Pumas en la escopeta (o la destrucción de Coyotes Enanos)

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Sabemos bastante de Chambergo Dimocco; no tanto como de Sarmiento, pero considerablemente más que de Hernández. A pesar de ello, desconocemos su imagen. Es natural que así sea, ya que sus retratos de madurez fueron quemados por orden de aquel interventor, de apellido olvidable y bigotes teñidos, que asoló estos desiertos. Lógico es que, por ese motivo, el lugar que le corresponde a Dimocco en archivos y bibliotecas, sea ocupado por una reproducción de Las Meninas, de Velásquez, o por La hebrea, de Modigliani, que eran sus cuadros favoritos. Además, aún hoy se sigue discutiendo el lugar donde fueron sepultados sus restos. Hay quienes se inclinan a pensar que su cadáver fue incinerado y que sus cenizas fueron desparramadas al pie de la cordillera. Gente del lugar, a la que si bien escuchamos con atención, no creemos conveniente darle demasiado crédito, apoya esta versión, argumentando que las lechugas se dan muy malas en esa zona y que ya casi no vale la pena plantar legumbres allí. Dejando de lado esas apreciaciones que rozan lo superstición, lo importante de Leopoldo Chambergo Dimocco fue que nació, vivió y murió en el país, que odió los conejos (sin un porqué a la vista) y que amó las hormigas, con las que colaboró en más de un derrumbe. A ellas les dedicó un largo poema, en forma de manifiesto, donde habla del gamexane como si del demonio hablase. Dimocco (“Leo” para sus amigos íntimos) antes que ningún otro científico del país, adoptó el desplazamiento de las termitas hondureñas como base para el primer diagnóstico climatológico; el “de la probeta” que le llaman. Posiblemente de esa primera experiencia nació su famoso trabajo “Hermanas americanas, estoy en pie para hablar de ustedes”. Se dice que fue intrépido y decidido como el que más, recordándose sus cacerías de pumas en San Guillermo, antes de la legislación protectora. Ese rasgo intempestivo de su personalidad, de dudoso buen tino, es algo que aporta muy poco a su biografía, pero indudablemente ayuda a completar la imagen de alguien que, además del espíritu contemplativo que acompaña a todo científico, fue un hombre de acción. No viene al caso recordar ahora que el gobernador fronterizo de entonces (hablamos de las primeras décadas del siglo XX) lo declarara persona non grata, y que se le negara la entrada a la provincia. Si tenemos en cuenta que ese siniestro personaje era tío del interventor que veinte años después ordenaría la quema de sus retratos; esa restricción, ¡esa verdadera neurosis familiar!, no debería sorprendernos. Todas estas incomprensiones, y algunos datos más (que hoy da vergüenza enumerar), terminaron por llenarlo de escepticismo, encaneciéndole totalmente la cabeza (y el ánimo) en cuestión de semanas. De allí en adelante abunda lo incierto. Sabemos que siguió escribiendo poesía; que inició una correspondencia copiosa con el antropólogo inglés Darcy Nidos, que nos enorgullecemos de poseer; que a pesar de la clandestinidad en que vivió, la gente lo recuerda con cariño; y que a la invasión de hormigas que terminó con la ciudad de Coyotes Enanos (todas salidas de su propio laboratorio) se la conoce con el nombre de “chambergada”, palabra que es parte de nuestro lenguaje, aunque muy pocos conozcan el origen del nombre. Ya dijimos que de Leo(poldo) Chambergo Dimocco sabemos bastante; no tanto como de Sarmiento, de quien ya el revisionismo hizo postre; pero mucho más que de Hernández, que (lejos de lo que se piensa) no simpatizó demasiado con Rosas, y escribió el Martín Fierro. Incluso sabemos más de Dimocco que de Alejandro Magno, de Atila, de Napoleón, de San Martín o de Bolívar, que ajenos a todo tipo de originalidad se rodearon simplemente de hombres. Sin embargo, ¡cosa curiosa!, desconocemos el origen del apodo Chambergo, aunque podríamos arriesgar alguna hipótesis. Baste decir entonces, en estas palabras liminares, que es muy poco lo que ignoramos (aunque lo callemos) del deslumbrante conversador Leopoldo Dimocco, alias Chambergo, y de su Glorioso Ejército de Hormigas Voraces.
Una muestra es una muestra, ya se sabe, no la tienda completa.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 741

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