Despertar

Es de noche. Manuel abre los ojos, y contempla en la semiobscuridad de su cuarto las vigas de madera del techo. Le parece encontrar en ellas la disimulada forma de una vía. Un segundo después, el bramido de una máquina apaga un grito.

Fernando Ruiz Granados
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 27

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El enfermo y el bombero

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Había una vez un enfermo en una casa incendiada, a donde llegó un bombero. “No me salve”, dijo el enfermo. “Salve a los que están sanos”.

“¿Tendría usted la bondad de explicarme por qué?”, preguntó el bombero, que era un hombre bien educado.

“Nada más fácil”, dijo el enfermo, “Los sanos deben ser preferidos porque son más útiles para el mundo”.

El bombero quedó meditando ya que era un hombre de cierta filosofía “De acuerdo”, dijo al fin, mientras se hundía parte del techo. “Pero puesto que estamos conversando, ¿cómo definiría usted el deber de los sanos?”

“Nada más fácil, replicó el enfermo, “El deber de los sanos es ayudar a los enfermos”.

Como antes, el bombero se quedó meditando, ya que no había ninguna prisa en ese hombre ejemplar. “Yo podría perdonarle estar enfermo”, dijo por fin”, mientras se caía parte de la pared. “Pero no ser tan necio”. Con esas palabras alzó su hacha de bombero, porque era singularmente justo, y hendió sobre la cama al enfermo.

 

Robert Louis Stevenson
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 25

La secta de los asesinos

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A la secta herética de los ismaelitas, en el siglo XI, correspondió el “honor”” (o la felonía) de acuñar la palabra asesino, nombre que derivó de hashish o haxix, droga extraída del opio que se administraban sus integrantes… Su jefe se llamó Aloadín o sencillamente el Viejo de la Montaña… Aloadín (digámoslo así para abreviar) ejercía, como jefe de la secta, funciones de califa. Había sido condiscípulo de Omar al Jayyam y Nizam al Mulk, en Nisapur, donde los tres estudiaban el Qorán, según las constancias de éste último en la Wasíah que escribió para celebrar los acontecimientos más memorables de su vida. Él fue el primero que testimonió sobre el carácter de Aloadín: un hombre pendenciero e intrigante, contra el cual debió luchar a pesar de haberlo protegido siendo visir. Conspiró, por tanto, contra Nizam al Mulk, y al ser descubierto por éste, Aloadín se refugió en la fortaleza de Alamut, en Rudbar, sobre las montañas cercanas al mar Caspio. De ahí la denominación impropia de Viejo de la montaña. En esa fortaleza enclavada en un valle de difícil acceso, Aloadín tenía un paraíso terrenal donde sus iniciados, muchachos de doce años, se drogaban con el hashish que él ofrecía mientras impartía su enseñanza. “Matar a un malvado —decía— es una bendición de los cielos, porque ellos, los malvados, están en la tierra para usurpar el derecho de los seres bondadosos. (Acaso fue esta la primera norma sobre el regicidio que Maquiavelo y el padre Mariano habrían de exaltar siglos después). Cuando los heréticos estaban ebrios por el opio, Aloadín introducía un conjunto de falsas huríes, muchachas no menos jóvenes que los iniciados, y comenzaban una danza fascinante mientras las cañerías del palacio-fortaleza, suministraban miel y vino. (Libro XXXI; Ibn Al Levy, II, 21). Los goces terrenales del Alamut, eran semejantes al paraíso de Mahoma. Después, Aloadín les mostraba los muros del palacio, con murales excitantes, donde la desnudez y los alimentos se concretaban en un sueño insaciable. En uno de estos muros, el que daba hacia el valle y sus jardines diabólicos, había una inscripción del poeta persa Abulkasin Pirdusí (Libro de los reyes, c. IV), que decía: “Todas las noches su cocinero (el de Zohak) mataba a dos jóvenes y les extraía los sesos con los que luego cocinaba un alimento para las serpientes del monarca”. Cuando los heréticos, también llamados hashashin o asesinos (Baudelaire refuerza el concepto en Le poéme du haschisch, II), regresaban del efecto del hashish y se hallaban entristecidos por haber perdido las visiones del paraíso, resolvían la eliminación del enemigo más próximo de Aloadín. Era el único recurso para volver a los goces terrenales y a las delicias de los jardines diabólicos. Entonces echaban la suerte, y el elegido salía del Alamut para confundirse, disfrazado, entre aquellos donde el sentenciado por Aloadín habría de perecer. A la vuelta del asesino, cumplida la misión, el paraíso volvía a concretarse, y el héroe imponía su voluntad al juego de las huríes. Era un provilegio que duraba 24 horas. Después, en otro ciclo semejante, se resolvía el próximo asesinato. Fue tan temido el Caudillo de la Montaña, que no hubo príncipe que no buscara su protección. Conocían su ira y el efecto de su fanatismo. Pero su imperio fue sofocado por la deserción de EL-Hulagu. Otra versión de esta secta, la de los asesinos, se debe a P. Zaleski, quien ha contado: “El hereseriarca persa Hassan ibn Sabbah erigió en la cumbre de una montaña, un paraíso artificial, dotado de quioscos, de músicos ocultos, de divanes y de doncellas; lo surcaban riachos de miel, de leche y de vino. Oportunas dosis de haxis adormecían a los sectarios que, sin entender cómo, se encontraban de pronto en el paraíso o fuera de él. Estas falsas visiones de un mundo sobrenatural estimulaban y afianzaban la fe. Tal es el origen auténtico de la considerable secta de los asesinos, cuyo nombre deriva de haxis”.

Juan-Jacobo Bajarlía
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 21

Las bandas paralelas

Nuestras bandas eran paralelas, pero nuestros horarios eran distintos: mientras yo avanzaba hacia el zepelín de las cuatro de la tarde, ella volvía a casa en el zepelín de los trabajadores que salían a las tres y media. En incontadas ocasiones nuestros ojos se habían encontrado, anhelantes. Aquella sombría tarde de verano, ella se decidió: sus labios se desprendieron de su hermosa boca y llegaron hasta los míos como pájaros blancos, aleteando suavemente. En el mismo instante ella cayó fulminada; de la ventana de su departamento había salido un rayo violeta que se insertó limpiamente en su nuca. Comenzaron a sonar las sirenas; todos en las bandas permanecimos quietos. Yo levanté la vista hacia la ventana, aún llevaba aquellos labios trémulos pegados a mi boca. Entonces lo vi: el Compañero Asignado de ella me miraba con ojos encendidos. Pronto llegarían los miembros de la guardia de Orden para los Trabajadores y se lo llevarían, quizás para siempre.

Humberto Rivas
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 19