Saudade

Y entonces, me perdí; pero no —oiga usted—, no crea que fue una perdidita chiquita. ¿Cómo le explicaré a usted? Se imagina una cabeza transistorizada, ¿verdad? Imagine a los transistores del lado izquierdo, los que tienen letreros que dicen: FANTASÍA, EVASIÓN, EVOLUCIÓN, CABALLOS SENTADOS COMIENDO EN EL VIPS, MARIPOSAS MULTICOLORES VOLANDO DENTRO DE LOS ROPEROS, MESAS CON FLOREROS NADANDO EN LAS ALBERCAS, en fin, usted me comprende, todas esas insubstanciales minucias que hacen trabajar a los transistores del lado opuesto a los que tienen esos aburridos letreros que dicen: TRABAJO, COMPROMISOS, OBLIGACIONES, HIPOTECAS, COLEGIATURAS, TRABAJO SEDENTARIO A HORAS FIJAS. Bueno, pues los transistores del lado izquierdo no pasaban corriente a los del lado derecho y nada funcionaba ya.

Un buen día (de San Valentín), precisamente los transistores serios se descuidaron y aproveché para ¡convertirme en ratón!. Pero entiéndame usted bien, señor, me convertí en un ratoncito de esos simpáticos para ponerse en las solapas de los sacos, no en una rata de esas desagradables y feas, y hete aquí que me fui, camine que camine hasta que llegué. Hoy me pongo a sus órdenes en la librería de Cristal de Insurgentes, me alimento con la literatura que me desagrada y la otra me está equilibrando psíquicamente. Creo que de todos modos, cuando acaben de balancearse mis transistores aquí me voy a quedar, porque sabe usted, señor, aquí estoy ¡taaaaaaaaaaaaaaan a gusto!

Flor Novoa Zazueta
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 197

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Quintaescencias

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El tenor Américo Scravellini, del elenco del teatro Marconi, cantaba con tanta dulzura que sus admiradores lo llamaban “el ángel”.

Así nadie se sintió demasiado sorprendido cuando a mitad de un concierto, viose bajar por el aire a cuatro hermosos serafines que, con un susurro inefable de alas de oro y de carmín, acompañaban la voz del gran cantante. Si una parte del público dio comprensibles señales de asombro, el resto, fascinado por la perfección vocal del tenore Scravellini, acató la presencia de los ángeles como un milagro casi necesario, o más bien como si no fuese un milagro. El mismo cantante, entregado a su efusión, limitábase a alzar los ojos hacia los ángeles y seguía cantando con esa media voz impalpable que la había dado celebridad en todos los teatros subvencionados.

Dulcemente los ángeles lo rodearon, y sosteniéndolo con infinita ternura y gentileza, ascendieron por el escenario mientras los asistentes temblaban de emoción y maravilla, y el cantante continuaba su melodía que, en el aire, se volvía más y más etérea.

Así los ángeles lo fueron alejando del público, que por fin comprendía que el tenor Scravellini no era de este mundo. El celeste grupo llegó hasta lo más alto del teatro; la voz del cantante era cada vez más extraterrena. Cuando de su garganta nacía la nota final y perfectísima del aria, los ángeles, lo soltaron.

Julio Cortázar
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 193

El globo

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Aburrido, sin motivo especial, compré un hermoso globo negro y seguí caminando lentamente por las veredas internas del bosque, alejándome lo más posible del bullicio. Era un domingo soleado, semejante a cualquier otro en primavera.

Llegué a una explanada colmada de gente que iba y venía en todas direcciones. No pude tomar otro rumbo y continué la marcha abriéndome paso a veces a empujones. El globo se columpiaba lánguido frente a mis pasos y casi daba la impresión de que se movía libremente y en forma horizontal, sin que estuviera sujeto al hilo no muy largo que yo tenía en una mano.

En cierto momento olvidé figuras, voces y olores a mi alrededor y me dediqué a observar el desplazamiento continuo que frente a mi marcha realizaba el globo. Poco después, éste se convirtió en un elemento tan importante que yo dejé de tener conciencia plena de mi ser.

Cuando volví a retomarla estábamos ya frente al lago. Fue horrible, pero de pronto sentí que no era más que un grano sin contornos en aquel deambular de gentes por todas partes, ignorando aliento sin dirección. Tuve la impresión de no estar sujeto a la gravedad porque me estaba desmaterializando. Sobre todo al mirar hacia abajo y no verme por sitio alguno entre la confusa masa de colores desplazándose en espirales lentos.

Enrique Jaramillo Levi
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 191

Solicitada

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“Busco un hombre:

QUE NO ME ENGAÑE
QUE NO SE ENAMORE DE OTRA
QUE ME PERTENEZCA
QUE SE PORTE BIEN
QUE SEA INCONDICIONAL
QUE SEA PACIENTE
QUE TENGA SENTIDO DEL HUMOR
QUE SEA GRANDE Y FUERTE
QUE ME ABRACE CUANDO TENGO MIEDO
QUE NO ME DEJE OLER LA SOLEDAD
QUE ME PERMITA SENTIRME AMPARADA
QUE TRABAJE
QUE SEA SANO
QUE ACATE LA MORAL SIN EXAGERAR
QUE SEA EN DEFINITIVA UN BUEN HOMBRE PERO UN BUEN HOMBRE MEDIOCRE MEDIO SIN DESLUMBRAMIENTOS
QUE SEA TAN SOLO UN BUEN HOMBRE AMANTE QUE TRABAJE BIEN PARA MI.

Y que al fin de mes me compre un traje de seda y me lleve del brazo, adornada como escaparate de confitería, y yo soy una suave mujercita de azúcar impalpable, con un moño muy grande en la cabeza y el talle muy fino (liviana, leve); apenas un soplo al lado de MI COLOSO mediocre, delicado pero firme, que me traslade en un avión toda vestida de almendras y trocitos de caramelo. Una muñeca de adorno, de esas que mamá ponía en mis tortas de cumpleaños, y era de porcelana sólo de la mitad para arriba porque la falda era una inmensa torta redonda llena de ricitos y lazos hechos con la manga de repostería”.

Mariela Álvarez
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 187