Breve pero consistente historia de amor

No la hicimos como pareja, pero sí hicimos un niño.

Sergio Figueroa
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 173

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Sonoras meretrices

Las guitarras eléctricas no tienen moral ni sentido de la belleza musical: por eso se dejan rasguear y manosear, como mujerzuelas, por cualquier profesional del ruido que se exhibe bajo la luz de la luna de todos los antros nocturnos.

Roberto Bañuelas
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 169

Sobre el tiempo

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Kepler (Mysterium cosmographicum, 1586), fue terminante: lo curvo ha de representarnos a Dios. Esta afirmación, contenida en el capítulo II, es posible que haya quitado el sueño, cien años después, al mismo Newton, cuando éste explicaba el concepto absoluto del tiempo en su Philosophiae naturalis principia mathematica (1687): el tiempo fluye uniformemente sin relación con nada externo. Leibniz negó esta connotación por creerla excesivamente metafísica. Habrá que llegar al relativismo de Einstein para poder hablar de la curvatura del tiempo, algo así (argumento contrario sensu) como una aproximación a la idea de lo curvo expresada por Kepler.

Mucho antes, sin embargo, en The magician (1530), libro sin autor conocido, se cuenta una leyenda del siglo VI, vinculada a los conceptos de tiempo y curvatura. Nos describe la vida de un mago que juega con la cuarta dimensión sin tener conciencia de sus límites. Se ubica en cualquiera de las “dimensiones”, hacia arriba o hacia abajo, hacia el futuro o el pasado. Pero un día “pierde la receta” (acaso su lucidez mental) y queda inmerso en una zona curva del Tiempo, de la que nunca más regresará a su mundo cotidiano. Cuando lo van a buscar, lo hayan sentado en el suelo, de espaldas a un muro, con una sonrisa aterradora, siniestra. El mago ya está muerto, “perdido en el tiempo”, como dice el exégeta.

Juan Jacobo Bajarlía
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 163

Ojos que se ven llover

Esta vez el espejo no reflejó mi imagen cuando intentaba rasurarme. Mi primera reacción fue de terror, pero me consolé pensando que todo era un sueño. La noche había estado saturada de vino y música, los cuates me insistían en que me quedara, pero la labor en mi trabajo no permite ninguna falta de responsabilidad.

Volví a la cama y me vi ahí tendido, en la misma posición que duermo siempre. Todo es un sueño, me dije de nuevo. Intrigado me acerqué al cuerpo, a mi cuerpo. Le di algunas palmadas en las mejillas, lo sacudí por los hombros. Nada. Quería despertarme para que acabara esta maldita pesadilla.

Al intentar cargar el cuerpo me di cuenta que estaba muy débil. Lo arrastré por los hombros hasta el baño, lo acomodé en la tina. Con mucho cuidado abrí a regadera. El agua fría no lo hizo reaccionar. Le pude un espejo en la nariz, ningún rastro de vida. Estaba muerto. Mi angustia crecía por esta broma absurda. Quizás yo había quedado prisionero en mi propio sueño de moribundo. Lloré.

Volví a colocar mi cuerpo en la cama y con toalla lo sequé lentamente. Tomé el teléfono y pedí una ambulancia para que recogieran lo que quedaba de mí. Me acerqué a la ventana, afuera la lluvia empapaba la ciudad. Sentí deseos de caminar bajo el agua. Me vestí con gabardina y sombrero, ya nada me detenía aquí.

Antes de salir, me vi de nuevo, ahí tendido, sin vida. Lloré. Lloré mucho por mí, por mi vida, por mi muerte, la familia y mi novia. Pero a pesar de todo me sentía liberado. Me había quitado un gran peso de encima.

Sergio Figueroa
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 157