La hora del té

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No encontré una bandeja apropiada en la cocina. Por eso saqué todo poco a poco: la tetera, las tazas, el azúcar, limones, galleticas dulces, y lo fui colocando con cuidado sobre el cristal grueso y limpio de la nueva mesa, en la terraza. Una mesa blanca, de hierro, a la sombra de la tarde, en la brisa que a esa hora sopla del mar.
Al fin teníamos una mesa en la terraza, para tomar el té, para comer en las noches de calor, para escribir por las mañanas, a la sombra.
Llamé a mi esposa que dormía, y le dije: vamos, ya está el té servido. Salió a la terraza medio dormida y se asustó terriblemente cuando vio aquello: ¡Oh, si el cristal no lo han traído todavía!
Y aún sin terminar la frase, todo se cayó al piso y se rompió con estrépito.

Pedro Juan Gutiérrez
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 147

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