Autorretrato de cuando me mirabas a los ojos

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Para Ángela

Tú recuerdas, pequeña, lo que en voz baja y en la soledad de tantas noches húmedas, entre los dos llamábamos felices estar vivos. Eran esas las noches jugadas al azar un poco, algunas carreras por la séptima hasta el parque y muchas risas (las tuyas que tenían la invitación al sexo); eran también esos los instantes que llegaban cada noche como una bendición con el segundo justo de correr a sumergirnos en otra noche húmeda e interminable que nos haría pensar de nuevo, estamos vivos.

Tú lo recuerdas ahora a cada rato, y tal vez no sepas que vivir, ahora, es otra cosa —que poco tiene que ver con las cuatro paredes del cuartito aquel. Y cuando me ves andar despacio por la séptima y con los ojos bien abiertos, o cuando me encuentras en el café fingiendo leer la prensa para oír la conversación de los vecinos, y cuando me ves llegar con Marx o Engels bajo el brazo piensas que he cambiado, que parezco un muerto.

Gustavo Mejía
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 141

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