El mito de las ocho

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Bertildo, Fernando, Ursicino, José Terencio, Patricio, Margarito, Mustafá y Samuel Constancio “nacieron por equivocación”, tal cual reza el manuscrito que dejaron las viejas brujas de Dvórvoda (Jessica, Desdémona y Bloody), aunque la frase suene odiosa. Algunos suponen que perecieron en la nieve, otros dicen que todavía trafican ganado en la estepa siberiana, y hasta existe algún colaborador de revistas de divulgación que no descarta la posibilidad de haberlos visto en alta mar cazando cachalotes. Si de vejez no perecieron, tal vez otras historias circulen por ahí; pero valientes y eróticos jóvenes habrán sido, si damos fe a ciertas anécdotas escuchadas con frecuencia en almacenes y peluquerías. Posiblemente eternos. De facciones obligadamente vagas. Surgidos de pociones mágicas que se desconocen, andarán sembrando el gen de la potencia, cambiando la faz del mundo con una infinidad de rasgos diferentes; naciendo y muriendo a pleno sol en la pampa, o a mil metros de profundidad en el Océano Atlántico, o volando helicópteros más allá de las nubes. Dicen que arribaron a Buenos Aires, a mediados de algún agosto, a presenciar el exterminio de ancianos; pero suena a literatura de Bioy ¡ese fabulador irredento! Dicen también que Margarito violó a una monja, que Ursicino comía ralladuras de plomo, y que José Terencio se dio a la bebida. Mil cosas se comentan, y todas improbables. Hay quienes sostienen que son ocho enanos eructadores y simpáticos, salidos de un jardín muy húmedo en el casco viejo de Yerba Buena (provincia de Tucumán). Otros hablan de gigantes equilibristas. Se los describe como mercenarios, como hermafroditas o como sementales. Se los hace desembarcar en Liverpool, organizar un festival de música pop en Australia, atentar contra la vida del papa, vender tonteras en una calle de Hong-Kong y, al mismo tiempo, morir en un campo de concentración chileno a fines de 1973. Toda biografía que se haga de ellos, por fuerza, es relativa y roza lo mitológico.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 742

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Pumas en la escopeta (o la destrucción de Coyotes Enanos)

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Sabemos bastante de Chambergo Dimocco; no tanto como de Sarmiento, pero considerablemente más que de Hernández. A pesar de ello, desconocemos su imagen. Es natural que así sea, ya que sus retratos de madurez fueron quemados por orden de aquel interventor, de apellido olvidable y bigotes teñidos, que asoló estos desiertos. Lógico es que, por ese motivo, el lugar que le corresponde a Dimocco en archivos y bibliotecas, sea ocupado por una reproducción de Las Meninas, de Velásquez, o por La hebrea, de Modigliani, que eran sus cuadros favoritos. Además, aún hoy se sigue discutiendo el lugar donde fueron sepultados sus restos. Hay quienes se inclinan a pensar que su cadáver fue incinerado y que sus cenizas fueron desparramadas al pie de la cordillera. Gente del lugar, a la que si bien escuchamos con atención, no creemos conveniente darle demasiado crédito, apoya esta versión, argumentando que las lechugas se dan muy malas en esa zona y que ya casi no vale la pena plantar legumbres allí. Dejando de lado esas apreciaciones que rozan lo superstición, lo importante de Leopoldo Chambergo Dimocco fue que nació, vivió y murió en el país, que odió los conejos (sin un porqué a la vista) y que amó las hormigas, con las que colaboró en más de un derrumbe. A ellas les dedicó un largo poema, en forma de manifiesto, donde habla del gamexane como si del demonio hablase. Dimocco (“Leo” para sus amigos íntimos) antes que ningún otro científico del país, adoptó el desplazamiento de las termitas hondureñas como base para el primer diagnóstico climatológico; el “de la probeta” que le llaman. Posiblemente de esa primera experiencia nació su famoso trabajo “Hermanas americanas, estoy en pie para hablar de ustedes”. Se dice que fue intrépido y decidido como el que más, recordándose sus cacerías de pumas en San Guillermo, antes de la legislación protectora. Ese rasgo intempestivo de su personalidad, de dudoso buen tino, es algo que aporta muy poco a su biografía, pero indudablemente ayuda a completar la imagen de alguien que, además del espíritu contemplativo que acompaña a todo científico, fue un hombre de acción. No viene al caso recordar ahora que el gobernador fronterizo de entonces (hablamos de las primeras décadas del siglo XX) lo declarara persona non grata, y que se le negara la entrada a la provincia. Si tenemos en cuenta que ese siniestro personaje era tío del interventor que veinte años después ordenaría la quema de sus retratos; esa restricción, ¡esa verdadera neurosis familiar!, no debería sorprendernos. Todas estas incomprensiones, y algunos datos más (que hoy da vergüenza enumerar), terminaron por llenarlo de escepticismo, encaneciéndole totalmente la cabeza (y el ánimo) en cuestión de semanas. De allí en adelante abunda lo incierto. Sabemos que siguió escribiendo poesía; que inició una correspondencia copiosa con el antropólogo inglés Darcy Nidos, que nos enorgullecemos de poseer; que a pesar de la clandestinidad en que vivió, la gente lo recuerda con cariño; y que a la invasión de hormigas que terminó con la ciudad de Coyotes Enanos (todas salidas de su propio laboratorio) se la conoce con el nombre de “chambergada”, palabra que es parte de nuestro lenguaje, aunque muy pocos conozcan el origen del nombre. Ya dijimos que de Leo(poldo) Chambergo Dimocco sabemos bastante; no tanto como de Sarmiento, de quien ya el revisionismo hizo postre; pero mucho más que de Hernández, que (lejos de lo que se piensa) no simpatizó demasiado con Rosas, y escribió el Martín Fierro. Incluso sabemos más de Dimocco que de Alejandro Magno, de Atila, de Napoleón, de San Martín o de Bolívar, que ajenos a todo tipo de originalidad se rodearon simplemente de hombres. Sin embargo, ¡cosa curiosa!, desconocemos el origen del apodo Chambergo, aunque podríamos arriesgar alguna hipótesis. Baste decir entonces, en estas palabras liminares, que es muy poco lo que ignoramos (aunque lo callemos) del deslumbrante conversador Leopoldo Dimocco, alias Chambergo, y de su Glorioso Ejército de Hormigas Voraces.
Una muestra es una muestra, ya se sabe, no la tienda completa.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 741

