Luis Darío Bernal Pinilla

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Luis Darío Bernal Pinilla

Nació en Bogotá (Colombia) en 1950. Abogado con un posgrado en Economía y Ciencias Políticas, se dedica a la literatura desde 1979, año en que obtuvo el Premio Nacional de Novela Infantil con su obra Catalino Bocachica. Su quehacer como escritor está ligado a una constante preocupación por incentivar y promover la lectura en niños y jóvenes. En este campo ha colaborado como consultor con organismos de fomento a la lectura y con diversos periódicos y revistas de América Latina y España.

Premios que le han sido otorgados:

– Premio Nacional de Novela Infantil (1979)

– Premio en Concurso Internacional de Cuento Pola de Lena, España. (1980)

Obras del autor en catálogo:

• Catalino Bocachica (franja naranja)

• Fortunato (franja azul)[1]

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El ejecutivo

No se cansaba de aspirar casi con todo su cuerpo el olor a nuevo de su moderna oficina ni de palpar durante oníricos instantes las letras doradas en alto relieve de su chequera que sobresalía del bolsillo estilo londinense lo suficiente para que con cualquier disimulado ademán pudiera ser percibida por sus amigos cuando al visitarlo anotaban que sus corbatas salían con los tapetes de colores gruesos que no le dejaban sentir frio mientras jugaba con el dedo delgado del pie derecho a seguir cuidadosamente los contornos de los rombos de lana con el mismo suspenso de un suave recorrido de sus dedos por el pudor de tantas amigas que entre beso y fuego le ayudaban a controlar su cuenta corriente y su úlcera que tras cada whisky lo colocaba en aquellas noches en que a medio comer tenía que aprender que el derecho era el arte de lo bueno y de lo equitativo para los romanos más no para los cristianos que no tenían capacidad de comprar negros y castrarlos ni hacer una tour por el mediterráneo como un profesor de internacional quien después de cada viaje por Europa les aseguraba que la mujer francesa tenía algo de De Gaulle en su porte y en su genio y les confesaba que afortunadamente a Colombia nunca llegaría el comunismo pues Bavaria no dejaría que los obreros salieran del trabajo para la casa a fabricar más problemas al país cuando la cerveza de auténtica maduración los esperaba cada tarde como aquellas en que detrás de la cafetería de la universidad escribía los comunicados denunciando la penetración imperialista en el país y emplazando a todos los estudiantes conscientes a que se lanzaran a la calle en solidaridad con los maestros caídos en combate con la fuerza disponible en aquellos días para acabar con los cabecillas del movimiento revolucionario que al ritmo de la internacional se recogían en su casa a las seis de la tarde a escuchar con un poco de estímulo la increíble batería de Santana.

Luis Darío Bernal Pinilla
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 161

Gabriel D´anunnzio

Gabriel D´annunzio

Gabriel D´anunnzio

 Gaetano Rapagnetta, nombre real del poeta, nació en Pescara, Italia, en 1863.

Perteneciente a una familia burguesa, se educó en un prestigioso colegio e ingresó luego a la Universidad de Roma para estudiar Filosofía y Letras, carrera que dejó inconclusa por su interés en la poesía, el drama y la novela.

Después de varias publicaciones en las que mostró su inclinación por la escuela decadentista y simbolista, alcanzó la fama con sus novelas  “El placer” en 1889 y “El triunfo de la muerte” en 1894. “Alción”, su trabajo poético más destacado, fue publicado en 1904.

Derrochó su fortuna, y ya arruinado se trasladó a Francia en 1910 para huir de sus cuantiosos acreedores. A su regreso a Italia durante la I Guerra Mundial, participó en política y se alistó en el ejército transalpino.

En sus últimos años militó en el fascismo y se retiró a su villa de Lago de Garda donde falleció en marzo de 1938[1].

El ruiseñor cantaba

68 top
El ruiseñor cantaba. Primero lanzó como un grito de júbilo melodioso, unos trinos fáciles que cayeron en el aire con el ruido de perlas que saltan sobre los cristales de una armonía. Sucedió una pausa. Un gorjeo se levantó agilísimo, prolongado extraordinariamente, como para dar una prueba de fuerza, como un desafío a un rival desconocido. Hubo una segunda pausa. Un tema de notas, de un sentido interrogativo, pasó por una cadena de variaciones ligeras, repitiendo la pregunta cinco o seis veces, modulado como por una flauta de caña. Tercera pausa. El canto se convirtió en alegría, se desarrolló en un tono menor, suavizose como un suspiro, se debilitó como un gemido; expresó la tristeza de un amante solitario, de un deseo vano, de una espera falsa; lanzó un grito final, agudo como un clamor de angustia, y calló. Otra pausa, más larga. Se oyó entonces un acento nuevo, que no parecía salir de la misma garganta, tan humilde, tímido y débil era: tan parecido al piar de los pájaros que nacen; luego con una volubilidad admirable, aquel acento ingenuo se convirtió en una progresión de notas siempre más rápidas, que sonaron alocadas de trinos; vibraron en gorjeos nítidos, clamaron en notas agudísimas, disminuyeron,, crecieron, alcanzaron la actividad de la voz de una tiple.

El cantor se embriagaba en su propio canto. Con pausas tan breves que casi no daban tiempo a que las notas se sucedieran unas a otras expandiendo su sonoridad: exhalaba su entusiasmo en una melodía siempre varia, apasionada y dulce, sumisa y vibrante, ligera y grave, tan pronto cortada por quejas lastimosas como por escalas impetuosas que expresaban el deseo; ya el furor, ya la evocación suprema. Parecía que el jardín escuchara, que el cielo se inclinara sobre el árbol melancólico desde cuya copa un poeta tan acabado vertía tales torrentes de armonía. La selva de las flores tenía una respiración profunda y callada. Algunos resplandores claros aparecían aún en la zona occidental; y aquella última mirada del día era triste, casi lúgubre. Pero una estrella apunto, viva y temblorosa, como una gota de luminoso rocío.

Gabriel D´annunzio
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 157