Algunos datos para ubicar a Walter Martillo

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Sin excepción, todos los autores coinciden en los 88 años que tenía al momento de su muerte el fanático guerrero Walter Martillo (o Martel, o El Golpeador, o Puño Fuerte, o Walter a secas) que, luchando en Bizancio, en Persia, en el Egipto islámico y en la España posterior a Covadonga, impuso la paloma como símbolo de la guerra, y de la paz a través de la guerra; porque de armas tomar era ese mahometano latino, reverente a los mandatos de Alá y también temeroso del Dios de carne que agonizaba en la cruz.

Si muerto en el 791 lo consignan todos -incluso Goodalrick Hereford, amigo de la disputa malhabida- por nacido en el 703 deberíamos darlo, y la historia no caería en contradicciones; cosa que siempre es un saludable paso hacia adelante. Las aves cantarían al amanecer, el sol seguiría poniéndose por el Oeste y la brisa marina humedecería las playas, las axilas y las sábanas.

Pero como Goodalrick Hereford lo hace morir a la edad aceptada y en el año indicado hacia fines del siglo VIII (aunque nacido en el 770, según él) apenas habría llegado a la juventud. Sinceramente no sabíamos qué hacer con los 67 años que faltaban, o que sobraban.

Como tamaña afirmación del estudioso Hereford pusiera en apuros a nuestro cuerpo de historiadores y también a nuestro cuerpo de revisionistas y a un cuerpo muy especial de revisionistas del revisionismo, que terminan por aceptar la historia tal como se la contó en un primer momento; dimos en afirmar su teoría, por lo que el aprendiz de musulmán Walter Martillo habría nacido hacia los 67 años de edad en la parte saona de lo que luego sería la Lotaringia.

Fue hombre de extraordinaria perseverancia. Alumno y maestro al mismo tiempo, aprendió y enseñó el oficio de la guerra en las campañas previas al apogeo de Aquisgrán. Sus hombres y los hombres de sus hombres, por extraños cambios de bandería, defendieron y conspiraron contra los hijos de Ludovico Pío en el siglo IX.

35 años antes de su nacimiento dio quintillizos a su esposa y dos bellas mujercitas a su amante Marcela la Confiada. Atacó de palabra y de hecho a vándalos y ostrogodos, lo que le costó más de una cárcel en Constantinopla y otros conglomerados. Defendió sus territorios, controló las fronteras y recaudó impuestos a favor de intereses ajenos.

Llegó a todo cuanto podía llegar un hombre surgido de la nada. Fue soberano de su rey, y esclavo de sus vasallos. Ayudó a los fines de la ociosa monarquía, para luego combatirla sangrientamente. Algunos lo conocieron destruyendo comercios en el Mediterráneo; y otros, haciendo entrar por la fuerza las leyes germánicas.

A los 8 años, o a los 75 (es lo mismo), formó un ejército de mongoles nómades que lo llevaría a luchas de escaso fundamento al este de la Rusia varega; hasta perder, en esas estepas y en esas lides, las dos piernas y el brazo derecho.

Lejos de acobardarse por esas disminuciones, controló el comercio de Dalmacia desde un carro ornamentado, del que sólo emergía su cabeza de búfalo, haciéndose recordar por su pésimo carácter y por uno que otro rapto de generosidad.

A los 88 años, o a los 21 (¿qué mas da?), en medio de un rajante invierno en la costa de Malta, murió agobiado por un acceso de tos ferina, arengando a sus nietos, bisnietos y a un índigo esloveno de los Cárpatos.

Corría el año 791 y en los campos ya se olía la presencia del Señor.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 740

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Rogelio Ramos Signes

Rogelio Ramos Signes

Rogelio Ramos Signes

(Nació en San Juan, en 1950; vivió en Rosario, provincia de Santa Fe, en los años 60; y reside en Tucumán desde 1972).

Ha publicado el libro de cuentos Las escamas del señor Crisolaras (1983), las nouvelles Diario del tiempo en la nieve (1985) y En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (Premio “Más Allá” a la Mejor Novela de Ciencia Ficción publicada en la Argentina durante 1986), el libro de poemas Soledad del mono en compañía (1994), los volúmenes de artículos en ensayos Polvo de ladrillos(1995), El ombligo de piedra (dos ediciones en 2000 y 2001) y Un erizo en el andamio (2006), en la novela para jóvenes En busca de los vestuarios (2005).

Tiene más de 20 libros inéditos en diferentes disciplinas. Ha sido incluido en varios diccionarios de la literatura y en antologías nacionales e internacionales. Colabora con publicaciones de la Argentina, España, México, Colombia, Venezuela, Chile, Francia y los Estados Unidos.

Parte de su poesía ha sido traducida al francés, y parte de su narrativa, al inglés. Ha coordinado talleres literarios y ha dictado conferencias sobre temas inherentes a la literatura en diversos encuentros y congresos.

