Sobre sueños no hay nada escrito

Despertó sobresaltado por la pesadilla: el Monstruo lo perseguía rojo de odio y estaba a punto de saltarle por la espalda. Se irguió un momento, miró a su alrededor y tornó a dormirse, tranquilizado por la familiaridad del entorno oscuro de su cuarto.

Era lo que esperaba el Monstruo para avanzar, esta vez en forma definitiva. Siempre se había sentido orgulloso de su disfraz de sombra.

Juan Armando Epple
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 55

Panorámica del que le dio por ir hasta San Victorino

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El hombre llega hasta las dragas de la doce por los lados de San Victorino, se detiene un instante y por obligación respira el aire con sabor a hígado asado, mira a los lados y con la mano en el bolsillo para que no lo roben, se hecha a andar por entre todo el mundo. Se deja ofrecer las yerbas, los ungüentos, los radios transistores, las pomadas y condones lubricados; en alguna parte se para un momento y se mide una gafitas, mira hacia el otro lado de la calle y allá, al fondo, oscurecidas por el vidrio, las puticas esperan a la puerta del hotel mientras conversan; deja las gafas y se llega al estante de los indios que hablan jerigonza y se ríen de la gente. El hombre siente como vergüenza de andar por ahí mirando nada más y empieza a alejarse lentamente

De repente se encuentra pensando en las cosas que tiene que hacer la gente para comer dos veces diarias.

Gustavo Mejía
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 53

Gustavo Mejía
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 147

Equivocación

Aquella tarde la vi; han sido dos o tres veces quizá después de que nos separamos. Ocho años anduvimos juntos. ¡Y qué bien me acuerdo lo de la primera vez! Desde entonces me abandoné a su capricho: no pude manejarla. Pero con todo y eso era buena, nunca me dio dolores de cabeza. Con estar abastecida y tener sus menjurjes cotidianos a tiempo estaba satisfecha. Pero como todo tiene su fin, nos aburrimos y cada quien se fue por su lado llegado el momento. Me dolió la facilidad con que encontró nuevo dueño, casi al despedirnos…

Cuando nos hemos encontrado, siento que no me mira. Ha cambiado algo: se ve un tanto descolorida; por fin le enderezaron el trasero, y hasta le han puesto parrilla. El número de matrícula es el mismo…

Sergio Ovidio García
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 51