El niño del cuento

Esta narración me la hizo
mi hija Elka, de 4 años de
edad, el día del Padre,
cuando regresábamos de
La Vega. Lo único mío es el
título…

“El niño del cuento tenía 4 hermanitos que eran un Perrito, un Patito y un Pajarito. Un día el Perrito tiró al Patito en un estanque con agua porque el niño siempre estaba jugando con el patito, pero como el patito sabía nadar no se ahogó y se fue nadando. Entonces vino un ALAGARTO “VAPOROSO ” (PAVOROSO) y se trepó encima del patito y entonces vino un tiburón MUY grande y se los comió. El Perrito estaba muy contento porque no quería al patito. El patito gritaba dentro de la barriga del tiburón: ¡auxilio! ¡socorro!

El niño buscaba su patito, pero como no lo encontró, se puso a llorar en un banco. Entonces vino un pajarito y le dijo que el tiburón se había comido al Patito.

Entonces…

“Y bueno ¿qué hizo el niño entonces? Interrumpí la narración, ansioso e tener una respuesta y de saber el desenlace de la historia… “Entonces… Me contestó mi hija con desenfado: “Yo que sé, DIPARATE” y no habló más ni del niño ni del cuento.

Torpemente había cortado yo la espontaneidad a la artista.

Luis A. Schekar O.
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 167

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A mis zapatos

Y yo contemplaba cuidadosamente mis zapatos como si estos hubiesen desarrollado un afecto especial para mí, como si de noche, a falta de mis pies, se sintieran fríos y solos. No sé cuántas veces, bajo el efecto estridente de la hora de comer, me he mofado de sus suelas grises, pobrecillas, que han conocido la humillación constante de la ciudad. Y pensar que parecen inexpertos, quizá insignificantes: recién nacidos en día de lluvia… Al día siguiente son espejos y otro más y son alondras. Y sin embargo son siempre mis zapatos, saludándome en la piecera de los días, reconociéndome paso a paso, lamiéndome los pies, fieles cachorros apátridas y huérfanos. Ahora se inclinan sobre mí, acariciándome, pidiéndome un poco más de cariño, ahora lanzan pequeños gemidos rítmicos. Las agujetas son sus lenguas o sus brazos que se aferran a la seguridad de Yocaminando o de Yoparada o Yocontemplándolos, una mañana de niebla como hoy. Y ellos me sonríen temerosos desde su estante indescifrable. En más de alguna ocasión ha habido quien los evoque como esclavos a ras del piso, como pobres… como los que lloran paso a paso de la vida. Pero son mis zapatos. Y me lamen los pies.

Beatriz Álvarez K.
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 165

Manuel Cofiño López

Manuel Cofiño López

Manuel Cofiño López

(1936-1987)

Narrador, poeta e investigador literario cubano. Escritor de masas, uno de los exponentes principales del llamado “realismo socialista” en la Isla.

Manuel Cofiño cursó la primera enseñanza y el bachillerato (1950-1955) en La Habana, ciudad en la que nació. Después del triunfo de la Revolución trabajó como profesor de español y economía política, e investigador y redactor de textos del Ministerio de Industrias. Fue jefe de la cátedra de Ciencias Sociales y vicedirector docente del Instituto Preuniversitario de La Habana (1962-1966). Se desempeñó como asesor de la Dirección Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura durante varios años. En el año 1968 asistió como delegado del Ministerio de Justicia al Congreso Cultural de La Habana.

Colaboró con numerosas publicaciones periódicas entre las cuales se destacan El país Gráfico, Prensa Libre, Bohemia, Revolución, Verde Olivo, El Mundo, La Gaceta de Cuba, Romances, Mujeres, Casa de las Américas, Con la Guardia en Alto, Unión, El Caimán Barbudo, Cuba, Papeles de Son Armadans (Palma de Mallorca), Ahora (Santiago de Chile), y Tribuna(Rumania).

Su novela premiada Cuando la sangre se parece al fuego, ha sido traducida al eslovaco, al rumano, al inglés y al ruso, idioma al que también han sido traducidos sus cuentos y poemas.

