Épica del supermercado

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La otra tarde entré a un supermercado y vi que una gran cantidad de comestibles salía a mi paso, me hacían invitaciones y me conducían por un pasadizo donde a cada lado los ojos de los frascos me vigilaban, los enlatados hacían crujir los dientes de manera escalofriante, y de los paquetes plásticos salían unas manos gangosas que a veces se quedaban pegadas a mis pantalones.

Como yo iba a adquirir poca cosa, los carros salían de sus sitios e intentaban acomodarse a mis manos; yo los rechazaba y entonces daban unas vueltas locas. En las esquinas había espejos para controlar a los consumidores menores que, como yo, sólo iban a meter los dedos en los encurtidos o a tocar algunas copas vírgenes. Los polizontes andaban detrás de mi barba a ver si yo metía una lata de sardinas en mi bolsillo, o si era capaz de sublevarme comprando una carísima botella de vino francés. Pero no: yo me entretenía con las piernas de las recién casadas, que iban al supermercado a desinflar los primeros sueldos de sus maridos. También a comer pasas o almendras, o a pellizcar arenques ahumados. Los embutidos parecían recobrar su antigua forma animal y me halaban las mangas de la camisa. Yo quería evadirlos, pero de todos modos lograban tomar desprevenido a mi estómago, haciéndolo rugir.

Fui rápido a buscar lo único que necesitaba: una lechuga fresca, la cual pagué con la última moneda que llevaba. Miré hacia atrás, y el supermercado me miraba con una mueca de fracaso. Salí silbando con mi lechuga y un poco más adelante se la di a un perro, que necesitaba una almohada para pasar la noche.

Gabriel Jiménez Emán
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 171

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Regreso de la ciudad

Se ha recogido la luz, el llano ya no es amarillo. Por poco tiempo los cactus y la tierra seca, con sus grandes piedras encajadas, han vuelto a tener un color más real.

Llego a donde comienza la vegetación y la tierra baja hasta el río. En donde empieza la distancia y todo se ve claramente.

De las montañas cae el viento esparciendo una tenue sombra, y arriba de las siluetas en que se van convirtiendo aparece un azul transparente y puro, muy atrás de la sierra; años, milenios.

Mientras camino escucho el aire mover las ramas de los pinos, después el rumor del río que asciende. La tierra se ha enfriado bajo mis pies, y tropiezo con las piedras. Pienso en las cosas que he ido olvidando de todo esto, tan conocido.

El aire se enrarece, es una música ondulante, se hace viento alejándose hasta la infancia, donde el tiempo parece reencontrar el mismo llano y los árboles; donde hay palabras que no se comprenden y se parte a una ciudad.

Recuerdo aquel gesto con la boca y la frente contrayéndose hacia el centro, que a veces sorprendo en mí, es el gesto antiguo que miré en la cara del padre ya anciano, con el que los hombres de la familia se ponían a pensar las cosas que no entendían. Y de alguna forma sé que no aparecerá más.

De pronto es posible reconocer los primeros rostros, con la impavidez de la luna apareciendo como un destello detenido en sus ojos; adentrándose a la noche en otro tiempo, cuando también conocieron el momento en que se vuelve a saber lo esencial.

Estoy junto al río, el agua suena claramente y brilla cuando choca con las piedras el mismo brillo lunar, inmemorial. El sonido del primer choque del agua en la piedra se prolonga, como un eco a través de todos los años y los siglos, hasta mis oídos, los primeros oídos que lo escuchan esta noche, que se vuelve asombrosa.

Jesús Canales García
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 163

Tapujos y cohechos

Seguramente, uno de los episodios que la historia norteamericana no consigna en aquel de la visita de Búffalo Bill a Nube Roja.

Los indios, escudados sagazmente en la inocencia de un niño, que era hijo de Toro Sentado, le comunicaron una tarde al Bill:

—Crazy Croat (rana loca, que así se llamaba el pequeño), haber aprendido primeras palabras de idioma cara pálida —le dijo solemne Sitting Bull.

—¿Sí?, que entusiasmo, no me digan —replicó el cazador de búfalos de larga y rubia cabellera.

—Entonces veremos —dijo Bill—, ¿cuáles son esas primeras palabritas?…

Y el niño, solemne como todos los indios, expresó:

—Son of a bitch.

Luis A. Chávez F.
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 159

El encuentro de dos hombres solos

A veces viene a verme, de carrera, mientras que afuera, en el auto, una jovencita guapa, y de seguro delgada, lo espera.

Casi no hablamos, quiero decir, no traspasamos los linderos de los monosílabos. Luego, se va, dejándome en la frente una película delgadísima de algo parecido a un beso, y yo suspiro, hondo y lejos.

Y vuelvo a contemplar el retrato de mi difunta esposa, a ver pasar el gato por la sala, a mis trabajos de bordado que tanto les extraña a mis vecinos.

Y mi hijo, veloz, a las carreras, acelera el auto y sin doblar se va derecho hacia las cifras, rumbo a las claves y codificaciones que, según me han dicho, forman una pelotera ya en el mundo.

 

Luis A. Chávez F.
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 156