¡¡¡ El spot 3000 !!!

3000

El Spot 3000

A pocos días de que “Minificciones de EL CUENTO”, su blog consentido, cumpla dos años. Llegamos a tres mil spots publicados. Y estos son algunos de los datos más importantes:

85 números (de 145) revisados
1179 minis “Del concurso”
1148 minis de “Caja de Sorpresas”
Más de mil autores. De estos, 500 con semblanza en la “Galería de autores”
Casi 150 000 páginas leídas.

Los tres más visitados:

Minificciones:

1. “Tráfico de sueños” de Octavio Paz: http://wp.me/p1PtwK-1qi
2. “Un cuento para después de hacer el amor con una mujer a la que posiblemente no volvamos a ver” de Marco Tulio Aguilera Garramuño: http://wp.me/p1PtwK-Sq
3. “El que no tiene nombre” de Fermín Petri Pardo: http://wp.me/p1PtwK-IV

Autores:

1. Edmundo Valadés: http://wp.me/P1PtwK-y
2. Frida Kahlo: http://wp.me/p1PtwK-1eO
3. Vladimiro Rivas Iturralde: http://wp.me/p1PtwK-MY

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Unicornio

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Se le vino encima. Tenía dos cuernos. La embestida era de toro, el cuerpo no.

—Te conozco ——dijo riéndose la muchacha—. ¿Crees que voy a cometer la tontería de cogerte por los cuernos? Uno de tus cuernos es postizo. Eres una metáfora.

Entonces el Unicornio, al verse reconocido, se arrodilló ante la muchacha.

Enrique Anderson Imbert
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 92

En la oficina

Se sentó frente a la máquina de escribir con la serena disposición de todos los días: introdujo impecablemente la hoja de papel blanquísimo tras el rodillo, y procedió a mecanografiarlo con su habitual eficiencia: tlac-tlac-tlac. Completaba apenas tres líneas, cuando un febril cosquilleo corrió por todo su cuerpo: descendió de la nuca a los hombros y se proyectó, como un escozor de anhelos suspendidos, a lo largo de sus brazos, de sus manos, de sus profesionalísimos dedos que, incontenibles, aletearon sobre el teclado imprimiendo azarosamente las letras metálicas sobre la hoja de papel. El familiar compás del tlac-tlac cedió ante la irrupción de sonidos melodiosos, escalados, que perdían su consistencia percusiva para adquirir matices de cuerdas, de alientos, de coros encubiertos por notas perfectamente armonizadas. Sus compañeros de trabajo, sorprendidos, temerosos, incrédulos del prodigio que estaban percibiendo, la rodearon en silencio. Uno de ellos susurró: “es Beethoven”. “Es música de Beethoven”, algún otro balbuceó, mientras ella, irradiando la vehemencia de un éxtasis solitario, permitía que sus labios dibujaran una sonrisa de triunfo. Suspiró profundamente, al tiempo que los primeros tlacs-tlacs se dejaban oír otra vez entre la música. Dejó de teclear y se llevó las manos a la nuca. Se levantó de su silla, y sintiendo sobre si la muda sorpresa de sus compañeros, dijo, con cierta turbación: “¿No lo habían notado? Siempre me sucede esto cuando estoy sentimental. Espero que no me corran…”

Sergio González Salvador
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 88

Componiendo un paisaje

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Aquí pongo el bohío, el pozo, el arroyo, el rancho de las carretas. Allá el central, el chucho, los campos de caña, este nido de lomas para que en las tardes se eche el sol. Aquí en el portal siento al abuelo para que cuente de bandoleros y de partidarios, de muertos y de botijas, de disparos despertando en la noche, de sus grandes cargas de setecientas arrobas diarias. Desde aquí le digo que su mocha (marca Liborio) nos hace falta, que recoja su paquete de andullo, ¡que venga!; y el abuelo viene. Y las arrobas se amontonan como las horas de un viejo reloj: ciento sesenta, doscientas, mil, diez mil, ¡un millón corta el abuelo! Desde aquí le digo que se acueste en su hamaca, que duerma o cuente las estrellas: éstas han salido a chorros del filo de su mocha, pero mejor duerma, abuelo, mañana lo despertaré con golpes de memoria.

René Batista Moreno
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 80