Tartarín, con “Tartarín De Tarascón (Les aventures prodigieuses de Tartarin de Tarascon)” (1872), “Tartarín En Los Alpes (Tartarin sur les Alpes)” (1885) o “Port Tarascon” (1890), escribió también piezas dramáticas, como “La Arlesiana (L’Arlésienne)” (1872), musicada por Georges Bizet.

Murió en París, el 16 de diciembre de 1897. Tenía 57 años[1].

Los francotiradores

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A la vez, innumerables compañías de francotiradores se organizaron con gran entusiasmo: “Los hermanos de la muerte”, “Los chacales de la Narboresa”, “Los trabucos del Ródano”. Los había de todos los nombres, de todos los colores, como centáureas en un campo de avena, y llevaban penachos, plumas de gallo, sombreros gigantes, cintos anchos de tras palmos… Para parecer más terribles, los francotiradores se dejaban crecer la barba y los mostachos de tal modo, que en el paseo nadie se reconocía. A lo mejor, de lejos, veíase un bandido de los Abruzzos, que se echaba sobre vosotros, con los mostachos retorcidos como garfios, los ojos llameantes, haciendo un terrible ruido de sables, revólveres y yataganes; y luego, cuando se acercaba, conocíais que era Pegoulade, el recaudador. Otras veces os tropezabais en la escalera con Robinsón Crusoe en persona, con un sombrero puntiagudo, su cuchillo de sierra y un fusil en cada hombro; a fin de cuentas, resultaba ser Costacalde, el armero, que volvía de comer fuera de casa. El caso es que, a fuerza de adoptar aspectos feroces, los tarasconenses acabaron por aterrorizarse unos a otros, y al poco tiempo nadie se atrevía a salir de casa.

Alfonso Daudet
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 229