Génesis 28:12

“Y soñó, he aquí una escala que estaba apoyada en la tierra y su cabeza tocaba en el cielo: y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella”. Con lo cual, afirmó el escéptico, queda demostrado que las escaleras eléctricas ya estaban inventadas…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 185

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Balada de las hojas más altas

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Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando: otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra pasan con presura, y hasta nosotros llega a veces su canción.

Hablan de sus cuitas de todos los días, y sus cuitas podrían acabarse con sólo un puñado de doblones o un milagro de Nuestra Señora de Rocamor. No son bellas sus desventuras. Nada saben, los afanosos, de las matinales sinfonías en rosa y perla, del sedante añil del cielo en el mediodía, de las tonalidades sorprendentes de las puestas del sol cuando los lujuriosos carmesíes y los cinabrios opulentos se disuelven en cobaltos devaídos y en el verde ultraterrestre en que se hastían los monstruos marinos de Böcklin.

En la región superior, por sobre sus trabajos y anhelos, el viento de la tarde nos mece levemente.

Julio Torri
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 181

El ahorro siempre beneficia a los moribundos

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En un mismo tren van dos pasajeros desconocidos que tienen igual identidad, la misma cantidad de vivencias y pavores, similar estatura y rostro. Cuando se produce el choque a la altura de la estación Las Tralcas, las dos imágenes —como es obvio— se juntan. Sólo el pasajero que venía en primera clase queda un poco descentrado del molde original. El resto coincide en todo de tal manera que el sacerdote al darles la extremaunción se ahorra la ostia, lo que no es poco decir,

Alfonso Alcalde
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 179

A distancia

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Esto me lo dijo el Pipe. Dice que le pasó a un vecino de Monte Grande. Que era veinticuatro, y que él estaba en eso de los puercos y ese vecino iba para casa de un familiar a una fiesta. Por el camino por donde él iba, a una distancia cerca, también iba caminando una mujer muy gorda, gordísima, que llevaba un vestido morado con muchos remiendos de colores. Dice que llevaba un pañuelo amarillo en la cabeza y que iba descalza. Y dice que se movía despacio. Y dice que trató de alcanzarla por el camino porque le llamó mucho la atención una mujer tan rara, y para verla bien, porque dice que parecía que llevaba los dedos pintados de colores, apuró el paso. Pero dice que en seguida notó que sin cambiar la mujer el paso, la distancia no disminuía. Corrió para alcanzarla. Ella seguía caminando lentamente y él llegó a su destino. Y óigame, dice que la mujer siempre estaba a la misma distancia.

Manuel Cofiño López
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 175