Wilfredo Machado

Wilfredo Machado

 

Wilfredo Machado

(Barquisimeto, Venezuela, 1956)

Es Licenciado en Letras por la Universidad de Los Andes. Fue miembro de TAL (Taller Autónomo de Literatura) a finales de la década de los setenta en la ciudad de Mérida. En 1986 ganó el Concurso de Cuentos del diario El Nacional. En 1992 obtiene el 2º Premio de Narrativa Breve del ICI, auspiciado por la Embajada de España con la obra Libro de Animales. Durante 1993 cursó estudios en la ciudad de Nueva York. En 1995 ganó el Premio Municipal de Narrativa con Libro de Animales. Ha publicado Contracuerpo, 1988; Fábula y muerte del ángel, 1990; Libro de Animales, 1994 y Manuscrito, 1995[1].

Texto para un último encuentro bajo la lluvia

El hombre despertó de un sueño pesado y confuso. A su lado, la mujer seguía dormida con el pelo enredado como telaraña sobre los hombros. Notó la depresión casi triste de los senos donde la sombra se hacía más espesa, y el camino se abría desde el ombligo hasta la sinuosa abertura del sexo, casi oculto entre el descolor de las sábanas y la luz pálida que se colaba a través de las persianas desde la calle. No recordaba la cara de la mujer, ni el momento preciso del encuentro, si es que hubo tal encuentro; pero ahí estaba el reflejo de la mujer frente a la vidriera bajo la lluvia, el pelo húmedo empegostado al cuerpo, el perfil casi griego detenido entre las luces del aparador, las manos flacas y descoloridas sobresaliendo del guardapolvo. Era un viernes y había un cielo como de ceniza sobre las azoteas. No sé cómo comenzamos a hablar del tiempo y de lluvia y de los cafés y la ópera. Hacía frío y fuimos caminando sin rumbo bajo las hojas aplastadas por la lluvia. Dije que no recordaba la cara de la mujer, pero hay una fotografía manchada y sucia en algún lugar de la habitación. Ella respira como los gatos y trepa sobre la almohada como encerrada en un sueño. Al principio sólo era el ruido de la cremallera en la oscuridad, los zapatos mojados sobre el linóleo, el ronroneo de los gatos en las cornisas azuladas por los reflectores de neón, los muslos suaves como felpa. Invento un camino con mi lengua en su cuerpo. La noche salta desde el vidrio de la ventana arremolinando las sábanas en un desorden de ruidos y siseos como lengua golosa. Bajo el espejo ella ahora sonríe recostada a un sillón de arpillera, y era —casi sin querer, pienso— una piel que comenzaba a romperse con los años, una forma de vengarse ante el espejo que la hacía vieja. Después, apenas un deslizamiento de los cuerpos rodando sobre el linóleo, sobre las arañas de vidrio, sobre el frio de los cristales, sobre el techo que vibraba con el movimiento de las nalgas, como medias lunas cayendo desde el cielo.
Dije que había una canilla mal cerrada en algún lugar de la habitación —creo que no— y que el ruido que produce al chocar contra la alfombra es insoportable. A través de las persianas entra un poco de luz. Ella, lo sé sin necesidad de mirar, sigue parada frente al espejo viendo como envejece su cuerpo; maquillándose las ojeras en la oscuridad, retocando un poco esa marchitez que cuelga macilenta en su rostro. Después, comenzará a vestirse lentamente: los senos lívidos y pequeños en el brasier descolorido por el sudor, el calzón de seda que comienza a subir hasta ocultar el sexo, la franela, el jean. Doy una pitada a mi cigarrillo. Afuera la noche de ha hecho más densa, más silenciosa. Las luces de un automóvil rayan el pavimento a lo lejos; sobre los edificios grises las antenas son esqueletos retorcidos en la neblina. La puerta suena a mi espalda y el ascensor comienza a descender. Ocho pisos abajo, tu figura es un punto inseguro bajo la lluvia; seguramente el pelo húmedo chorreando agua hasta los hombros, seguramente la esquina bajo el farol, seguramente tus ojos levantados a la ventana de un octavo piso, mientras la lluvia deslíe la pintura de tu rostro.
Ahora que estoy solo, voy a acostarme y cerrar los ojos hasta que la última figura salga de la habitación y se pierda en la oscuridad.

Wilfredo Machado
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 31

El judío errante

El Supremo Comandante Interespacial le ordenó a Ahasvero que se desnudara para examinar su cuerpo longevo y el hombre, en vez de quitarse la ropa, se empezó a quitar los siglos. Al despojarse del siglo 20 aparecieron delaciones, torturas, crímenes, llagas, pústulas atómicas, guerras interminables, campos de concentración y discriminaciones raciales, luego, se desnudó el siglo 19 y en su piel sarmentosa surgieron persecuciones, fusilamientos, masacres, quiebras, hecatombes, terremotos, y otras catástrofes; en el siglo 18, los atónitos ojos de los testigos vieron arrasamientos de pueblos enteros, aguillotinamientos, violaciones, chorros de pus; el siglo 17 mostró quemas de brujas, torturas de siervos, infamias e infidelidades; en el 16 y el 15 brillaron ciudades incendiadas, asaltos a sangre y fuego, hambres, empalamientos, y alguna que otra pequeña estrella entre los pliegues sombríos de la piel; en el 14 se vieron desollamientos, ignominias, epidemias y envenenamientos; en el décimo y noveno; oscuridad total y ritos perversos; en el quinto ya se empezó a ver un poco de claridad; al caer los velos del primer siglo de nuestra era, se distinguió una enorme luz que alumbraba vastos campos, arrasados, matanzas, y degüellos de infantes, flores, pisoteadas, palomas muertas, vísceras llenas de polvo y palpitantes aún. “Basta”, dijo el comandante en jefe, “este hombre es inmortal; déjenle libre para que siga vagabundeando por todas las galaxias”.

Otto-Raúl González
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 609

Otto-Raúl González
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 29