El avaro

105-106 top
Dos razones había entonces para envidiar a mi amigo: sus puros y su mujer.

Los puros le llegaban directamente de Sumatra, al través de su próspera oficina de importaciones, en unas cajas metálicas. Él los mudaba enseguida a un humidificador holandés. Medían en buen jeme de largo; estaban torcidos a mano y forrados con hojas de tersura perfecta, de color oro, que contrastaban con el tabaco oscuro del interior. Su perfume hacía evocar bosques tropicales y especias innombradas y, también, de alguna manera, aroma de mujer.

La mujer tenía en la piel el mismo color de las hojas doradas, y en el cabello el del tabaco oscuro. Era intuitiva, sensible, inteligente; firme y delgada; ver sus ojos era el precio de la perdición. Se movía como el agua de un río sin orillas, arrastrada por un impulso de vida profunda, por una curiosidad recurrente que la llevaba a explorar las distintas formas del placer.

Con sus puros mi amigo era hombre avaro y cuidadoso. No tanto con su mujer.

Felipe Garrido
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 82

2 Respuestas a “El avaro

  1. Este cuento tiene un final muy fino. Involucra al lector al grado de hacerlo cómplice del desenlace.
    Felicidades Felipe.

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