Los poemas que componen La casa de té pertenecen a diferentes publicaciones en revistas, suplementos literarios, antologías, páginas web y a los libros inéditos Este desmesurado subtrópico, Composiciones náufragas, Poemas tontitos, Cierto pájaro, Poesía en el laboratorio, Epigramas nena, Gutenberg cooperativa de riesgo, El décimo verso (en proceso de impresión), Las bellaquerías detrás de la puerta, Linchamientos en el patio, En honor y vértigo Décimas blancas. No se incluyen textos de los libros Arca de otro diluvio, Banalidades, Como una casuarina silbando en el médano, Hotel Carballido, Pretérito inconcluso Tras el Amta Huazihul de cuchillo y lagarto a la cintura, por tratarse de obras conceptuales, de estructura unitaria[1].

Armas de fuego, pajaritos y farmacias

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A pesar de su buena predisposición para la familia, en sus tres mejores películas Cayetano Tenango fue un villano mujeriego, pendenciero y en extremo torpe. Amigo del juego y de la bebida en la ficción; en la vida real, a no ser por los cuatro hijos y la nena, se lo podría definir como un asceta de ternura contagiosa, y dado a hacer favores. Pájaros similares a los que alimentaba en el fondo de su casa, con los mejores mijos y alpistes del mercado, eran los que luego estrangulaba en las sesiones de malevolencia que registraban las cámaras. El bigote que usaba en la pantalla era postizo, como también lo era esa sonrisa despiadada (todo un hallazgo personal) que lo diferenciaba de otros actores de su mismo calibre. Seducido por el filtro informativo de la United Press, vivió honestamente equivocado; y, por su misma equivocación congénita, negó todos los movimientos populares. Desde su contradictoria posición hizo favores a sus vecinos, y todo el mundo fue bueno para él (salvo aquellos que la televisión y el diario reprobaban). Gracias a las gestiones que personalmente hiciera, su barrio consiguió veredas de mosaicos antideslizantes y luz en las calles. Maltrató niños, violó mujeres y mató por la espalda a infinidad de honestos ciudadanos, pero (fuera de las filmaciones) no soportó armas en su casa; y si no integró la Sociedad Protectora de Animales, fue porque los productores de sus películas, temerosos de una publicidad no deseada, lo disuadieron “por el bien del negocio”. Sufrió lo indecible cuando las revistas especializadas ignoraron su trabajo, pero nunca llegó a comprender que ese tipo de películas nada aportara al cine. Se esforzó buscando un papel distinto, del que luego la crítica pudiese decir que un actor, hasta entonces desaprovechado, había dado su primera muestra de real valor. Pero, ¿para qué negarlo?, él estaba hecho para matar gente por la espalda, golpear mujeres y reírse a carcajadas mientras comía. Por ese fatalismo donde la moral y el sustento se tocan, pensó seriamente en dejar el cine, hacer una sociedad con algunos farmacéuticos amigos y poner una cadena de negocios, pero se quedó en el proyecto. Cayetano Tenango murió baleado por las fuerzas del orden, en sus dos vidas al mismo tiempo, por una simple equivocación de utilería.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 739

Retrato de un hombre sentándose a la mesa

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Entonces, señor, después de la oficina y el bus de hora y media y la cerveza en la tienda de la esquina, después de caminar despacio mirando las muchachas, por la calle de su barrio, usted llega a su casa donde tampoco lo esperan ni su mujer ni sus muchachos, y se tira encima de la cama a esperar que le acaben de preparar la sopa, y piensa en la vida cómo se le va pasando casi en silencio, como haciéndose el pendejo, con miedo pánico de darse cuenta.

Y luego, amigo, lo llama su mujer con una voz de como si usted no estuviera por ahí, porque según cuentas ya se le está enfriando el caldo maggi. Y no hay otra sino pararse despacito y caminar arrastrando las pantuflas, sentarse a la mesa sin mirar a la vieja a quien usted ya casi nada tiene que decirle porque ella no sabe hablarle de otra cosa que de deudas y facturas, y apenas aguantarse el alboroto de los cuatro muchachitos que lo enervan. Usted, por un segundo, deja de comer y apoya con fuerza la frente contra las dos manos, suspirando.

Y es aquí, hermanito, cuando usted lo entiende todo claritico y sabe mejor que nadie que esta vida así no es vida para nadie y que sería mejor arreglar toda esa puta mierda antes que se nos acabe el tiempo.

Gustavo Mejía
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 82

De todo un poco

Se despojó del sombrero y se sentó. Un momento después salió el caballero de la casa y comenzó la charla.

—Yo vine por lo del anuncio…

—¡Ah sí! —dijo el caballero, cortándole—¿qué sabe usted hacer?

—¿Yo?, pues… de todo. Desde cocinar hasta atender una oficina.

—¡Magnífico! Es usted, justamente, la persona a quien yo buscaba. ¿Y cuál es su nombre, por favor?

—¿Yo? Alicia Ji, ji, ji.

Eugenio Zamora Martín
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 78