Bautizar las palabras resulta un verdadero rompecabezas

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El que descubrió el agua reconoce que fue por casualidad. Luego se le metió en la cabeza inventar el fuego. Pero su problema más grande consistía en descubrir un nombre para cada cosa, porque nada estaba bautizado y no había ninguna diferencia —hasta ese momento— entre un caballo y un teléfono. Si decía “árbol”, ningún árbol se daba por enterado moviendo las alas en señal de comprensión o complicidad. Al decir “perro”, nadie movía la cola. Si nombraba “vaca” bien le contestaba una gaviota, un mono-patín, algún submarino. Si se ponía a juntar los pedazos de lo que iba a ser la primera campana y después le ponía un nombre antojadizo como piano, por ejemplo, todo quedaba en silencio nadando en el misterio como si una gran sordera hubiera invadido la Tierra cuando todo humeaba después de los orígenes. Entonces se le ocurrió decir “niño” y fue a buscar uno al colegio y lo sorprendió copiando una tarea de su compañero de banco. Después de mucho discutir pudo llegar a un acuerdo con el profesor jefe. La gente mayor, los que ya podían hace uso de la bicicleta, levantar una casa, desnudar una mujer, ser rey de algo ése se llamaría “padre” y en cambio, los más pequeños, los que eran capaces de obedecer, casi ciegamente, de usar ropa más reducida, de entretenerse tirándole piedras a un anciano vagabundo, esos se iban a llamar “hijos”, de ahora en adelante.

Alfonso Alcalde
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 73

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