Urbecuento

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Después de dos noches seguidas de no poder conciliar el sueño, a la tercera el hombre se decidió, por fin, a tomar un soporífero. La pastilla hizo efecto de inmediato y el hombre se durmió para soñar que tenía insomnio.

Eduardo Gurría B.
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 77

El esclavo y el amo

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El Señor Yin tenía un viejo esclavo, débil y enfermizo, que realizaba su trabajo con muchas penurias. Al llegar la noche el esclavo se sentía completamente agotado. Dormía profundamente. Su espíritu quedaba libre y soñaba que era un rey muy poderoso. Se paseaba entre muchos palacios y todos sus deseos eran satisfechos. Gozaba de innumerables placeres. Al amanecer despertaba y volvía a ser esclavo.

El señor Yin tenía muchas preocupaciones para conservar y aumentar sus riquezas. Al llegar la noche sufría una gran fatiga en el alma y en el cuerpo. Al dormir soñaba que era un esclavo abrumado por el trabajo físico, y hasta lo golpeaban e insultaban. Al despertar volvía a ser el amo.

Lieh Tsé
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 73

El que no soy

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Desertar de mi propia imagen, dejar de ser este que soy, negarme a reconocerme en el que nombran los otros cuando me nombran, mirar el vacío en lugar de la imagen cotidiana que proyecta el espejo. Salir de mí como se abandona una casa en la que se ha vivido siempre, dejando que el moho opaque lentamente objetos y recuerdos. Cambiar de nombre y de filiación, inventarlos. Vivir intensamente un mundo ficticio hasta hacerlo más real que este pequeño mundo de todos los días. No más domingos con mamá y paella y los inolvidables recuerdos de la abuela. Sacudirse de una vez por todas los viejos amigos y las viejas ideas, la condescendencia, los buenos días, la sonrisa a tiempo, la oficina, el sindicato, las habituales prácticas conyugales, la tierna sonrisa de mi hijo. Mandarlo todo por un tubo. Y saber al fin que no soy éste que soy, éste que los otros han querido que sea.

Armando Pereira
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 69

El abuelo

Sentía ansiedad, como si le faltara algo importante. Buscaba y no encontraba, pero seguía buscando debajo de la cama, en el armario, en el cuarto de juguetes, en el baño, y nada, no aparecía por ningún lado.

Le preguntó a su papá a mamá y a su hermanita, y no pudieron contestarle.

—¿Qué haré? —pensó— ¡Ah, ya sé!, le preguntaré al abuelo.

—Abuelo, no encuentro mi sombra; se me extravió y no la he podido hallar.

—Hijo, contestó el abuelo, tu sombra debe de andar por el jardín, ¿no ves que a ella le gusta el canto de los pájaros a la salida del sol, aspirar el aroma de las flores, bañarse con su rocío y jugar con las mariposas?

El niño salió corriendo hacia el jardín y, en efecto allí la encontró haciendo lo que su abuelo le había dicho.

Raúl Morales Díaz
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 68