Federico Urtaza

Federico Urtaza

 

Federico Urtaza

 Federico Urtaza nació el 14 de julio de 1952. Abogado y escritor. Su quehacer como crítico literario le ha conferido un sitio de gran importancia en la vida cultural de nuestro país. Actualmente se desempeña como Secretario Técnico y asesor de la Comisión de Cultura del Senado de la República[1].

Encuentro

A Guadalupe

Una mañana comprendí al monstruo. Nos contemplamos detenida, silenciosamente. Como si ya en camino hubiera recordado algo y regresara, dijo: “fui joven y hermoso”. Intenté sonreír ante su mirada y fría.

Me toqué el rostro; me había rasurado perfectamente. No había pretexto para continuar frente al espejo.

Federico Urtaza
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 168

Scherezada

En la noche 371, Scherezada empezó así su relato.

“Se cuenta, ¡Oh Gran Señor! Que cuando Badsim regresaba de su expedición por la nube mayor de Magallanes, uno de los módulos de frenado de la nave capitana, que se llamaba “Stalisnav Lem” (Alá sea siempre loado), fue seccionado limpiamente por la cola del Cometa Raybra, que al decir de los profetas, se formó con los suspiros y las lágrimas de las viudas del atari”.

“Los homenajes en honor de Badsim y su tripulación, tuvieron que ser  presididos por la bola de chatarra sagrada en que quedaron convertidos, al chocar violentamente contra el pavimento del campo de aterrizaje de cabo Pitayo”.

“Badsim pasó a la historia como ejemplo de intrepidez, pero con el tiempo su hazaña se asociaba con la campaña “prevención contra la imprevisión”, que reprobaba los viajes más allá de la Galaxia 14 sin el auxilio de desaceleradores neutrónicos”.

“Mañana (la misericordia de Alá es infinita), te contaré la historia del nieto de Badsim, y sus expediciones por el reino anti-materia”.

Una vez terminado su relato, Scherezada realizó conmigo su diario ritual amoroso en forma tierna y experta, después de lo cual, al oprimir el compactador de su hermoso seno izquierdo, la convertí nuevamente en el complejo de microcircuitos integrados que con la forma y tamaño de una tarjeta de crédito, guardé cuidadosamente en mi billetera.

Después de esto me acosté, y me dormí profundamente.

Mario Quiroz Lecón
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 167

Después del gozo

Para: Hugo Argüelles

Aquella tarde, el Mago abandonó a su amante cuando aún la luz quemaba y la loca pasión del mediodía dejaba sentir su resuello por ventanas, puertas y calles.

Ella se quedó podando las flores perfectas que habían surgido, de pronto, de sus blanquísimos senos, en un lance de amor.

Él bajó la escalera, sintiendo que el aroma del sexo de la Maga se le había impregnado en la lengua. Cuando iba a doblar la esquina para dirigirse a su casa, vio que otro Nigromante entraba al zaguán de la Maga. Cerró los ojos tratando de impedir que la dulzura de sus últimas miradas de pasión compartida escaparan. Cuando volvió a abrirlos no vio, ni al niño que jugaba ante él con su triciclo azul, ni al gato que perseguía a una salamandra sobre la calzada, y que lograba, de un solo zarpazo, partirla en dos. Vio sólo las piernas abiertas, majestuosas, ingrávidas, de la Maga recibiendo al extraño y abriéndose en vivos senderos de gimiente amor.

A pesar de su deseo de felicidad y ternura, y de que la voz de su ángel de la guarda le recomendaba conservar el dulzor de los besos profundos, a pesar de que ella le había jurado con piel y penumbras descubiertas serle siempre jubilosamente fiel, subió las escaleras como una flecha, y, como flecha entró a la habitación en que poco antes se fragmentara en el goce. Vio una figura de dos cabezas que sólo el día anterior le hubiera parecido hermosa, pero que ahora insultaba su desbandado amor. Tomó el hacha de las maravillas que solía llevar a la espalda, desde que un demonio le cercenara las alas; cortó en trozos dispares y gimientes el cuerpo ambidiextro que yacía en la cama, recogió luego con su cuchara de vidrio aquellos sangrantes y redivivos despojos de entre las sábanas, los besó, uno a uno; murmuró unas palabras extrañamente lascivas, que no significaban nada; subió al balcón, aún poseído de la gran ternura que siempre sintió al tocar la carne de la Maga; arrojó al aire ya semiobscuro y azul aquellos trozos vivos que, ante sus ojos siempre abiertos y su solemne crueldad de niño, se convirtieron en ausencias blancas y aladas.

Enseguida sintió en sí la señal del desistimiento. Se abandonó. Se redujo y se fragmentó poco a poco, volando tras el hálito ya lejano de su pasión por la Maga; invisible, inasible, etéreo.

Dolores Plaza
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 165