… de Luis Alberto Chávez Fócil

Por estos lares Ariel Lemarroy, mi amigo, excelente lector y escritor, no deja de contar una anécdota -él escribe en el Tabasco Hoy, de Villahermosa- donde refiere que, un día, fue a visitar las oficinas de EL CUENTO allá en México (el maestro Rulfo acababa de fallecer) y al enterarse en  EL CUENTO que Ariel era de por acá, del sureste, le preguntaron si de casualidad me conocía y, dijo que sí.

—Es que—le comentaron— “Luis Chávez hizo reír al maestro Juan Rulfo al leer Los Avispados” (la publicó EL CUENTO). Incluso Ariel ha publicado ese pasaje y parece ser que está más orgulloso que yo de ello. De nuevo gracias Alfonso, un abrazo.

-LOS AVISPADOS-

Y cuando la pequeña Lulú contrajo una gonorrea, sumió a Tobi en el más profundo de los caos.

Entonces, todos los niños del mundo preguntaron: Papá, ¿qué cosa es caos?

 

Luis Alberto Chávez FócilMuseo de Matamoros

Ombligo

82 top

Hecha a una vida detrás del cerco de piedra de su casa, la mujer atestigua los ciclos y sin que nadie pueda sospecharlo, ni mucho menos ella que partea a sus gallinas y acaricia a la vaca melancólica, dirige la vida de un pueblo.

Durante las celebraciones populares, cuando la vida de todos coincide, la mujer sincroniza sus ombligos con los ritmos del cosmos y crea delirios colectivos.

De pronto un rumor de mar invade la plaza del mercado. Los hombres lanzan las cestas de frutas y verduras, se tiran al piso y nadan hasta quedar agotados sobre la tierra. Las mujeres se desvisten y echan arena sobre sus cuerpos resecos. Una arena finísima que lo va cubriendo todo, junto con el olor a sal y pescado podrido que impregna la ropa.

Habitantes de montañas altas, con arroyos cristalinos como única referencia al agua, las gentes de un solo ombligo tienen, sin que nadie pueda explicarlo, una profusa cultura marina.

Mariela Álvarez
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 226

Quince años

Cuando ella supo que era necesario no tener hijos, corrió a la Clínica de Salud donde le insertarían un Dispositivo Doble “S”, y así ayudaría al sueldo tan bajo del marido y al control de la natalidad. Cada año que pasaba, tus posibles padres festejaban en casa tus dudantes aniversarios y los del dispositivo. Tus familiares llevaban dulces y pasteles, que tus desconocidos primos se comían. Poco después ella se sintió mal. Llevaba quince años con el aparato. Llegó el médico y la enfermera para extraerle el fino filamento y, al sacarlo poco a poco, fuiste saliendo toda completa con tu vestido de quinceañera y tu ramo de flores.

Oscar Francisco Muñóz González
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 222