Panorámica del que le dio por ir hasta San Victorino

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El hombre llega hasta las dragas de la doce por los lados de San Victorino, se detiene un instante y por obligación respira el aire con sabor a hígado asado, mira a los lados y con la mano en el bolsillo para que no lo roben, se hecha a andar por entre todo el mundo. Se deja ofrecer las yerbas, los ungüentos, los radios transistores, las pomadas y condones lubricados; en alguna parte se para un momento y se mide una gafitas, mira hacia el otro lado de la calle y allá, al fondo, oscurecidas por el vidrio, las puticas esperan a la puerta del hotel mientras conversan; deja las gafas y se llega al estante de los indios que hablan jerigonza y se ríen de la gente. El hombre siente como vergüenza de andar por ahí mirando nada más y empieza a alejarse lentamente

De repente se encuentra pensando en las cosas que tiene que hacer la gente para comer dos veces diarias.

Gustavo Mejía
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 53

Gustavo Mejía
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 147

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