Susurro

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De repente: el vigilante de la esquina detiene de un golpe de batuta todos los estremecimientos de la ciudad, para que se oiga en un solo susurro, el susurro de todos los senos al rozarse.

Oliverio Girondo
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 156

Un cuento

Embotado miró desde una banca de piedra en un parque. Frente a mí hay un carrito de raspados con botellas multicolores y una gran barra de hielo opaco. A mi izquierda sentado sobre un pedestal, concentrado, como si pescara una idea, ataviado con ropa de su época y su categoría, empuñada en la diestra una pluma, se encuentra Cervantes Saavedra, monumento inmóvil. El dueño del carrito, el raspadero, hombrecillo macizo, moreno, comenta: “”Está dura la calor”. Es mediodía. Un árbol nos protege con su sombra. A mi derecha una pequeña fuente lanza incansable su chorro de agua, que rebota en un punto del aire imposibilitado de alcanzar el cielo. Quiero escribir algo en donde aparezca el vendedor de raspados de hielo. Mi mente está torpe, no hallo argumento. Me esfuerzo y nada. Es como una posición complicada en una partida de ajedrez: el novato ve muchas piezas y desconcertado no sabe cuál elegir; el maestro detecta con agudeza los puntos clave de la posición y encuentra la combinación escondida allí donde el inexperto sólo ve confusión. Soy el novato tratando de encontrar un hilo para unir esto en un relato. En eso el vendedor camina directo hacia un vaso desechable que está acostado bajo la banca de enfrente. Lo levanta vaciando los residuos de agua que conservaba. Busca con la mirada. Halla otro sobre el pasto., junto a los arbustos. Lo recoge. Hace un recorrido por el pequeño parque. Finalmente ha rescatado ocho vasos. Se acerca a la fuente y los enjuaga uno por uno. Los coloca volteados de cabeza sobre una de sus botellas, la de color violeta o sabor uva. Se va empujando su carrito, sólo deja un charco de agua. Una hoja seca cae crujiente sobre mi hombro y me devuelve a la realidad. “Esta dura la calor ¿verdad?”. Ni Cervantes, ni la fuente, ni el carrito, ni el Raspadero, se han movido. Sobre la botella violeta ocho vasos gotean un cuento.

Arsenio Ernesto
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 155

Retrato

Emilia, al contrario de Gabriela, la de cejas tupidas y bien dibujadas, párpados pesados que le dan un aire de misterio, puntas de senos hacia afuera y cintura que se abre en guitarra, anchurosa perspectiva de manubrio, Emilia, digo, la de los ojos bellos y hombros altos y redondos, oscuros senos “pezón de pasa”, no posa. No se detiene, busca la vecindad. Ni científica ni lúbricamente, o así lo cree. Alguna vez, sin embargo, fue promiscua: no simultánea sino consecutivamente.

Equidistante entre los dos cafés, concentra la mirada en el leve temblor de manos. De ser transparente la mesita, podrían verse las rodillas, torpes cachorros husmeándose, a punto de tocarse con la punta de la nariz. Sí, no. Viene la distracción, porque se agita el viento y pasa una paloma; y la voz aquella le habla, le habla: de libros, de poemas.

No, a Emilia los acercamientos no la asustan, siempre que sean de frente. No podría, como Gabriela, llegarle a nadie por la espalda, enlazarle el cuello con los brazos, ni siquiera rozar con las yemas la piel ciega. Va y viene la tejedora con su loca fantasía, de la boca del interlocutor —labios carnosos, borde de dientes blancos, vago olor a tabaco en la lengua navegante…— a un sueño de noche trémula, de roces aterciopelados.

No elude la mirada, antes intensifica la suya, aspirando a alcanzar el ideal de la amistad mixta sin tensiones. Y piensa que el obstáculo se derrumba cuando la mano blanda se posa sobre el pecho duro (esa maravilla masculina de músculo bajo la piel levemente perfumada y erizada de vello, y a unos centímetros de la boca juguetona, la tetilla de piñón).

Lo que sí la llena de pavor es la distancia. Aterra a Emilia mostrarse de lejos, aparentar indiferencia para dejarse mirar a saciedad. Se muere del susto si piensa que tiene que dar la espalda, mover las nalgas, plantarse como posible objeto de deseo… Coquetear, pues.

Irene Prieto
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 154

Unicornios

Los unicornios corrían, pastaban y retozaban alegremente en el bosque de Los Elfos, mientras el brillante sol de verano chispeaba en sus cuernos de plata. Mara no creía que fuese posible ver a los Unicornios, es más, su padre, Jan de los Robles, le había asegurado que esos místicos corceles no eran sino el producto de alguna imaginación demasiado activa. ¡Pero allí estaban! Blancos y cornudos, y tan reales como el día o la noche. Fue Ardáril, su mejor amigo, quien la tomó del brazo aquella mañana, y sin decir palabra alguna, la llevó, casi a la rastra, hasta el Valle Elmdon, donde ahora se encontraban.

—Gracias —Dijo Mara, sonriente, sin apartar la mirada de los animales.

—Olvídalo.

—Cosas así no se olvidan nunca Ardáril. Míralos—. Ambos guardaron silencio y se dedicaron a observar maravillados a los cientos de bestias albas que jugaban sin prisa sobre la hierba.

El crepúsculo los envolvía, cuando un pequeño Unicornio, no más grande que un poney, se aproximó al sitio en el que se hallaban agazapados Mara y Ardáril. Los dos dejaron de respirar. No querían ser descubiertos. Sin embargo, el polen de una flor o alguna basurita en la brisa o, tal vez, sólo su mala suerte, provocó un estornudo a Mara. Pronto todos los Unicornios comenzaron a huir del Valle Elmdon apresuradamente, pero con gran encanto, hacia las profundidades del bosque.

—Buena la has hecho Mara —dijo Ardáril, enfadado.

—Lo siento, lo siento mucho —exclamó ella llorando.

—Sí, yo también, realmente no fue tu culpa. —Ardáril la abrazó.

—¿Nunca más los veremos de nuevo?

—No lo creo… aunque… quizá sí.

—¿Cómo? ¿Dónde?

—En la noche. Cualquier noche. Cuando nos haga soñar su recuerdo.

Roberto Cabañero
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 153