En un país de América

Toda la vida soñó con el poder.

Desde pequeño casi siempre sus conversaciones se referían a lo mismo: ¡algún día seré presidente! Y sus amigos le miraban, perplejos unos; burlones otros, pero a él poco le importaba.

Ya de joven se inició en la carrera militar y en pocos años se sucedieron ascensos y condecoraciones, mas no por su talento, sino porque su afán de grandeza vencía la inercia de su mediocre inteligencia.

Por fin, un buen día le llegó su último ascenso, el más apetecido, el más añorado, ¡ya era general! ¡Ya estaba a un solo paso de su meta suprema!

Durante varios meses planeó el golpe de estado y ahora, para suerte suya, el gobierno se encontraba en crisis.

Avisó de su audaz decisión a sus más cercanos colaboradores y lo planeó todo cuidadosamente. La acción no podía fallar y menos ahora que el general Urquizo, jefe de la guardia palaciega, convino en que le esperaría frente a Palacio con la guarnición rendida y puesta a sus órdenes.

Eran más de las doce de la noche cuando, con ostensible emoción, llegó a la mansión presidencial. Jadeante y sudoroso, preguntó a los reunidos por el general Urquizo.

El jefe del grupo, un capitán de voz grave le informó, cuadrándose:

—¡El general Urquizo no recibe! Está muy ocupado en estos momentos formando el nuevo gabinete.

 

Eugenio Zamora Martín
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 185

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Declaración

Hoy te digo que te quiero. Que mis palabras no te causen extrañeza. Hace tiempo que te amo y me duele que aunque todos los caminos conducen hacia ti, yo no pueda alcanzarte.

Sin embargo es tanto mi amor que en mis sueños he recorrido la suave topografía de tus colinas y también tus catacúmbicas entrañas; y mis manos han palpado tus intemporales formas femeninas.

Sé que tienes levantado un arco triunfal que espera mi llegada y hará eco a mis palabras: “vine, vi y vencí”, y hasta un coliseo para amarnos ahí, eternamente.

Me he soñado dentro de ti en una noche lluviosa y cubierta de paraguas, caminando de tu mano por la Vía Apia mientras a nuestro paso se cruzaban los gatos callejeros, y esperar el amanecer ebrios de amor y de vino en una sórdida taberna del transtíber.

Y una tarde de dorado otoño sentir el fresco rocío de tus fuentes y llegar hasta la Plaza de San Pedro donde tú, gran pecadora, edificaste el más suntuoso templo para expiar tus culpas de disoluta adúltera y amarte de soldados, artistas, césares, emperadores locos y tiranos, y hasta de príncipes y papas de la iglesia.

Pero aún con todos tus pecados te amo, matrona milenaria que un día conquistaste al mundo y todavía sigues rompiendo corazones. Te amo por tu idioma y tu acento melodioso. Te amo desde que leí a Tito Livio; desde que supe que Rómulo y Remo y de la loba; desde que leí “Quo Vadis”, “Fabiola” y “Ben Hur” y de los que de ti contaban los primeros cristianos, después ahogados en el Tíber o devorados por las fieras de tu circo…

Te amo desde que supe que Rafael, Leonardo y Miguel Ángel maquillaron con arte sublime tu rostro de grandeza te he amado a través de las descripciones de viajeros, historiadores y poetas; de dibujos y cuadros que te han dedicado tus amantes… Y también por tus íntimos secretos revelados por Moravia en sus cínicos cuentos.

Espero, un día, endurecer las plantas de mis pies en tus calzadas y agotar las horas de mis días amándote en cada una de tus plazas. Y una noche lleno de ti, decirte: “bona será amore”.

Desde la distancia, te declaro mi amor eterna Roma.

 

Salvador Herrera García
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 182

Una nueva humanidad

El rey llamó a su gran chambelán y le dijo: ordeno que sea creada una nueva humanidad; al día siguiente el rey fue decapitado.

Envuelto entre pases mágicos y calderos humeantes, el alquimista pensó, estoy formando una nueva humanidad; pasaron cien años antes de que muriera de viejo y sin conseguir su afán.

Entre el estruendo de la batalla y con la seguridad del éxito, el general en jefe alzó la voz y dijo a los miembros de su estado mayor: en estos momentos estamos haciendo que surja una nueva humanidad; un momento después, el general, el estado mayor y el cuartel general, volaron por los aires.

Después de la última batalla, de la última guerra de exterminio, el último hombre y la última mujer existentes en el planeta tierra, discuten si deben o no crear una nueva humanidad.

Carlos Cárdenas Reynaud
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 177