El desafío

68 top
Gairroed, que como todos los gigantes se complacía en retar a los dioses, desafió a Thor un día que éste pasaba por la casa de aquél. Habiendo aceptado el desafío, fue recibido Thor en un amplio salón, para realizar la prueba.

Tomó Gairroed un pedazo de hierro al rojo de entre los muchos que había en su morada y, moldeándolo para darle forma de manzana, propuso a su invitado que compitieran en lanzamiento mutuo de la bola y que resultaría perdedor el primero que la dejase caer.

Aceptó Thor y, por cortesía, cedió a su anfitrión el primer tiro; pero éste, con intención de tumbar al dios para disponer de él y asesinarlo, lanzó la bola con fuerza indescriptible, cosa que no inmutó al invitado pues la atrapó fácilmente, gracias a sus guantes mágicos. El gigante, amedrentado, se escondió, se escondió detrás de un pilar de hierro para salvarse del contraataque; pero al devolver Thor la bola hízolo con tanta potencia que no sólo traspasó a la columna y a Gairroed sino que se llevó de encuentro los muros de roca viva y continuó hasta el infinito, en donde se quedó brillando para siempre.

Rafael Mendoza
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 151

Anuncios

Una verdadera herramienta de trabajo

68 top
Los que conocieron al cerrajero Petit Lorrain alababan su genialidad. Había nacido para hacer manos postizas perfectas. Eran herramientas prodigiosas; tenían en su interior mecanismos que fueron precursores del reloj. Si el usuario iba a entrar en combate, antes de empuñar la espada le bastaba darle cuerda al pequeño motor y dejar una pequeña flecha frente a un número determinado. Sus movimientos más famosos eran: 1) posición antojadiza para abarcar el seno completo de una adolescente. 2) posición correcta para orinar sin peligro de mancharse la ropa. 3) posición flexible para subirse los pantalones antes de que llegara el marido de la señora del admirador del héroe.

Alfonso Alcalde
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 143

Autorretrato de cuando me mirabas a los ojos

68 top
Para Ángela

Tú recuerdas, pequeña, lo que en voz baja y en la soledad de tantas noches húmedas, entre los dos llamábamos felices estar vivos. Eran esas las noches jugadas al azar un poco, algunas carreras por la séptima hasta el parque y muchas risas (las tuyas que tenían la invitación al sexo); eran también esos los instantes que llegaban cada noche como una bendición con el segundo justo de correr a sumergirnos en otra noche húmeda e interminable que nos haría pensar de nuevo, estamos vivos.

Tú lo recuerdas ahora a cada rato, y tal vez no sepas que vivir, ahora, es otra cosa —que poco tiene que ver con las cuatro paredes del cuartito aquel. Y cuando me ves andar despacio por la séptima y con los ojos bien abiertos, o cuando me encuentras en el café fingiendo leer la prensa para oír la conversación de los vecinos, y cuando me ves llegar con Marx o Engels bajo el brazo piensas que he cambiado, que parezco un muerto.

Gustavo Mejía
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 141