En 1969 obtuvo mención en el Concurso David por su libro de poemas Meditaciones y argumentos del transeúnte, y el premio de cuento del Concurso “26 de Julio”, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), por Tiempo de cambio. Ganó el premio de novela de 1971 en el Concurso Casa de las Américas por La última mujer y el próximo combate, obra que constituye un hito de la narrativa social cubana y que ha sido traducida a más de 25 idiomas. En 1972 ganó el premio de cuento en el Concurso Infantil “La Edad de Oro” por Las viejitas de las sombrillas. En el Concurso UNEAC 1975 obtuvo mención por su novela Cuando la sangre se parece al fuego.

Manuel Cofiño legó una obra de hondo aliento social, con profundas raíces nacionales y dejó testimonio de la realidad cubana de los años sesenta y setenta con rasgos vigorosos. “Toda mi obra tiene una base factual -decía Cofiño–. La realidad me sirve como trampolín para hacer una nueva realidad artística.” Afirmaba además: “mis personajes son mis contemporáneos, suben al ómnibus conmigo, caminamos juntos. Ellos me acompañan siempre”.

En el prólogo a una de las ediciones de La última mujer y el próximo combate, el crítico literario Manuel Rojas advierte este profundo compromiso y su resonancia particular en el panorama literario de los años setenta: “La narrativa cubana, con esta novela, va más allá de la lucha clandestina, de lo periférico o lo puramente poético, y entra en lo que la revolución está ahora: en la construcción. Es una obra de este momento: los héroes que combatieron pasan a ser los héroes que trabajan”[1].

Un destino

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La Nati, no sé qué tiene esa mujer, rara es. Cuando llueve camina sin apurarse bajo la lluvia. Esa mujer tiene algo raro porque uno no puede verla caminar, moverse así como lo hace, sin creer que todos los hombres la siguen arrastrándose, tratando de besarle las pantorrillas. Uno no puede mirarla u rato sin darse cuenta que es más una hembra que todas las hembras de aquí juntas; que tiene que sentir el jadeo de todos los hombres que la siguen, los labios de todos los hombres que quieren llegarle a los muslos, los dientes de todos los hombres que quieren llegarle a las caderas, las lenguas de todos los hombres que quieren lamerle las pantorrillas. Uno mirándola andar, así como anda, moverse como se mueve, piensa que debe sentir el vaho de todos los hombres subiéndole por los muslos. Uno, mirándola quieta, se da cuenta que ningún hombre podrá tener a esa mujer, porque es demasiada mujer para un hombre; pero cuando echa a andar, uno se da cuenta que esa mujer nunca será de nadie porque una mujer así no puede ser de nadie. Uno la mira y no sabe qué tiene esa mujer, algo así que parece más mujer que todas las mujeres juntas. Y, aunque ella trata de disimularlo, aunque ella, desde que está con él, trata de parecer decentica y de su casa, uno, cuando la ve caminando, moviéndose así como lo hace, se da cuenta que el más leve gesto suyo, que hasta la señal de la cruz que hace cuando caen los truenos, su más decente gesto, es más indecente, mil veces más excitante y turbador que si todas las mujeres que hay aquí se desnudaran al mismo tiempo. Yo no sé qué tiene esa mujer, pero da la impresión cada vez que uno la mira, que por una fracción de segundo uno no la ha visto desnuda porque acaba de tirarse la ropa de encima para que uno se muera del brinco de la sangre. Pero esa sensación de que nos ha salvado la vida dura poquito porque en seguida, con tal de que uno siga mirándola lo suficiente, ve caer sus vestidos en pedazos y regarse por el suelo. Uno la mira y siente que esa mujer ante los hombres siempre estará desnuda. Yo no sé qué tiene esa mujer. Algo raro que no se sabe de dónde le viene, qué es, pero parece más mujer que todas las mujeres juntas. Uno no tiene más que mirarla para que la sangre se ponga pastosa y se le trabe a uno la vida entre las piernas. Esa mujer no sé qué tiene. ¡Es como un destino!

Manuel Cofiño López
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 164