Los cirujanos también son víctimas de tentaciones

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Hay que reconstituir el cuadro. En primer término todo es legal. El cuchillo, la sangre, la situación, los atenuantes, los caprichos del artista, la posibilidad de hacer una contribución a su manera. Y aunque la enfermedad no sea grave hay que ponerse en el caso del cirujano cuando tiene todo un mundo por delante. Un cuerpo que le pertenece como en el primer día del mundo y que las circunstancias de la vida lo fueron atando en torno a un nombre y una colección de huesos y hasta es padre de familia y tiene domicilio reconocido. Y además, articuló como Dios manda sus células, se produjo cierto equilibrio en el edificio humano desde la piedra fundamental del alma hasta las uñas, todo enredado con venas, cartílagos, pieles y memorias. Entonces cómo no intervenir para romper este equilibrio y saltarle las amarras a la víctima, cambiarle el número de su cabeza, perforarle los recuerdos, dejarlo lisiado en el fondo de las tinieblas como en otros tiempos cuando por un lado avanzaba un solo ojo, nada más que un solo ojo, y por el otro la mirada, y por algún extremo el sexo de la humanidad, y por el camino contrario venían los hijos, el éxodo de los pequeños que fueron degollados, uno por uno, con una prolijidad que aún hoy asombra leyendo cualquier tratado de cirugía general.

Alfonso Alcalde
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 77

Bautizar las palabras resulta un verdadero rompecabezas

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El que descubrió el agua reconoce que fue por casualidad. Luego se le metió en la cabeza inventar el fuego. Pero su problema más grande consistía en descubrir un nombre para cada cosa, porque nada estaba bautizado y no había ninguna diferencia —hasta ese momento— entre un caballo y un teléfono. Si decía “árbol”, ningún árbol se daba por enterado moviendo las alas en señal de comprensión o complicidad. Al decir “perro”, nadie movía la cola. Si nombraba “vaca” bien le contestaba una gaviota, un mono-patín, algún submarino. Si se ponía a juntar los pedazos de lo que iba a ser la primera campana y después le ponía un nombre antojadizo como piano, por ejemplo, todo quedaba en silencio nadando en el misterio como si una gran sordera hubiera invadido la Tierra cuando todo humeaba después de los orígenes. Entonces se le ocurrió decir “niño” y fue a buscar uno al colegio y lo sorprendió copiando una tarea de su compañero de banco. Después de mucho discutir pudo llegar a un acuerdo con el profesor jefe. La gente mayor, los que ya podían hace uso de la bicicleta, levantar una casa, desnudar una mujer, ser rey de algo ése se llamaría “padre” y en cambio, los más pequeños, los que eran capaces de obedecer, casi ciegamente, de usar ropa más reducida, de entretenerse tirándole piedras a un anciano vagabundo, esos se iban a llamar “hijos”, de ahora en adelante.

Alfonso Alcalde
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 73

Héroe

Sabía muy bien que lo que hacía, lo hacía por México. Recordó la valiente lucha de Don Benito Juárez en defensa de la soberanía de la patria. ¡Él estaba dispuesto a hacer lo mismo! Tomó una resolución heroica, entornó mentalmente las estrofas del Himno Nacional, apuntó bien y metió gol.

Eduardo López Rivas
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 69

Caldero mágico

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Bran Mac Llyr tenía en su poder el caldero mágico, dentro del cual resucitaba a los muertos. En sus ratos libres se dedicaba a tocar el arpa y llegó a adquirir un gran estilo. Esta afición le inclinó a proteger a poetas y cantantes.

En la refriega sostenida con los donianos en el Infierno, del cual era rey, fue herido por una saeta envenenada y, como fue despojado de sus tesoros, no pudo recurrir al encanto de su caldero; pero, a cambio de sufrir los estragos del tósigo, prefirió que le cortaran la cabeza, la cual continuó hablando y dando consejos durante 110 años, hasta que fue enterrada en Londres, con los ojos hacia el sur, por recomendación suya, para preservar de invasiones a la isla.

(Textos Goidels. Siglo IX)

Rafael Mendoza
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 68