Declaración

Hoy te digo que te quiero. Que mis palabras no te causen extrañeza. Hace tiempo que te amo y me duele que aunque todos los caminos conducen hacia ti, yo no pueda alcanzarte.

Sin embargo es tanto mi amor que en mis sueños he recorrido la suave topografía de tus colinas y también tus catacúmbicas entrañas; y mis manos han palpado tus intemporales formas femeninas.

Sé que tienes levantado un arco triunfal que espera mi llegada y hará eco a mis palabras: “vine, vi y vencí”, y hasta un coliseo para amarnos ahí, eternamente.

Me he soñado dentro de ti en una noche lluviosa y cubierta de paraguas, caminando de tu mano por la Vía Apia mientras a nuestro paso se cruzaban los gatos callejeros, y esperar el amanecer ebrios de amor y de vino en una sórdida taberna del transtíber.

Y una tarde de dorado otoño sentir el fresco rocío de tus fuentes y llegar hasta la Plaza de San Pedro donde tú, gran pecadora, edificaste el más suntuoso templo para expiar tus culpas de disoluta adúltera y amarte de soldados, artistas, césares, emperadores locos y tiranos, y hasta de príncipes y papas de la iglesia.

Pero aún con todos tus pecados te amo, matrona milenaria que un día conquistaste al mundo y todavía sigues rompiendo corazones. Te amo por tu idioma y tu acento melodioso. Te amo desde que leí a Tito Livio; desde que supe que Rómulo y Remo y de la loba; desde que leí “Quo Vadis”, “Fabiola” y “Ben Hur” y de los que de ti contaban los primeros cristianos, después ahogados en el Tíber o devorados por las fieras de tu circo…

Te amo desde que supe que Rafael, Leonardo y Miguel Ángel maquillaron con arte sublime tu rostro de grandeza te he amado a través de las descripciones de viajeros, historiadores y poetas; de dibujos y cuadros que te han dedicado tus amantes… Y también por tus íntimos secretos revelados por Moravia en sus cínicos cuentos.

Espero, un día, endurecer las plantas de mis pies en tus calzadas y agotar las horas de mis días amándote en cada una de tus plazas. Y una noche lleno de ti, decirte: “bona será amore”.

Desde la distancia, te declaro mi amor eterna Roma.

 

Salvador Herrera García
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 182

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