El retrato del abuelo

Abuelo murió hace años. A su muerte hubo que ir deshaciéndose de sus pertenencias, poco a poco. Un día fue el bastón. Otro, los dos pares de zapatos que usaba cuando salía a misa los domingos. Otro, las camisas blancas, bien planchadas, con su olor a bolitas de alcanfor. Las prendas íntimas se usaron, cortadas en pedazos del mismo tamaño, como trapos para la limpieza del piso, de los muebles, hasta que se volvieron hilachas.

Llegó el momento en que sólo quedó de su vivir entre la casa una foto magnífica, que lo mostraba aún de carnes vivas, ojos intensos, boca firme. La fotografía, más que impresión de un instante, semejaba la conciencia del futuro vigilando uno a uno los movimientos familiares.

Un día fue el nieto de veinte meses quien descubrió la clave. A su paso desenfadado y vacilante por toda la casa, el marco de la fotografía se estrelló contra el suelo y la presión desparramó las astillas de vidrios alrededor. Un olorcillo penetrante inundó la atmósfera. Una tela grisácea, sedosa y repugnante quedó pegada como goma de mascar sobre el linóleo amarillento que recubría el piso, y las carnes vivas del abuelo que habían estado enmarcadas por tanto tiempo, se ennegrecieron rápidamente para siempre.

Bertalicia Peralta
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 91

Fantasía con ovación

para Emilia

Un día aquel telón se enfadó con aquellos pésimos actores que decidió hacerse jirones y cayó sobre las gargantas de todos ellos estrangulándolos. Aquella fue la única representación de la temporada en el que el público, verdaderamente, aplaudió a rabiar.

Roberto Cuevas
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 88

El tren de las ocho

Le bastó abrir la puerta de su recámara para ver el tren. Estaba ahí, sobre la alfombra rota del pasillo, con sus ventanillas iluminadas enmarcando las caras sonrientes de los pasajeros que la veían desde adentro.

En ese momento, los niños, en piyama todavía, comenzaban a prepararse para ir a la escuela. El tren lanzaba humo por la chimenea y sus ruedas giraban sin moverse del mismo lugar. Se puso una bata, se cepilló el pelo y preguntó: “¿Qué quieren desayunar?” Un pitido cortó la respuesta: “Hue-vos”. Caminó pegada a la pared por el espacio que dejaban los vagones. Bajó a la cocina y empezó a preparar los hue-vos, sin prisa, por primera vez en diez años de levantarse temprano, despertar a sus hijos, hacer el desayuno, despedirlos y recoger la mesa, sin haber tenido vacaciones. “Cuidado con el tren”, les advirtió a los niños al oírlos bajar.

Después que aquellos derramaron la leche y le dieron el beso de despedida, subió a su cuarto. Su marido seguía acostado: “¿Tienes una taza de café?”, le dijo. Volvió a salir y vio al portero en el estribo del tren, balanceando una lamparita roja en señal de partida. Ella tenía un boleto, un solo boleto de ida, que había guardado diez años antes. Lo buscó en la bolsa de su bata, ahí estaba y la fecha era la de ese día. Sirvió el café con dos cucharadas de azúcar, como a él le gustaba, lo dejó sobre el buró y cerró la puerta por fuera.

“Váaamonos”… gritó el conductor. Eran las ocho de la mañana.

Martha Cerda
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 87